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Por los Montes de Cáparra: ‘Las Pilatillas’ y ‘El Plau el Toru’ (I) (anexo Cap. VII)

Decían los antiguos labriegos de estas tierras tan quebradas que ‘pol diciembre, la tierra duermi’.  Algo muy lógico en encallecidos campesinos que eran uña y carne del entorno que les envolvía y zarandeaba, parte consustancial de la tierra que pisaban noche y día.  Eso era antes de que llegara la ola emigratoria, de que los campos se llenaran de estruendosas maquinarias, de que entrara la ‘caja tonta’ en las viviendas y de que los servicios de las tabernas que pasaban a llamarse bares tuviesen ficticios retretes, donde un cubo de plástico era el recipiente donde los hombres orinaban.  Luego, los taberneros, cada equis tiempo, entraban en el resbaloso tabuco, cogían el cubo y lo iban a vaciar en cualquier rincón de las afueras del pueblo.  Tiempos en que gañanes y pastores dormían más noches fuera de casa, en habitáculos agropastoriles, que sobre el colchón de lana, o de hojas de los millos, de las camas, en cuartos enjalbegados.  ¿A qué extrañar que, en aquel entonces, cuando la sociedad de consumo no había afilado sus garras, el hombre se hermanara con la tierra y la personificara?  Por ello, la dotaba de capacidades para dormir y estar despierta.

Vista parcial del abrigo rocoso del que se habla en la publicación, en el paraje de “Las Pilatillas”, dentro de la dehesa boyal y comunal de Aceituna.  En la foto, José Ramón Sánchez Santiago y Josafat Clemente Pérez, alcalde de Aceituna.  (Foto: F.B.G.)
Ara anepígrafa, fragmentada y de textura granítica hallada en las inmediaciones del ‘Plau el Toru’ y que se encuentra en el “Museo del Tamborilero”, en el pueblo de Aceituna.  En la imagen, Josaf Clemente y José Ramón Sánchez. (Foto: F.B.G.)

Fue el pasado 30 de diciembre, efemérides de Santa Anisia y San Exuperancio.  Ciertamente, la dehesa boyal y comunal del pueblo de Aceituna, a caballo entre el Valle del Alagón y las Tierras de Granadilla, dormía bajo esa invisible pátina invernal, que genera un paisaje congelado en el último mes del año.  Robles desnudos; una alfombra tintando levemente de un verde oscuro y agazapado la epidermis de la tierra; cremosas hojas, que crujían bajo nuestras botas en las solanas y, en las umbrías, mostraban humedades y diminutas gotas de las escarchas nocturnas; regatos que fluían parsimoniosos y todo un mundo de peñascales plutónicos, que, a veces, se erguían como colosos y celosos guardianes del aterido paisaje.  Hermosa dehesa y, además, comunal; del propio pueblo, sin malos recuerdos de aquellas dehesas cortijeras, donde los señoritos explotaban de sol a sol a los esclavizados jornaleros extremeños.  El 14 de febrero de 2017 fue declarada ‘Parque periurbano de conservación y ocio’.  Súmese a ello el Centro de Interpretación del Robledal, ubicado en la antigua casa del guarda de la dehesa.  Mucho es lo que hay que ver en estos espacios adehesados, seccionados por la carretera que conduce al pueblo de Santibáñez el Bajo.  Todo un ejemplo de área bien cuidada; limpia de matorral; con las antiguas fuentes salvaguardadas y protegidas por un cerco de moleñas, como corresponde al suelo granítico de la finca; sin áreas degradadas por la acumulación de ramajes y otras mondas o por envases plastificados, y sin rótulos toponímicos, absurdamente castellanizados, que suponen todo un agravio lingüístico para el secular habla de la zona, perteneciente al tronco astur-leonés, que estuvo antes que el castellano.  Por algo se ha ganado el título que ostenta.  Lamentablemente, el ‘cerambyx welensii’ y el ‘Prinobius germari’, dos insectos coleópteros, de la familia ‘Cerambicidae’, están haciendo de las suyas en el robledal.  Sus larvas, gordos gusanos blancos, son xilófagos, por lo que taladran y devoran la madera, apreciándose en los troncos de los árboles afectados numerosos agujeros, sobre todo en la zona con heridas y carente de corteza.  El coleóptero de la misma familia, que nosotros llamábamos ‘vaca’, debido a su color negruzco y a dos largas antenas, que semejaban diminutos y finos cuernos, prácticamente ha desaparecido de nuestras dehesas.  Nos referimos al ‘Cerambys cerdo’, que no ocasionaba semejantes daños, ya que históricamente se le asociaba a los árboles viejos y moribundos.  El amigo Apolinar Pérez Durán, ‘Poli’, agente forestal y concejal en el Ayuntamiento de Aceituna, conoce la dehesa de su pueblo con los ojos cerrados y sabe muy bien de los males que adolece.  Todo parece indicar que el departamento de Sanidad Vegetal de la Consejería de Agricultura (Junta de Extremadura), oye, pero no escucha.  Las quejas por el daño causado por los coleópteros a una dehesa que la catalogaron como ‘Parque Periurbano de Conservación y Ocio’ podría perder todo su encanto y deprimir la riqueza comunal y agropecuaria, si la enfermedad alcanza el rango de plaga, y no falta mucho para ello.

