Una delicada joya en el subsuelo

Corría agosto de 2008, hacía calor y nadie podía presagiar que un incidente tan aparentemente banal pudiera conducir a la catástrofe. Una visitante vomitó en el interior de la Cueva de Castañar de Ibor, una joya del subsuelo nacional situada a algo menos de 40 kilómetros de Navalmoral de la Mata.

El vómito trajo como consecuencia súbita el cierre de uno de los microuniversos más bellos de Extremadura. El delicado y frágil equilibrio mineral tejido durante millones de años saltó por los aires con aquella pequeña indisposición. Los hongos procedentes de la visitante colonizaron una parte de la cueva y ésta tuvo que ser cerrada al público durante seis años. En junio volvió a abrirse, pero con unas restricciones en las visitas aún más duras que las que existían antes del penoso incidente.

La Cueva de Castañar de Ibor es simplemente célica, aunque esté debajo de la tierra, a espaldas del sol. Fue descubierta en 1967 de forma fortuita por Máximo, un agricultor del pueblo que araba el campo. Desde entonces, estuvo sellada al público hasta que ya en el siglo XXI comenzaron las visitas guiadas en pequeños grupos. Estar dentro de esta oquedad es un gran privilegio. Se trata de un viaje inolvidable. Os lo aseguro.

Las bellas entrañas de la tierra

Una escalera metálica de nueve metros separa la boca de la cueva de su galería principal, que se prolonga durante cerca de 200 metros. Esa pequeña bajada de nueve metros te sumerge en otro mundo. Es un mundo cálido (17 grados), extremadamente húmedo, oscuro, silencioso, apacible, relajante hasta decir basta. También misterioso. Fascinante de principio a fin.

Aquí comienza un laberinto kárstico de 2.135 metros de longitud rebosante de sorpresas. A partir de aquí viviremos entre estalactitas, estalagmitas, coladas, columnas, banderas, pompones y gours. Un recorrido entre dolomías y pizarras grabado con un sinfín de minerales entre los que reinan el aragonito y la calcita, materiales que confieren a la cueva una belleza deslumbrante y un equilibrio imposible de proteger con una explotación masiva del monumento natural.

La galería principal nos lleva, con su riqueza de espeleotemas, hasta la Sala Nevada. En este itinerario de frontales y silencio, cada sala es un pequeño mundo. La Nevada, la Blanca -donde el delicado aragonito impone su blancura inmaculada- la Roja, la de las Banderas, el Jardín -una sinfonía de dolomías en disolución en la que el equilibrio natural se hace casi imposible-, la Librería…

Desde esa librería pétrea descendemos por una gran colada a la Sala de los Lagos presidida por dos lagos con agua permanente en los que se pueden apreciar calcitas flotantes. Y la magia va creciendo.

Millones y millones de años

Estamos inmersos en una geología del Precámbrico, 500 millones de años la contemplan. Un goteo milimétrico y paciente ha moldeado esta maravilla. Y las piedras han ido creciendo, construyéndose poco a poco hasta generar auténticas delicatessen como las agujas y las flores de aragonito. Puro glamour que desfila ante nuestros ojos cuando la luz de nuestros frontales apunta a ellas. El crecimiento milagroso de las formaciones de la cueva puede llegar a ser de 0,025 milímetros cada 6.500 años en su realidad más paciente. Así se moldea la naturaleza. El tiempo todo lo puede.

Al salir de la cueva uno siente el sol como si fuera un látigo en los ojos. Y el ‘espeleólogo’ de ocasión se ve asaltado, en el buen sentido de la palabra, por las preguntas de algún lugareño. Un hombre de unos 80 años, vecino de Castañar de Ibor, me pregunta: “¿Es bonita la cueva?”. Lo hace con ojos soñadores, algo acuosos, casi infantiles. Él no ha podido ver ni podrá ver nunca la joya que encierra el subsuelo de su pueblo. Han pasado 10 años y todavía no he olvidado aquella mirada.

LAGOS3 CASTAÑAR

Fotografía del interior de la cueva, tomada de la página de la oficina de turismo de Guadalupe.

 Publicado: 19 agosto 2014