Nochevieja en el Lombu del Molinu

Dicen por estos agrios campos donde confrontan el granito y la pizarra, el roble se entremezcla con encinas, alcornoques y espinosos galapéruh (majuelo o espino albar) y una brava rivera continúa excavando marmitas de gigante en las rocas plutónicas de su lecho, que pol diciembre, la tierra duermi.  ¡Y cuán cierto es!   Mis pies se han posado en lo alto del Lombu del Molinu, que así lo llamaba Tomás Jiménez Caletrío, al que le apodaban sus convecinos como Tomáh Arranca, cuando me hablaba de unas monedas de oro que encontraron unos guarrápuh (cerdos), hozando por el santo suelo.  Los puercos eran de sus abuelos paternos.  Mi padri tenía una monea de aquéllah -me relataba Tomás.  Y era de oru, que rebrillaba cumu el sol, y tenía pol una cara a un hombri, que sería algún rey, con el pelu largu arrecogíu en una diadema, y pol la otra cara cumu una titaratera corata, que ehtaba bailandu.  Sospechamos que se tratase de algunos tremises acuñados posiblemente en la ceca de Emérita en época visigoda.  Seguro que Tomás confundía a la que él llamaba titaratera (acróbata de humildes circos que recorrían, en sus carromatos, la España rural) con el ángel que aparece representado en los reversos de tal monetario.

Material lítico que apareció en un enterramiento tipo cista. Los paisanos hablan de un puchero lleno de polvo negro y de un cuchillo con pátina verde y roñosa (si hubiera sido la pátina negruzco-amarillenta, habrían dicho jerrumienta o jerrumbrosa). Posiblemente, de cobre, eneolítico. El puchero, hecho mil cachos, y el cuchillo, con pareja suerte). Foto: F.B.G.

La piedra de la discordia. Por elucubrar, que no quede; pero las piedras ruedan mucho y las rejas de los arados romanos entraban en los recovecos más inverosímiles (Foto: F.B.G.)

Nochevieja de 2018 y nos solazamos en la tarde soleada.  Inmensa soledad entre estos lómbuh (cerros) y barrancos que se inclinan hacia la espumosa rivera.  Solo se siente el ronroneo monocorde del agua al precipitarse por la pesquera de un viejo molino, hoy ya comido por las zarzas y el paso del tiempo. Memoria viva, pese a la ruina y a las breñas, de labriegos apegados a la tierra, alejados del mundanal ruido y cantando y contando sus cuitas, sus romances y leyendas en noches tenebrosas del invierno, a la par que las muelas trituraban el grano cosechado. También algún cencerro lejano de vacas o de ovejas y el piar pasajero de alguna avecilla.  Pero nos embarga una sensación de paisaje congelado.  Bien dicen los campesinos de por estos pueblos que en diciembri, la tierra duermi.  ¡Qué expresión más poética emanando de la enjundia del terruño!   Hoy, se acaba el año y nuestra imaginación vuela por estos campos que fueron tierras de pan llevar y se transformaron en verdeplateados garrotales.  Fue el inicio de la demolición de la economía de subsistencia, con sus solidaridades y apoyos mutuos, por la de mercado, individualista y consumista. Los jóvenes olivos incursionan temerosamente la tierra de arena, donde comienzan a levantarse rechonchos peñascos de granito y crecen los piornos, las escobas, las retamas y los torviscos.  Pero el olivo siempre se encuentra más a gusto en el regazo de su madre pizarrosa.

Las malezas devoran las ruinas del viejo molino. Entre sus escombros, quedarán enterrados para siempre muchas leyendas y romances (Foto: F.B.G.)

Viejas pilas graníticas a la vera del molino (Foto: F.B.G.)

¿Qué sería de aquella gente de la Prehistoria que posó en el Lombu del Molinu sus reales, abrazado en su base por la curvatura del meandro?  Estratégico lugar.  Los cantos trabajados en cuarcita o cuarzo filoniano los han hecho emerger los viejos arados romanos del ayer y las vertederas de los tractores del ahora.  Peso y poso de las actividades de individuos que fueron escalonando diversos peldaños prehistóricos.  Fragmentos de molinos de vaivén o naviformes, pétros morteros y molederas impregnados de rojizos pigmentos, algunos amorfos trozos de cerámica con un deformante rodamiento y hasta una plataforma esquistosa, de dura textura y con gran componente de grafito, en la que aparece todo un heterodoxo enrejado de líneas que podría llevar a algunos a hablar de petroglifo.  Y si apareciese por estos contornos ese escritor especializado en lenguas y escrituras de antiguas civilizaciones, al que llaman Georgeos Díaz-Montexano, seguro que nos dictaría toda una lección de Escritura Lineal Paleolítica.  El bloque pétreo forma parte de la viejísima calleja que conducía al molino y que, desde hace tiempo, ya está atrapada por la maleza en varios tramos.  Nosotros, inmersos en un mar de dudas, recordamos la piedra aventurera de nuestro admirado vate León Felipe, y evocamos, igualmente, aquellos versos del poema La Piedra, del celebrado poeta puertorriqueño Luis Palés Matos: En su duro letargo concentrada,/ redonda, como el cráneo de un gigante,/ la piedra en la vereda perfumada/ es verruga enigmática y punzante.

Molineta de vaivén o barquiforme, con moledera, donde molturaban sus granos u otros productos nuestros trastarabuelos prehistóricos (Foto: F.B.G.)

Tomás Jiménez Caletrío, “Arranca”, descendiente de los antiguos molineros (Foto F.B.G.)

Se escapa el sol tras los voluminosos bolos plutónicos y un mar de espectrales robles, desnudos y sarmentosos, se adueña del paisaje.  La escarcha empieza a asomar el gélido filo de su alfanje.  Aumenta la soledad y la sonoridad de la corriente rivereña.  Fue otro diciembre, otro atardecer al que le atrapó la noche y la bruma.  Inolvidables ojos garzos azuleando todos mis tuétanos.  Añiles pupilas de otros terrenos berrocosos más al meridión.  En los rojos y violáceos del ocaso, parece recortarse la hermosa silueta con su pelo a lo garçon.  El frío relente de la helada se extiende, invisible, y va cubriendo umbrías y solanas.  No tardará mucho en envolver al campo con su sudario blanco.  Pero la nostalgia siempre permanece cálida.

¿Qué harían a estas horas de un día como hoy, cuando nosotros ponemos puertas a un espacio temporal, aquellos hombres que de trabajar duros cantos de cuarcita pasaron a pulir el gabro, la diorita o el pórfido?  ¿Los que fabricaron de arcilla rudimentarias vasijas y supieron seguir el rastro del cobre o del hierro?  ¿Cómo celebrarían nuestros trastarabuelos la que para ellos era la última noche de sus calendarios lunares…?  El aventurero y docto rastreador de aquellas huellas podría resolver muchos interrogantes.  Emplazado queda para la próxima Nochevieja.  Luego, cuando suenen las campanadas, podrá brindar por haber desvelado y compartido los arcanos de nuestros nebulosos antepasados.

El Lombu del Molinu a vista de pájaro (Foto: SIGPAC)

Las aguas de La Rivera forman una pequeña cascada al llegar a la pesquera del molino (Foto: F.B.G.)

Ladera del Lombu desde su ángulo SE (Foto: F.B.G.)

Núcleo de cuarcita deslascado (Foto: F.B.G.)

Publicado el 3 de enero de 2019

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