Bitacora verata

El encuentro de Carlos V y Jeromín. Aquel verano de 1558 en Yuste

“Casi en el mismo centro de la villa de Cuacos de Yuste, en la alta Extremadura, a cincuenta metros apenas de su Plaza Mayor, se alza sobre un peñascal, a cuyos pies murmuran las aguas cristalinas de una fuente de tres caños, la vivienda en la que habitó durante un tiempo, junto a Magdalena de Ulloa y Luis Méndez de Quijada, Jeromín, denominado al formar parte de la familia real como Don Juan de Austria, el personaje más fascinante de su época”.

Así comienza la introducción de mi último libro “Jeromín, don Juan de Austria, el personaje más fascinante de su época”, aún sin presentar oficialmente, a la espera durante casi un año debido a la pandemia.

Clínica Dental Javier Vaquero Plasencia

Doña Magdalena de Ulloa, Toledo, Ossorio y Quiñones fue una de las grandes damas de la nobleza castellana en el siglo XVI; hermana de don Rodrigo de Ulloa, primer marqués de la Mota, e hija de don Juan de Ulloa, señor de la Mota, de San Cebrián y de la Vega del Condado, y de doña María de Toledo, de la casa de los condes de Luna. Pero, en lo que a nosotros respecta, era esposa de Don Luis Méndez de Quijada, mayordomo del Emperador.

Y fue el Emperador quien se empeñó en que su mayordomo se trajera a Cuacos a su esposa y al niño Jeromín, su hijo natural, al que quería conocer personalmente.

Doña Magdalena llega a Cuacos el 1 de julio de 1558, y aquel mismo día se cuenta que le envió el Emperador un atento mensaje de bienvenida y un sólido presente de cocina, carnero fino criado sólo con pan y otras vituallas en que abundaba siempre la despensa de Yuste, abastecida por reyes, príncipes, grandes y prelados que se disputaban el honor de enviarle lo mejor que se criaba en sus  tierras.

Y poco después, en aquellos primeros días de julio de aquel mismo año, doña Magdalena fue invitada para que se acercase a Yuste, acompañada de Jeromín como paje de honor. Ella correspondiendo a las gentilezas de la bienvenida del Emperador se cuenta que le llevó una bandeja de dulces.

Recibió el emperador a doña Magdalena con todo favor, como escribía a Juan Vázquez el secretario Gaztelu. Jeromín pudo ver de cerca lo que quedaba de aquel prohombre, aquel héroe de tantas batallas… Era un anciano encorvado, con la barba blanca, caída la cabeza y la voz fatigada. “Hallábase hundido entre cojines en su inmenso sillón, cubiertas las piernas con una rica y ligera manta de tafetán, regalo de su hija la princesa Doña Juana.

Permaneció Jeromín atónito, y ante aquella ruina, osó envalentonado mirarle cara a cara; en aquel momento levantó el emperador la frente y posó sobre él su mirada de águila que él reconoció porque reflejaba aún el genio y la gloria. Aquella mirada era algo extraordinario y profundo, “no era seco, ni duro, ni indiferente sino más bien dulce, amoroso, pero mezclado con otro algo que oprimía y angustiaba el corazón de Jeromín sin poder discernirlo”, cuentan las crónicas.

No cabe duda de que la pasión que profesaba nuestro personaje al gran monarca (sin saber que era su padre) desde las raíces de su infancia se asentó, conmovió y redundó en su temple de esforzado militar llegando a capitanear más tarde, con veinticuatro años, la flota de la denominada Liga Santa, en la batalla de Lepanto, considerada como “una de las grandes cruzadas de la Humanidad, y la más sangrienta y terrible de todos los tiempos”.

Esa gran victoria y sus siguientes campañas, bajo la responsabilidad de nuestro Jeromín, Don Juan de Austria, hizo que todo el occidente se rindiera a sus pies hasta el punto de que la nobleza europea se disputara su presencia en sus eventos y fiestas, y de que el mismo Sumo Pontífice reclamara la corona de un reino para él.

El valor guerrero y entregado de Don Juan de Austria, el añorado Jeromín, y su acendrado espíritu cristiano se nos muestra en el alegato que en pro de la lucha realizó, previa aquella batalla de Lepanto; un alegato que responde a la valentía propia de los prohombres de la historia:

“Hijos, a morir hemos venido, o a vencer si el cielo lo dispone. No deis ocasión para que el enemigo os pregunte con arrogancia impía ¿dónde está vuestro Dios? Pelead en su santo nombre, porque muertos o victoriosos, habréis de alcanzar la inmortalidad”.

Texto de José V. Serradilla Muñoz para su columna Bitácora Verata

Publicado el 29 de junio de 2021

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.