Por los Montes de Cáparra: entre los riscos de El Cahtilleju II (XXVII)

Levantamos al viajero de sus ensimismamientos románticos y le instamos a que se dé todo un cultural baño de prehistoria, remando entre peñas y malezas que recubren el promontorio de El Cahtilleju, en cuyas inmediaciones le dejamos la última vez que nos vimos.  Ha atravesado espesos retamales, donde se unen, casi de manera imperceptible, las tierras pizarrosas con las graníticas.  Retamas amarillas (Retama sphaerocarpa), que alcanzan fácilmente los dos o más metros de altitud, que aguantan lo que le echen: el ardiente calor del estío y las gélidas escarchas del invierno.  Antiguamente, por estos pueblos, sus diminutas semillas, encerradas en legumbres esferoidales, eran la aspirina de los tiempos actuales.  Bajaban la fiebre, de modo especial las de carácter eruptivo, y despejaban las vías respiratorias.  También servían para calentar los jórnuh panéruh (hornos de pan), que fueron los que precedieron a las tahonas.  Y con ellas, se fabricaban escobas.

El bosquete de alcornoques que corona “El Cahtilleju”, con su antesala de bardales y retamas. (Foto: F.B.G.)

Un imponente percutor de ortoarenita, que llevaría milenios escondido entre las quebraduras de las rocas plutónicas, con notables huellas de su uso. (Foto: F.B.G.)

El viajero llega al monte isla, todo erizado de peñascos plutónicos, donde se desarrolla felizmente un bosquete de alcornoques, con su correspondiente monte bajo, y se preguntará: ¿y ahora qué?  Pues si sube a su cima, de la que se enseñorea una plataforma granítica, entonces se percatará que algo tiene de especial este cerro.  La capacidad de dominio visual es ingente.  Se controlan todos los contornos, incluido parte del eje fluvial que componen el río Alagón y la Rivera del Palomeru.  Las pupilas se pierden hasta el infinito.  Si la vista del viajero está educada suficientemente, tendrá que observar milimetradamente el terreno que pisa, escudriñar entre la maleza y los intersticios de los canchos.  Una máxima a tener en cuenta en los rastreos etnoarqueológicos es la misma que se emplea en los temas inherentes a la caza. Por la comarca, se oye el siguiente dicho: el güen cazaol, pasitu a pasu y el fatu de perru vieju. Y, así, no será extraño que logre hallar ciertos fósiles-directores que le irán despejando los interrogantes.  Puede que encuentre algún molino barquiforme o de vaivén, como los que halló el buen amigo Francisco Batuecas Batuecas, Muedanu, al construir el cepo para el ganado vacuno en una de las pequeñas fincas que circundan esta colina y que ya dimos cuenta en el capítulo anterior.  O algún pequeño fragmento de cerámica, porque el lugar, después de patearlo a conciencia en varias incursiones, ha deparado algún que otro trozo, poco perfilado, de industrias claramente calcolíticas, generalmente pertenecientes a cuencos semiesféricos o a algún plato de labios engrosados o almendrados.  No hace falta decir que una excavación reglada depararía, sin lugar a dudas, restos de vasos, ollas ovoides o globulares, cazuelas u otros recipientes relacionados con la función culinaria o para almacenar alimentos, procesarlos y consumirlos.  Y, además, algún rudimentario artefacto surgido del tratamiento y fundición de los óxidos y carbonatos de cobre.  Incluso alguna quesera o colador, lo que indicaría claramente el consumo de lácteos y que corroboraría el mantenimiento de las hembras de especies vacunas y de ovicápridos hasta su edad adulta, a fin de obtener otros productos secundarios.  Aparecería, igualmente, alguna pesa de telar, pues se entiende que ya sembraban lino en los sitios más apropiados de estos parajes.  Lógicamente, la excavación también nos mostraría la distribución espacial de las chozas y sus silos.

Bloque granítico, exento, situado en el exterior del deshilachado anillo abaluartado que debió rodear la base del teso. Podría ser algún tipo de menhir: pétreo centinela de la tribu calcolítica que se asentó, hace unos 5000 años, en tan arriscado altozano. (Foto: F.B.G.)

Por lo tanto, ya contamos con un sustrato primario: el hombre del Calcolítico consideró que este altozano y su entorno reunían condiciones para los fines que se proponían.  E incluso le dotó de un anillo abaluartado con ciclópeos peñascos graníticos, del que quedan deshilachadas muestras en su parte norte, conservándose el espigado bloque, tipo menhir, que da la impresión de ser el centinela eterno que vela por la seguridad del poblado.  Tiempos, tal vez, algo inestables, pues las rústicas defensas no se levantan si no hay hostilidades a la vista.  No obstante, al viajero deberíamos mostrarle otras piezas que andan por allí medio aterradas y camufladas entre las esparragueras, escobas y ruscos que se enseñorean de tan rocoso montículo.  Aparte de las cuarcitas talladas, herederas del Paleolítico y del período Mesolítico (otros también lo llaman Epipaleolítico y Subneolítico), no es extraño que aparezca algún hacha pulimentada o algún nódulo de almagra, empleado para decorar la cerámica y como pintura que se aplicaban sobre sus cuerpos a la hora de sus ceremonias rituales.

Núcleo de cuarcita trabajado. La tradición paleolítica continuaba en pie. (Foto: F.B.G.)

