Chernóbil

Chernóbil es, sin duda, una de las series del momento. Lejos de la parafernalia habitual de las películas sobre catástrofes y de la facilona exaltación del heroísmo que suelen llevar a cabo y de la que tan hartos nos tienen, la serie nos explica el accidente –palabra a todas luces insuficiente, pero adecuada, pues el eufemismo y el cinismo no son en absoluto ajenos a lo que sucedió– y retrata, a través de distintos personajes –unos protagonistas, otros apenas actores de reparto–, la proverbial abnegación del pueblo ruso (en este caso, del bielorruso) y su heroicismo silencioso y resignado, el que llevó a muchísima gente, decenas de miles, entre empleados de la central, centrados y “liquidadores” (ciudadanos reclutados para limpiar la zona afectada por la radiación) a sacrificar sus vidas o, como poco, su salud para, al final –se ponen los pelos de punta solo de pensar lo que podría haber sucedido si alguna de las medidas que tomaron, ya de por sí chapuceras, hubiera salido mal y el final hubiera sido otro–, salvarnos a todos.

Varias de esas historias que se cuentan en la serie, y con las que se trenza la trama –sobre todo la de la mujer del bombero, pero también, por ejemplo, la del chico enrolado para exterminar animales contagiados por la radiación–, proceden del libro Voces de Chernóbil, de la escritora, periodista y premio Nobel bielorrusa Svetlana Alexiévich, que se dedicó a recoger testimonios en la zona afectada unos diez años después de la explosión, en un momento en el que, entre medias, el muro de Berlín, el comunismo y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas se habían venido abajo, para algunos, en no poca medida, como consecuencia del desastre nuclear.

Si el éxito de la serie se debe, en buena medida, a su renuncia a la exaltación de un heroísmo hueco, a retratar el momento y los lugares con una naturalidad casi documental y a centrar el foco y hacernos ver la catástrofe desde la perspectiva de las personas, la fuerza del libro de Svetlana Alexiévich estriba en la aparente –solo aparente, pues es resultado es el fruto de una esmerada técnica narrativa– desaparición de la escritora, de la que apenas leemos nada en primera persona y cuya presencia solo se hace notar las palabras de los entrevistados cuando se dirigen a ella, una desaparición que pone al lector a conversar directamente a ellos, con las voces de Chernóbil, que nos enfrentan a un futuro extrañamente apocalíptico en el que el escenario no son los paisajes áridos y desgarrados de películas como Mad Max, sino los de una radiante primavera que hace difícil detectar la presencia de un enemigo que es tan invisible como invencible y comprender su poder destructor, que poco a poco, de manera implacable, va royendo a sus víctimas por dentro.

Entre los testimonios, los hay desgarradores, que superan, en su crudeza, a las más crudas escenas de la serie, pero los hay también de escepticismo, de incomprensión, incluso de nostalgia, pero el poso que dejan todos es el de una terrible desolación, por las vidas truncadas, por el pasado y los recuerdos arrasados y por un futuro que, como la escritora sugiere en uno de los textos preliminares, podría ser el futuro. Una lectura extraordinaria para acompañar el disfrute de una serie también, sin lugar a dudas, recomendable.

Restaurante Los Monges Plasencia

Voces de Chernóbil. Crónica del futuro

Svetlana Aleksievich

Debate

Disponible en préstamo en el Biblioteca Municipal de Plasencia

 

Publicado el 17 de octubre de 2019

Texto de Juan Ramón Santos para su columna Con VE de libro

 

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