Cerca del abismo

Uno de los inconvenientes de organizar una feria del libro es que a menudo programas presentaciones que te interesan pero que al final, por unas razones u otras, no puedes disfrutar. Te sientas expectante a escuchar al autor, notas que vibra urgente el teléfono en el bolsillo, sales a atender la llamada, alguien te reclama afuera para preguntarte algo, se lo aclaras, otro te saluda, intercambias unas palabras y, cuando quieres darte cuenta, se oyen los aplausos, el acto ha terminado y te has quedado con las ganas de escuchar lo que decían. Es lo que me pasó hará algo más de un mes, sin ir más lejos, con la presentación de La última cabaña, de Yolanda Regidor, en la Feria del Libro de Plasencia, aunque a cambio –siempre hay que mirar el lado bueno de las cosas– me ha permitido enfrentarme a la novela sin saber gran cosa de ella –prefiero evitar reseñas, notas de contraportadas y comentarios cuando se trata libros que quiero leer sí o sí–, tan solo unas palabras muy halagüeñas de su presentadora, Marian Castillo, en un correo que intercambiamos unos días antes de la visita de Yolanda a nuestra feria: “esta autora ha sido un descubrimiento, me ha encantado el libro, he pasado por todos los sentimientos”.

Marian, que es una muy buena lectora, tiene razón. Lo primero que uno se encuentra, al comenzar a leer La última cabaña, es con una voz y una prosa poderosas, con una marcada voluntad de estilo, la del narrador, Escolta, un tipo que, por razones que iremos poco a poco descubriendo, se ha marchado a un pueblo remoto, a vivir en una cabaña en el campo en la que establece lo que parece ser su último refugio, una experiencia de la que irá dando cuenta en sucesivos cuadernos, en los que escribe a modo de diario. Escolta es un personaje atormentado que por momentos recuerda a los protagonistas de El lobo estepario de Hesse, de El túnel o Sobre héroes y tumbas de Sábato o, incluso, a los de Dostoievski, no en vano lo que Yolanda Regidor propone a través de él en La última cabaña es un viaje interior, por senderos agrestes, linderos con un abismo por el que su protagonista corre a menudo el riesgo de despeñarse. Luego, a lo largo de la novela, irán entrando poco a poco en juego otros personajes, como un cachorro de lobo, un anciano viudo, un muchacho trastornado o la tendera del pueblo, que irán alterando la trama, y el viaje, no diremos en qué dirección o sentido, pues, aunque La última cabaña no es, ni de lejos, uno de esos libros que se desvanecen si nos revelan el final (todo lo contrario: solo la prosa es lo suficientemente buena como para que apetezca leer o releer el libro incluso aunque se sepa cómo acaba), mejor es que el lector vaya descubriendo las cosas a su debido momento. Lo que sí podemos afirmar es que, como dice Marian, el lector irá experimentando todo tipo de sentimientos, al enfrentarse a un individuo complejo, que a menudo puede llegar a ser áspero y desagradable, pero que nos atrapa y al que poco a poco iremos comprendiendo y mirando de otra manera.

Y hasta ahí, como decía Mayra, puedo leer.

Sólo me queda añadir que con La última cabaña Yolanda Regidor da un importante paso adelante, afianzando aun más una trayectoria que empezó, ya de por sí, con solidez, con títulos como La piel del camaleón, Ego y yo o La espina del gato que le han permitido dar el salto a una editorial de prestigio, Lumen, que esperamos que sirva para que muchos más lectores se acerquen a la obra de esta estupenda escritora, una de las mejores de nuestra región, afirmación esta que esperamos, también, que no tarde en quedarse corta.

La última cabaña

Yolanda Regidor

Lumen

17 euros

Texto de Juan Ramón Santos para su columna Con VE de libro

Publicado el 3 de junio de 2022

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