Los quintos, los reyes del Domingo de Resurrección en Aceituna

Cuando por las grandes poblaciones sacan a que se luzcan sus pasos procesionales y las televisiones se hacen gran eco de ellos, también por nuestros perdidas y arrinconadas geografías se celebran otros rituales en los que se diluye la frontera entre la ortodoxia de la Santa Iglesia Católica y Apostólica y otras creencias de remotos tiempos.  Así, si al viajero le da por perderse entre los terrenos berrocosos que pasan sin contraste alguno de la comarca de Tierras de Granadilla a aquella otra del Valle del Alagón, se dará de bruces con el lugar de Aceituna.  Los límites comarcales, exceptuando áreas geográficamente perfectamente definidas, como es el caso del territorio de Las Hurdes, no son más que trazados artificiales.  De hecho, el referido pueblo siempre tuvo mayores relaciones humanas y socioeconómicas con localidades de Tierras de Granadilla que con otras de la comarca donde fue enclavado de unos años a esta parte, la que pasó a denominarse Valle del Alagón.

“El Judas”, con su collar de cáscara de huevos, colgado en lo alto de una encrucijada.

Pero lo que nos interesa ahora es relatar cómo los quintos de Aceituna se erigen en los reyes del Domingo de Resurrección, pasándose de quinta en quinta el testigo de unos rituales que para sí los quisieran muchas de esas abultadas ciudades tan llenas de capirotes, grupos escultóricos portados en grandiosas andas, tanto traje de romano y de judío y tanta corneta y caja redoblante.  Puerto López Antón es una funcionaria del Ayuntamiento “canchaleru” (apodo este último con el que se conoce a los hijos de Aceituna) que lo mismo vale para un roto que para un descosido, y ella nos ha ayudado a vertebrar el relato.

Los quintos aceituniegos que, desde que el mundo es mundo, fueron unos consumados artistas en repicar las artesanas castañuelas que se fabrican con madera de olivo y que engalanan con coloridos madroños de lana, son los que se encargan de fabricar “El Júah” (El Judas): un pelele al que mantienen colgado  de lo alto de una encrucijada hasta la mañana del Domingo de Resurrección.  Este personaje lleva un grandioso collar de cáscaras de huevos, lo que le emparenta con otros peleles míticos de las fiestas del ciclo carnavalesco, tal que el renombrado “Markitos”, propio de las carnestolendas de Zalduondo (Álava) y al que se le tiene como el  símbolo y acaparador de todos los males del lugar.  Por ello, es vapuleado por las calles y, finalmente, quemado en una hoguera.

Procesión del “Encuentru”, cuando la Virgen, compungida y enlutada, encuentra a su hijo, sano y salvo.
Las quintas entonan antiquísimos romancillos y letrillas, que se pierden en la noche de los tiempos.

Acompañados por el tamborilero (la figura de este músico popular es parte consustancial de la quinta y del festejo), los mozos acuden a sacar a la Virgen en procesión cuando las campanas así lo anuncian con sus repiques.  Los muchachos que van a la escuela, ataviados de blanco, se encargarán de portar la imagen del Niño Jesús.  Cada procesión va por su lado.  El “Encuentru” tiene lugar en la “Plazuela de la Juenti”.  Los quintos sueltan a las golondrinas que cogieron la noche anterior mientras depositan las andas en el suelo.  Las mujeres despojan a la Virgen de sus ropajes enlutados.  Las quintas entonan antiquísimos cánticos:

“Quitadle ese manto negro

y dejadle el encarnado,

para que vea a su hijo,

glorioso y resucitado.

-Salgan los gorriones

y las golondrinas.

Díganle a la Virgen

cosas peregrinas (…)”

Despojando a la Virgen de sus ropas enlutadas.

Y cuando se da por finalizada la procesión, los quintos descuelgan “El Júah” y se lo llevan de fiesta por calles y tabernas.  Como no quiere cantar, bailar y regocijarse porque Cristo ya ha resucitado (cristianización del rito y un claro ejemplo de sincretismo), lo zarandean, lo vapulean y acaba siendo desmigajado y, en ocasiones, pasto de las llamas.

Todo un curioso y llamativo festejo del que habría mucho que hablar si hiciéramos su disección antropológica y sociohistórica.  Pero que nuestros quintos “canchaléruh” jamás deben dejar perder, salvaguardándolo como oro en paño y siendo rigurosamente fieles al ritual que les legaron sus antepasados.

Momento en que la procesión va a salir del templo.

Publicado el 13 de abril de 2017

Todas las fotos fueron recogidas por la “canchalera”  Puerto López Antón.

 

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