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Nosotroh loh del sur: contra el acentismo

Antonio María Castaño acaba de publicar en la Editora Regional de Extremadura el libro Nosotroh loh del sur: contra el acentismo, dentro de la colección Perspectivas, que crece con interesantes y diversas propuestas ensayísticas. Antonio M. Castaño (Almendralejo, 1958) ejerció como catedrático de Lengua y Literatura en el IES Castelar de Badajoz, donde ha transmitido sus inquietudes y su amor por el conocimiento de la lengua y la literatura a muchas generaciones de estudiantes. Es doctor y especialista en toponimia y ha publicado distintos libros sobre el tema como Los nombres de La Serena (1998), Los nombres de Extremadura (2004) y Nombres de frontera (2004), así como ha participado en otras obras de carácter colectivo. En los últimos años ha orientado sus investigaciones a la relación entre lengua y sociedad, y La Moderna Ediciones le publicó Por un lenguaje igualitario. Sexismo y paridad en las lenguas romances, un ensayo que estudia cómo los usos del femenino en las instituciones son una conquista de la democracia y del espacio público por la mujer.

Telecarne Bernal Plasencia

En Nosotroh loh del sur: contra el acentismo hace una defensa razonada e inteligente del uso normalizado de los acentos meridionales frente a los acentos septentrionales en todo tipo de actos de comunicación. El acentismo o glotofobia se refieren al rechazo, desprecio o discriminación hacia las personas que hablan una variedad de una lengua que se considera incorrecta o de un estatus menor, aunque lingüísticamente no exista justificación alguna. Estos conceptos se sitúan en el ámbito de la diglosia.

En el caso del español, las variedades meridionales que comprenden el extremeño, el murciano, el andaluz y el canario (el manchego suele quedar en tierra de nadie) comparten un rasgo fonológico definitorio que ha servido al autor para acotar el campo de estudio y el enfoque de la argumentación del libro, se trata de la aspiración o debilitamiento de la s implosiva, la s a final de sílaba que representa una marca distinta y común a todos los acentos meridionales.

Esta marca distinta la reconoce como chibolete, una palabra que podría traducirse como un “santo y seña” que establece una frontera. El término proviene del hebreo Sibolet y ya lo usó Unamuno que lo extrajo del libro de los Jueces 12:4, donde se cuenta la siguiente historia:

Entonces reunió Jefté a todos los varones de Galaad, y peleó contra Efraín; y los de Galaad derrotaron a Efraín, porque habían dicho: Vosotros sois fugitivos de Efraín, vosotros los galaaditas, en medio de Efraín y de Manasés.Y los galaaditas tomaron los vados del Jordán a los de Efraín; y aconteció que cuando decían los fugitivos de Efraín: Quiero pasar, los de Galaad les preguntaban: ¿Eres tú efrateo? Si él respondía: No, entonces le decían: Ahora, pues, di Shibolet. Y él decía Sibolet; porque no podía pronunciarlo correctamente. Entonces le echaban mano, y le degollaban junto a los vados del Jordán. Y murieron entonces de los de Efraín cuarenta y dos mil.

Esta historia bíblica muestra, dentro de sus números hiperbólicos, cómo la imposibilidad de pronunciar un sonido puede diferenciar a una comunidad frente a otra, aunque no exista ninguna otra diferencia física.  Como este caso, a lo largo de la Historia, se han dado otros como la guerra del Perejil en la República Dominicana, tristemente con las mismas intenciones aviesas.

Antonio María Castaño Fernández, autor de Nosotroh loh del sur:contra el acentismo

Estudia Antonio M. Castaño, basándose en testimonios recogidos en diferentes medios y fuentes, cómo las curvas tonales o los rasgos de pronunciación suponen un conflicto para los individuos que pueden llegar a sufrir problemas laborales, de integración y, por supuesto, de identidad, tanto lingüística como social. Ante esta presión ambiental, que hunde sus raíces en una tradición de prestigio de una determinada forma de hablar y en muchas de las formas del poder establecido, los hablantes suelen tender a camuflar su acento natural, en aras de mimetizarse con el entorno o a forzar una acentuación falsa, afectada y repleta de hipercorrecciones que acaban por causar el efecto contrario.

Cuenta el autor que en Inglaterra, pues no es un fenómeno exclusivo del territorio español, existen escuelas para desaprender el acento. En este sentido, es conocido de todos cómo en los canales televisivos se tiende a un uso neutro y redondo del castellano y que en muchos casos se han corregido (no sé si por voluntad propia) las curvas tonales divergentes. Sin duda el tema resulta de interesante actualidad, porque afecta a nuestra realidad social y a nuestra consciencia como hablantes. Al fin y al cabo, la lengua sirve, en primer lugar, para relacionarnos unos con otros y es nuestra primera carta de presentación.

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Antonio no solo ha usado bibliografía especializada sino que lanzó una encuesta a estudiantes de bachillerato y filología de tres ciudades: Salamanca, Badajoz y Córdoba. Las respuestas están llenas de paradojas y contrasentidos, especialmente entre los entrevistados meridionales. Los estudiantes de Salamanca, por ejemplo, sienten que no tienen acento. Los cordobeses y pacenses están muy orgullosos de su forma de hablar, pero algunos piensan que lo hacen mal u otros dicen que lo cambian (hacia la forma de prestigio, es decir, a poner s) si hablan con una persona importante como un profesor (sic). El castellano septentrional o, más bien, el del centro de la Meseta es la variedad de prestigio y el hablante meridional siente esa diferencia.

El autor también ha estudiado qué ocurre en Extremadura con los periodistas, con los políticos y con el mundo académico. Y observa también distintos comportamientos en el uso de la lengua en función de la situación o el contexto. Está claro, y les invito a leer sus conclusiones, que la forma de prestigio del castellano también les afecta y así un presentador que pudiera proceder de Guareña se expresa como un hablante de Valladolid cuando se dirige a la cámara.

Nosotroh loh del sur: contra el acentismo es un libro muy bien escrito, con una vocación expositiva que presenta, a su vez, una defensa legítima del uso de los acentos meridionales, con su riqueza y diversidad, en todos los ámbitos, y pide el mismo estatus que poseen, con toda su riqueza y diversidad, los septentrionales. Piensa el autor, no obstante, que en las últimas décadas se han reducido los prejuicios y que hay signos de que nos encaminamos a una convivencia sin desniveles entre las distintas modalidades lingüísticas.

El libro finaliza con una reflexión sobre la neolengua Estremeñu que se está prodigando última y melancólicamente. No dejen de leerla. 

Texto de Felipe Rodíguez Pérez

Publicado en abril de 2026

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