La cuarta dimensión

En el capítulo 30 de Solenoide, Mircea Cărtărescu nos habla de los esfuerzos del matemático Charles Howard Hinton y de su mujer, Mary Ellen Boole, por pensar y tratar de hacer visible la cuarta dimensión por medio de complicados artefactos, esfuerzos que el escritor rumano pone en relación con la invención del cubo de Rubik, aquel juguete tan popular en los ochenta. Al explicar la percepción que tendríamos, en nuestro limitado universo de tres dimensiones, del teseracto, que es como Hinton bautizó al hipercubo, la figura geométrica a la que daría lugar un cubo en movimiento en ese casi inimaginable escenario cuatridimensional, Cărtărescu recuerda mucho a Planilandia, una novela de muchas dimensiones, una sátira matemática de finales del siglo XIX en la que Edwin Abbott Abbott describe la estupefacción que, en hipotéticos universos de una o dos dimensiones, sentirían sus habitantes –apenas puntos o líneas, claro– al ver aparecer, respectivamente, polígonos o poliedros, objetos de dos o tres dimensiones que al superar las costuras de su universo y sus capacidades naturales de comprensión sólo serían capaces de contemplar parcialmente, y al contarnos estas cosas, tan extrañas a nuestro entendimiento, Abbott Abbott primero y Mircea Cărtărescu después nos llevan a pensar también, de manera indirecta, en los límites de nuestro propio conocimiento, del conocimiento humano, un asunto, por cierto, que obsesiona también al quijotesco protagonista de El verano del Endocrino.

Si comienzo contando esto no es por ponerme estupendo ni por hacer publicidad de mi última novela, sino porque la idea de una cuarta dimensión, la existencia de submundos, supramundos o universos paralelos y los propios límites del universo humano son elementos esenciales en la novela de Cărtărescu, constituyen algunas de las numerosas líneas de fuerza que atraviesan el monumental relato dándole fuerza y cohesión, pero también lo cuento porque la propia novela, Solenoide, parece por momentos un objeto de otra dimensión, como si ese prisma de base rectangular construido por medio de pliegos de papel encuadernados que uno puede abrir y leer y disfrutar de principio a fin fuese apenas el alzado tridimensional de un cuerpo mucho más complejo cuyos contornos nuestros limitados sentidos no son capaces de discernir. Y eso porque, ya de entrada, Solenoide es una de esas novelas que parecen superar las estrechas dimensiones de la novela. De hecho, su narrador es un poeta frustrado que se niega a novelar, que no se conforma con construir un mundo verosímil, un escenario de cartón piedra que represente la vida, sino que aspira a escribir la vida misma, y por eso se dedica a rellenar cuadernos, a modo de diario, en los que cuenta su vida anodina de profesor de rumano en un barrio sórdido de un Bucarest decadente, el de los últimos años de la época comunista, y yo diría que triunfa en su empeño –y con ello triunfa, por supuesto, Cărtărescu–, porque lo hace con una viveza que lo hace parecer la vida real, y lo que sorprende es que esa misma viveza, ese mismo vigor se mantiene cuando el relato se interna vertiginosamente en los senderos de lo insólito, cuando el protagonista visita una suerte de museo de embriones y fetos gigantes o cuando se convierte en el mesías, en el Cristo de un mundo de ácaros. Es en ese territorio de lo fantástico, que recuerda, como señala la contraportada, a Pynchon, Borges o Kafka, pero también a la ciencia ficción de Stanisław Lem, es donde el relato de Cărtărescu se vuelve más potente, con ese poder alucinante que tiene la mejor ficción de estar hablando, desde lo más fantástico, de más real, de nuestro propio mundo, donde, más aún que en las melancólicas descripciones del barrio de Colentina, acaba –creo yo–por seducirnos definitivamente.

Solenoide no es un libro fácil ni asequible. Requiere un lector paciente y avezado que lo afronte sin prisas ni prejuicios, sin esperar nada ni buscar nada, dispuesto a dejarse, simplemente, descubrir. No es, quizá tampoco, una novela para llevarse a la playa, pero sí puede ser una buena novela de verano, para leerla con calma en penumbra, en la siesta, o por la noche, en esas horas al sereno en las que uno consigue, por fin, disfrutar de algo de fresco. Tampoco sé si debe ser leída de un tirón o si es mejor tenerla en la mesilla para disfrutarla con calma, poco a poco. Supongo que admite las dos formas, porque en ella conviven lo diarístico y episódico con una cierta trama fascinante. Como ven, hay muchas cosas que no tengo nada claras sobre Solenoide. Lo que sí tengo claro, a fin de cuentas, es que es una novela magnífica, y que merece mucho la pena el esfuerzo.

Solenoide

Mircea Cărtărescu

Impedimenta

28 euros

Texto de Juan Ramón Santos para su columna Con VE de libro

Con VE de libro columna de Juan RAmón Santos en planVE

 

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