Barranqueras de Loh Cojónih de Crihtu: Peñas Sagradas (IV)

Habíamos cerrado el capítulo III hablando de la Peña de lah Morínah, que se alza en el paraje que tiene a gala llevar el ocurrente (algunas almas puritanas y mojigatas hablarán de irreverente) topónimo de Loh Cojónih de Crihtu. Embarcábamos al lector en toda una sarta de interrogantes.  No nos conformamos, así por las buenas, con llamar sagrada a una peña si no tenemos todas las mimbres para conformar el cesto.  Porque libros y artículos hemos visto publicado en estos últimos tiempos, firmados incluso por popes de la Arqueología, donde se cataloga de peña sagrada a cualquier risco.

Detalle de los pasos o estribos que van jalonando la peña anterior, para acceder a su cima. Debido a los fenómenos erosivos y a los muchos líquenes y musgos, apenas se distinguen tales pasos, por lo que hemos colocado cantos trabajados de cuarcita sobre ellos, a fin de resaltar su ubicación. (Foto: F.B.G.).

Así, por ejemplo, meten dentro del mundo de las Sacra Saxa a un cancho donde los muchachos del lugar lo usan como tobogán (resbaladera), sin que le avalen otro tipo de contextualizaciones o estén nimbados por nebulosas mitologías.  O vacían en ese mismo saco roquedos donde aparecen cartelas con inscripciones antiguas que no entrañan, en sus mensajes, nada que tenga que ver con el pensamiento mágico-religioso de antiguas culturas.  Incluso se apropian de petroglifos para darles un valor sacro, cuando para los paisanos, sabedores de que están en sus términos municipales, nunca les prestaron atención, no llevan asociadas leyendas y varios de ellos han sido destrozados para aprovechar la piedra, a fin de levantar o reforzar algún bancal o para el cerramiento de alguna finca, o para ampliar caminos y trazas cortafuegos y pistas forestales. Algunos investigadores se olvidaron de las palabras del rumano Mircea Eliade, el gran antropólogo e historiador de las religiones y los mitos: lo sagrado es un elemento de la estructura de la conciencia, no un estadio de la historia de esa conciencia.  Hay que tener muy claro el concepto que traza el rumano sobre las hierofanías, generadoras de fenómenos sagrados que nos llevan siempre a un contexto de relaciones sociales, manifestándose a través de la experiencia humana.  Solo en los espacios singularizados por las hierofanías podrá cuajar la sacralidad; es decir la manifestación de lo sagrado en una realidad profana, que, en nuestro caso, serían un determinado tipo de peñas.

Carecemos de datos que nos confirmen que, en torno a la Peña lah Morínah, se llevaron a cabo determinados rituales, aunque solo quedara constancia oral. No obstante, tenemos muy cerca la llamada Cueva de lah Péñah (ver: PLANVE: Aguardando la mágica noche de San Juan en la Cueva de las Peñas, I, II y III.  F.B.G., junio-julio, 2019.  Por los Montes de Cáparra: Tras la Peña Jarinera (XI).  F.B.G., 12 noviembre 2019).  En los textos de esos enlaces, podemos encontrar bastantes párrafos para comprender mejor el tema de las Sacra Saxa.

Entrada a la “Cueva de la Cabra”, sobre la que se levanta “La Peña de lah Morínah”, cuya imagen ya apareció sobradamente en el capítulo anterior. Obsérvense los muchos ripios cerámicos y líticos en la misma entrada. (Foto: F.B.G.)

Espacio cinético TaKtáEn la leyenda narrada por los vecinos de Guijo de Granadila, Fausto Sánchez García y Juan Fraile Sánchez, de la que ya ofrecimos una síntesis en el capítulo anterior, los mitos saltan a la vista.  Habla de que el pastor llamado El Moru Juan gateaba por las remancuádrah (entalles en la roca para poner los pies) que estaban laboreadas a todo lo largo de la peña.  Y subido arriba, oteaba por si el lobo andaba cerca.  Pero también añadía Fausto que vigilaba para que no se acercara el gigante Jonán, de cuyo perfil de borracho y pendenciero ya narramos algo en otra leyenda que nos contó Fabriciano Palomero Batuecas (ver capítulo II).  Según Tíu Fauhtu ‘Berrendu’, era, además, un ladrón de ganado.  El mito ya está servido, aunque desde la óptica de la arqueología del paisaje no podamos dar una interpretación científica y racional de las panorámicas que abrazan el espacio donde se levanta la Peña lah Morínah, cuyo topónimo es bien significativo.

Estructuras antiguas de habitáculos agropastoriles, cuya conformación estructural no cambió desde tiempos prehistóricos. En las inmediaciones de “La Peña de la Vega de lah Patátah”. (Foto: F.B.G.)

