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Pensamientos en el umbral del otoño

Hoy es sábado, medio día, 3 de septiembre de 2022, festividad de San Gregorio Magno. Estoy sentado a la sombra del árbol de Júpiter, mientras degusto un aperitivo; en esta ocasión, por variar, un vermut acompañado de aceitunas, patatas pringles y magras lonjas de jamón. Mientras reposo, reflexiono y me dejo invadir por la paz del campo: infinidad de pájaros revolotean a mi alrededor y picotean saltarines, de acá para allá en el verdor del césped; entre los trinos de las aves destaca el gorjeo simple, monótono, bisilábico y martilleante de la tórtola. 

El viento, en contra de la calorina con la que nos ha agobiado estos meses de estío, es suave y tirando a fresco, con algunas nubes altas pero sin una bendita gota de agua, ni siquiera de ésa que han traído las secas tormentas de verano; pero en este día y a estas horas de mediodía cuando sopla con cierta virulencia, en compensación, percibo una lluvia de florecillas blancas, violetas y rosadas que parecen augurarme la proximidad del otoño.

Mis pensamientos vuelan entonces versátiles en torno a este raro verano seco y caluroso, quizás dando la razón a los que pronostican y preconizan el cacareado cambio climático. Un año complicado entre el covid que no nos abandona, el volcán canario, la guerra de Ucrania, los numerosos incendios, las crisis económicas y las inundaciones tormentosas de estos días en nuestro país, no aquí. Un verano que, sin embargo, con la avidez de unas vacaciones utópicamente libres de pandemia, nos han mostrado una cara más sonriente de la vida sin mascarillas, salvo excepciones, como si todos quisiéramos olvidar el virus, la muerte y la angustia vital como consecuencia. 

Pero, como digo, sigue faltando el agua, al menos en Extremadura y en nuestra comarca de la Vera, que se salva por las corrientes menudas pero sin agotarse de nuestras gargantas, que llenan del preciado líquido las cuarenta y seis piscinas naturales que dicen los folletos turísticos que nos rodean, con el fin de animar al forastero a disfrutar de su frescura y transparencia. 

A mi mente llegan también las fiestas pasadas de agosto, que en nuestra comarca han constituido un estallido cromático en el abanico de su oferta de ocio, música, cultura, deporte y diversión. Con el sabor de la buena compañía de amigos alrededor de la mesa, junto al agua cristalina bajo la sombra de los fresnos, los castaños y avellanos, hemos disfrutado de su frondosidad y el variado colorido de flores: lilas de campanilla, margaritas, violetas, doradillas, dedaleras, peonías, geranios y jazmines… que, a vaharadas del romero, el orégano, y la yerbabuena, han alegrado el entorno y perfumado el ambiente. Y aquí seguimos viviendo.  

Mi recordada amiga Florencia Menesse, de mis tiempos de Roma, me hace caer en la cuenta de que nacimos en los 50; crecimos en los 60; estudiamos en los 70; vivimos en los 80; nos casamos y descubrimos el mundo en los 80/90; nos aventuramos en los 90; nos estabilizamos en los 2000; nos hicimos más sabios en los 2010;  y vamos a pie firme atravesando los 2020.  

Así que resulta que hemos vivido en siete décadas diferentes…dos siglos diferentes…dos milenios diferentes… Hemos pasado por el teléfono con operadora para llamadas de larga distancia hasta las videollamadas a cualquier parte del mundo, pasamos desde los slides hasta el Youtube, desde los discos de vinilo hasta la música online, desde las cartas escritas a mano al correo electrónico y el WhatsApp; de vivir los partidos en la radio, a la TV en blanco y negro, y luego a la TV HD. Fuimos al Video Club y ahora miramos Netflix. Conocimos las primeras compus, las tarjetas perforadas, los diskettes y ahora tenemos gigas y megas en la mano en el celular o el IPad. Usamos pantalones cortos toda la niñez y después largos, oxford, bermudas, etc. Esquivamos la parálisis infantil, la meningitis, la gripe H1N1 y ahora el COVID-19. Anduvimos en patines, triciclos, carritos inventados, bicicletas, ciclomotores, autos a gasolina o diesel y ahora andamos en híbridos o 100% eléctricos. 

 Y nos podrían calificar de “exennials”; gente que nació en aquel mundo de los cincuenta, que tuvo una niñez analógica y una edad adulta digital. Somos una especie de Yahevistodetodo. Literalmente, nuestra generación ha vivido y presenciado mucho más que ninguna otra en cada dimensión de la vida. Es nuestra generación la que literalmente se ha adaptado al “cambio”. 

A todo nos hemos ido adaptando sin violencias, con amor. Quizás por eso viene como anillo al dedo este día de San Gregorio Magno que dijo: “donde el amor existe se obran grandes cosas”. Y así hemos hecho o creemos haber hecho.

 Mientras reflexiono con este tipo de consideraciones, continúo con mi vermut, mis aperitivos, y la caricia de las flores del árbol de Júpiter que, como mandalas de paz, tapizan el verdor del césped y llenan el aire de emociones. 

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