Un libro, aunque sea gordo

Va y te regalan un libro ¡qué suerte! A las personas que aprecian la lectura les obsequian con esa especie de joya cultural y se ponen como motos, es decir, que se vienen arriba con las palabras escritas. A otros, les cae como un ladrillo en los sesos. Vamos, que no hacen aprecio a quien ha juntado letras con sentido para contar cosas con intención de culturizar y entretener. Cada uno con sus aficiones e inquietudes, si es que las tienen, porque ya se sabe que otros aprecios les pierde, pero eso aquí no lo vamos a detallar.

Esto de la Feria del Libro es universal. Hay mucho personal –joven, maduro o mayor- que lee y se inquieta por las historias que le cuentan los autores y que las editoriales se molestan en publicar, cotizando importes de producción y edición que les permiten dar una limosna al sufrido autor en forma de porcentaje sobre ventas.

Conozco a uno que cuando tiene en libro nuevo en sus manos, lo primero que hace es oler sus páginas. Ese olor a tinta, a papel recién impreso y el pasear los dedos por la encuadernación, le pone. No es el único. A parte de mi admirado Andrés Trapiello -a quien le gustan los libros de viejo, de quinta mano y a ser posible intonsos- la mayor parte de las personas lectoras que conozco se privan por estrenar un libro sin abrir, por el placer de quitarle la faja promocional y por acariciar el tomo antes de iniciar la ensoñadora lectura. Todo un rito del cual se participar o no, pero nunca criticar.

Aquí y en Plasencia, como en otros lugares de placer cultural, se inicia la fiesta del autor encuadernado. Y la efeméride vine con lluvia porque no puede faltar la nube que mea y el olor a tierra y a piedra mojada para cuidar todavía más de ese artículo de lujo con impuesto que es la cultura. Y si no que se lo digan a un ministro que lee gratis porque se lo regalan.

A uno le gustan los libros, pagando, y cuanto más gordos y con más palabras mejor, que ya me encargo yo de olerlos, tocarlos y leerlos.

Publicado  el 30 de abril de 2017

Texto y foto de Alfonso Trulls  para su columna  Impresiones de un foráneo

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