Una de las piezas más interesantes se halló, semienterrada, entre el lodo de una charca situada en la base del montículo de ‘El Cahtilleju’. Esta pieza, de blanquísimo cuarzo lechoso, en forma de pera y que parece haber sido retocada, consideramos que es un betilo de pequeño tamaño, entendiendo como tal la propia esencia divina materializada en una piedra.  Podían ser meteoritos o cualquier otra piedra singular, que llamara poderosamente la atención al pensamiento mágico-religioso de nuestros prehistóricos de la Edad del Cobre, por sus rasgos específicos.  Como betilos, también se pueden considerar las piezas que los campesinos denominan piedras del rayo, aureoladas de sugestivos tintes legendarios y que, por sí solas, requerirían todo un trabajo aparte.  Se pensaba que tales objetos pétreos caían del cielo, como parte alícuota de las divinidades uranias o uránicas, artífices de la cosmogonía y dotadas de luminosa onmisciencia.  Su presencia se evidenciaba mediante las hierofanías (término acuñado por el gran historiador de las religiones y especialista en mitología: el rumano Mircea Eliade) y que viene a significar la manifestación de lo sagrado en lo profano, en las cosas de andar por casa y, especialmente, en los fenómenos meteorológicos.  Tales dioses uranios vienen a ser los dei otiosi (dioses ociosos), que viven en las penumbras y soledades del firmamento, habiendo perdido prácticamente todo vínculo con la humanidad.  Pero a ellos se dirigían con sus rezos, ensalmos y conjuros nuestros antepasados, a fin de que atendieran a socorrerles ante las adversidades naturales o las calamidades por pestes y otras enfermedades.  ¿Y acaso no se siga haciendo aún en muchos de nuestros medios rurales?  Esas divinidades uránicas puede que, ahora, se llamen Santa Bárbara, San Antonio o San Roque.  Todo un proceso de sincretización abocó a la Iglesia Católica (de otras religiones se puede decir lo mismo) a dar el título de abogados a vírgenes y a santos.  Por ello, cuando hay fuertes tormentas, se declama la oración de Santa Bárbara.  Recuerdo perfectamente, siendo un chaval, encontrarme en casa de una tía-abuela materna (Daniela Barroso Jiménez, que falleció con 107 años) una tarde de horrorosa tormenta.  Varias mujeres de rodillas en la sala (estancia que, en las antiguas casas, hacía las veces de lo que hoy es el salón-comedor) hacían corro en torno a una banasta de las que se utilizaban para meter los apaños de la costura.  Entre trapos, alfileres, agujas, botones…, ocupando el lugar central, una piedra del rayu (hacha pulimentada prehistórica).  Una de las mujeres, mirando fijamente la piedra, recitaba la oración.  Todas suspiraban y se santiguaban cada vez que oían un trueno.  Sus maridos, hijos o parientes estaban en el campo, expuestos a cualquier exhalación.  Sirva esta muestra para hacerla extensiva al resto de los sacrosantos abogados.

Hacha pulimentada de ofita. Tanto la pátina como su cuerpo evidencian su constante uso. (Foto: F.B.G.)

Betilo, amigo viajero, de impoluto cuarzo lechoso, como luz del Más Allá y representación de los numerosos cuerpos celestes que, fueren de por sí divinos o estuviesen divinizados, cubrían, y cubren, el firmamento y se veían, y se ven, con todo su esplendor las noches oscuras, sobre todo si no hay nubes ni luna.

Descanse ya el viajero en la cumbre de este cotorru, como así denominan a los cerros en la zona, extasíese en las amplias lontananzas que divisa y luego, como de costumbre, saque su poemario y ponga una pizca de romanticismo a la jornada:

OJOS

Solo pido a mi eternidad que sea infinita,

que carezca de cómputos de arena

y de horas labradas en granito.

Eterna eternidad para mirarte

con las cuencas vacías de mis ojos.

No concibo amor más sublime por mi parte

que devorar con mis dientes aritméticos

masa mollar, osadamente azul,

de tus globos oculares.

 

De muchacho se me iban los ojos

a los ojos de los peces

que mi madre compraba a María La Patina

y, luego, escabechaba y guardaba en una orza.

La boca se me volvía jugosa agua

al destripar y triturar con placentero morbo

escleras, córneas, retinas y coroides

de enormes barbos y lustrosas bogas

del río Alagón y La Rivera.

 

Pedro Pindoli, esposo de María, quedo tuerto y manco

de cartucho que le explotó en una mano

al lanzarlo a la profunda negrura de la poza.

Ya no he vuelto a probar ojos saltones como aquéllos.

Solo me quedan los tuyos: grandes, garzos y hermosos.

Pero si algo o alguien cegara mis ocráceas cuencas,

emerja de la Nada el pescador furtivo,

prenda mecha del cartucho y sea yo pez martirizado

en turbulento remolino de aguas irisadas.

(Del Poemario: Con la soga al cuello)

Foto superior: Un pequeño betilo, de precioso cuarzo lechoso, hallado entre el lodo de una charca situada al pie del montículo de “El Cahtilleju”. (Foto: F.B.G.)

Bara Dynamics

Texto de Félix Barroso para su columna A Cuerpo Gentil, las opiniones e imágenes publicadas en esta columna son responsabilidad de su autor.

Publicado el 9 de noviembre de 2020

 

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