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Santiago Méndez, En la Duna Blanca

La Duna Blanca de Dajla (antigua Villa Cisneros) es una maravilla de la geografía que se encuentra en el Sahara Occidental, muy cerca de la frontera de Mauritania. Esta enorme duna de arena fina y perlada sorprende a los visitantes que llegan desde el desierto pedregoso y se encuentran con un paisaje de ensueño. Yo desconocía este lugar y solo puedo decir que únicamente he visto fotos y vídeos en youtube, pero me he imaginado a mí mismo recorriendo la loma de la gran duna de arenas blanquísimas mientras esta se adentra en las aguas secretamente caribeñas de un océano Atlántico calmo y sereno.

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El conocimiento de este accidente geográfico -que ha avivado un viaje imaginario y placentero desde el salón de mi casa- no ha surgido por la lectura de un libro de viajes sino por la lectura de un excelente libro de poemas titulado En la Duna Blanca, escrito por Santiago Méndez y publicado el pasado otoño por la editorial granadina Aliar. No hace mucho que había estado en la presentación de una novela suya, La muerte y los silencios, una narración policíaca que me gustó mucho, que está bien construida, que tiene unos protagonistas consistentes y que atrapa al lector con sus giros inesperados. De hecho, estamos esperando ya una continuación de este autor pacense, aunque nacido en Tetuán, que ha dedicado su vida a la docencia del francés y a la abogacía. Sin embargo, no me ha sorprendido que, mientras tanto, Santiago Méndez, persona culta y amante de las sutilezas de la palabra, haya publicado En la Duna Blanca.

En este libro predominan los temas universales: el amor, el paso del tiempo, el olvido, la muerte y un paisaje marroquí que más que un escenario o un lugar es un estado emocional contemplativo y sujeto por la contención.

El libro se divide en tres partes – las dos últimas introducidas por una cita del sabio sufí Ibn Arabí y por otra de Ángel Gonzalez -, aunque en conjunto hay un eje emocional sobre el que giran todos los poemas, la huella que ha dejado la muerte de una persona amada y el afán por reconstruir el sentido de la vida tras este episodio desolador.

Leí el libro una de estas tardes invernales, tranquilamente, y (creo) conecté con los pensamientos y las emociones de una voz lírica que nos transmite sosiego y aceptación, verdadero amor, como en el poema Caricia silente (fragmento)

Cuando llegues

y yo duerma

enseñoréate

de los campos

de leche y miel,

dame a beber

agua de los ríos,

cuatro, que gozas

sin mojar tu caftán

blanco de esperas

en la puerta amable

de la noche.

Pero Santiago Méndez es un escritor culto, que ama las palabras, y el libro me pedía más atención y más pausa. Más lecturas, que se disfrutan gratamente, pues hay mucha delicadeza y sinceridad en los poemas de Santiago y una riqueza de elementos paisajísticos y simbólicos (jardines, arenas, noche, mar, el faro de Casablanca, canciones…) que no solo construyen el marco referencial del libro sino que armonizan el itinerario de una memoria que pugna por desvelar el sentido al presente, la necesidad de preservar el recuerdo de la persona amada y la vida vivida junto a ella.

Hay que decir que En la Duna Blanca no hay duelo desesperado, no hay desgarro, pero sí una vía que llega del territorio del dolor como una exhalación de los sentidos y del intelecto, en el que el poeta se desviste y muestra una elegante compostura lírica dentro de la aflicción. Elegía elegante, tierna, afligida y serena que recibe inspiración de un talante estoico y también de la búsqueda de la belleza. Y, en parte, de la sabiduría sufí, presentes en la cita de Ibn Arabí y en un poema dedicado a Rumí (fragmento):

Canta el sufí silencio,

el rumor de la piel,

un temblor, dulce grito

girando eterno, distante.

En el poema titulado Aves mudas -uno de mis preferidos- los colirrojos, que tienen uno de los cantos más melódicos y dulces de nuestras aves, se callan. La naturaleza siente el dolor y el orden cósmico se desmorona, la música de la creación deja de sonar. Aunque paradójicamente nos deja libros sentidos y bellos.

Callaron los colirrojos,

los vencejos no dibujaban

caligrafía aérea en el cielo.

Miraban mis ojos de arena

el paso oculto de los días

y el atardecer antes hermoso

de las aguas y cordilleras.

Enmudecieron los colirrojos,

fue refugio la rama leve

del temblor de los vencejos.

Y el universo todo, negro

tapiz que tu sangre hiela,

se abatió como Azrael,

crepitaba como hojas,

muertas bajo mis pasos.

He leído varias veces el libro En la Duna Blanca y la lectura me ha traído una ensoñación y una brisa liviana de un océano sereno e insondable. Y he pensado que esas aguas ajenas a todo se baten ahora sobre una duna tan luminosa con la que se podrían hacer todos los relojes de arena del mundo.

Texto de Felipe Rodríguez Pérez

Publicado en enero de 2026

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