La Peña de La Vega de Lah Patátah

No tan llamativa y tan esbelta como la Peña de lah Morínah, es otra que se alza a dos o tres tiros de honda de ella, más hacia el norte y dentro de un paisaje idéntico.  Para mayor concreción, dentro del globalizador topónimo de Loh Cojónih de Crihtu, habría que referirse al sitio que el buen amigo, pastor y ganadero Ramón Blanco López llamaba La Vega de lah Patátah, por encontrarse tal peña cerca de una zona ribereña donde se criaban excelentes patatas en los tiempos en que estos predios no se habían transformado en cercáuh o ciérruh (fincas con mucha encina, mucho cancho granítico y donde suelen pastar, en régimen extensivo, vacas de carne).  Esta peña también muestra unos entalles para subir a lo alto.  No obstante, el granito que la conforma es de peor calidad y fácilmente erosionable, por lo que los pasos o entalles están muy desgastados y deformados.

“El Muru Blancu”, situado a no muchos metros de “La Peña de la Vega de lah Patátah”. Uno de los escasos chozos a piedra seca y con falsa bóveda de la comarca de Tierras de Granadilla que puede presumir de chimenea. Su falsa bóveda es toda una obra de arte. En la imagen, la arqueóloga y excelente amiga Bea Comendador Rey y el que suscribe estas líneas. (Foto: “La Cámara”)

Clínica Dental Javier Vaquero PlasenciaCuriosamente, pese a estar esta peña bastante degradada, la consideramos como una sacra saxa a tenor de unos comentarios que escuchamos a un emigrante, ya entrado en edad, que, en una de nuestros rastreos etnoarqueológicos, nos lo encontramos el pasado verano al pie de la emblemática fuente de Zurramandana, a escasa distancia de la peña en cuestión.  El lugareño, que había venido de visita al pueblo, nos habló de los muchos serones cargados de peláuh (cantos de cuarcita) que había transportado en dos burros para la caja de la antigua carretera de Granadilla.  Material integrado por cuarcitas y corneanas, muy abundante en el área que estudiamos, por la que se extiende un enorme yacimiento prehistórico en superficie, que no ha sufrido grandes corrimientos, exceptuando algún que otro movimiento postdeposicional antrópico, como la labor de arada, o natural, de alguna escorrentía causada por las lluvias, sin gran importancia.  El río Alagón, que abre brecha entre estos terrenos, como es lógico, ha propiciado un mayor movimiento de material lítico.  Sus terrazas, debido a la ocultación de las antiguas riveras por el agua embalsada entre los pantanos de Gabriel y Galán y Guijo de Granadilla, apenas tienen visibilidad en la actualidad, pero allí donde se dejan ver muestran infinidad de ripios cuarcíticos y corneánicos.  Material del mismo tipo se puede ver en las covachas que flanquean las márgenes del citado río.  La caja de la vieja carretera que conducía a Granadilla debe estar plagada de miles de cantos trabajados.

Núcleo prehistórico de cuarcita, apreciándose parte del córtex, recogido en el “covachu” que se encuentra por encima de “La Peña de la Vega de lah Patátah”. (Foto. F.B.G.).

Comentando con el emigrante, cuyo nombre se nos esfumó, que íbamos a ver una peña al sitio de La Vega de lah Patátah, en las inmediaciones del Muru Blancu, nos espetó que seguro que sería La Peña de la Mujer sin Sombra.  Nos sorprendió enormemente, máxime cuando añadió que los abuelos, la gente de más atrás, advertían a los muchachos que no se acercaran a esa peña, pues podían perder la sombra de su cuerpo.  Según antiguas creencias animistas, las personas sin sombra eran muertos que andaban deambulando de un lado para otro; o sea, más o menos como los zombis.  Y no era extraño que su espíritu de muerto se encarnase en algún risco.  Como todo lo muerto siempre ha estado empapado de tabúes, puede que ciertos espacios sacros estuviesen vedados a los no iniciados, que forman el gran pelotón del común de los mortales.  Solo los chamanes, brujos o curanderos eran los únicos que podían acceder a tal lugar.  En la legendaria comarca de Las Hurdes, según nos comentaba Antonio Martín Martín, Tíu Antoniu El Turélih, de la alquería de La Aceitunilla, solo el zajuril (especie de chamán, pero con un cometido más complejo) podía estar presente cuando se acotaba un espacio, que se sacralizaba, donde se encendía una lumbre y se procedía al rito de conjurar al Encontrau (ente invisible que se apoderaba del cuerpo de una persona por haberse acostado donde tenía su selvático lecho un animal salvaje, que lo mismo podía ser un lobo que una sierpe).  Igualmente, a la hora de velar y exorcizar el cuerpo de un suicida, siendo el zajuril el único que formaba parte del velatorio.

Vista parcial de la que fuera la antigua “Vega de lah Patátah”, sumergida en su gran parte bajo las aguas embalsadas del río Alagón. Se aprecia una plataforma granitoide con cantos trabajados (cuarcitas y corneanas), de los miles que se esparcen por toda el área. (Foto: F.B.G.)

Imagen superior: “Peña de la Vega de  lah patátah”; al fondo, el río Alagón. (Foto: F.B.G.)ç

Texto de Félix Barroso para su columna A Cuerpo Gentil, las opiniones e imágenes publicadas en esta columna son responsabilidad de su autor

Publicado el 10 de noviembre de 2021

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