Hacia ‘Las Pilatillas’

Apolinar, “Poli”, Pérez Durán, agente forestal, gran conocedor de la dehesa de su pueblo, concejal en el Ayuntamiento de Aceituna y, como se aprecia en la foto, también tamborilero.  A él se le dedican unos párrafos en la crónica.  (Foto: F.B.G.)

Josafat Clemente Pérez, licenciado en Economía y Derecho, ejerce de profesor de Secundaria en Ciclos Formativos. ‘Canchaleru’ (así son denominados los vecinos del pueblo de Aceituna) de pura cepa, ostenta, desde hace ya muchas lunas, la vara de alcalde de tal localidad.  Las inquietudes y proyectos le bullen en la cabeza y, últimamente, trata de llevar a buen puerto las gestiones para levantar un puente de piedra, evitando impactos negativos con el entorno, sobre la Rivera del Bronco, en el paraje de ‘La Güerta de San Pedru’.  Por allí discurre un antiguo cordel de merinas, que sigue los pasos de la ‘vía vicinalis’ que unía las ciudades romanas de Cáparra y Coria.  En sus inmediaciones, hay multitud de vestigios arqueológicos, que abarcan desde depósitos paleolíticos a peñas sacras y castros de la Prehistoria Reciente, asentamientos romanos y otros de épocas tardoantiguas. Incluso, con una arruinada ermita visigoda, que con sus correspondientes ‘tierras de hermandad’, que la rodeaban, perteneció y pertenece a los comunales de Aceituna.  Por ella transcurre una importante ruta de senderismo, pero que solo es accesible en el verano, cuando se puede vadear la Ribera del Bronco por las llamadas ‘Pasaeras de San Pedru’.  Sin lugar a dudas, este puente en proyecto realzaría el valor de toda esta zona, propiciando el flujo de senderistas y otros viajeros.

Josafat apuña el volante del coche.  A bordo, las ‘canchaleras’ Mónica Antón Redondo y Puerto Pérez Pérez.  El cuarto de la lista, José Ramón Sánchez Santiago.   Lógicamente, el que suscribe estas líneas no se queda en tierra.  El vehículo penetra en la dehesa boyal.  Va sorteando conglomerados graníticos y nos deja en el paraje de ‘Las Pilatillas’.  Escuchando voces antiguas de vecinos de Aceituna, el término ‘pilatillas’ se refiere a las típicas cazoletas que aparecen insculpidas en ciertas superficies rocosas y que se adscriben mayormente a épocas prehistóricas.  En la mentada dehesa y fincas colindantes, que sepamos, hay al menos cuatro conjuntos de paneles pétreos que muestran estas perforaciones en formas de guas de diferentes tamaños, de sección semiesférica y planta circular.  Unas veces, se nos muestran solitarios, pero por regla general aparecen en grupos e incluso junto a otra simbología rupestre.  Cuando estas ‘pilatillas’ adquieren un mayor tamaño, los paisanos las llaman ‘pilatas’ y vienen a coincidir con los Pilancones, que son esas especies de ‘palanganas’ o ‘paelleras’ que se forman en las texturas rocosas, como las areniscas o el granito.   Son producto de la meteorización y otros fenómenos erosivos y suelen almacenar el agua de la lluvia.  En ocasiones, estos Pilancones han sido retocados por la mano del hombre y así lo hemos comprobado en ciertos roquedos, que pueden ser considerados como ‘sacra saxa’ (peñas sagradas), como es el caso, dentro de esta misma dehesa de la conocida por ‘Pilata de Juan Hernández’ (vid. https://planvex.es/web/2019/02/por-los-montes-de-caparra-v-la-pilata-de-juan-hdez/).

Estructuras habitacionales en el área del “Plau el Toru”, que han deparado cerámicas tardoantiguas y enterramientos de tales épocas.  (Foto: F.B.G.)

‘El Plau el Toru’

– Uno de los fragmentos de cerámicas decoradas recogido en superficie, en las inmediaciones del “Plau el Toru”.  (Foto: F.B.G.)

Caminando por las angostas sendas que forman las vacas en su trajinar diario, nos detenemos ante una de las covachas de las muchas que salpican la dehesa de Aceituna.  Son abrigos rocosos, conformados por hacinamiento de bloques berroqueños. Pese a su reducido tamaño, siempre merecen ser observados detenidamente, ya que, en ocasiones, aparecen sobre la textura granítica ciertas manchas bermellones, que podrían esconder pinturas rupestres. Difíciles de distinguir estas pinturas en unas rocas de superficie rugosa y por estar expuestas a una galopante meteorización, que genera la desagregación granular y el desprendimiento de escamas de sus componentes.  Los fenómenos erosivos y los contrastes térmicos naturales se unen al impacto de las llamas y el humo, pues no es extraño que, en aquellas covachas que reúnen condiciones para ello, los pastores, en tiempos fríos, hicieran fogatas dentro de ellas.  No obstante, si no se usa algún tipo de técnicas digitales, como el plugin ‘DStretch’ u otras aplicaciones de la realidad aumentada, es imposible ver un solo símbolo de este tipo de pinturas.  La covacha inspeccionada ha estado expuesta a una continua antropización.  Las piedras que forman un murete, ya derruido, en derredor de la entrada, ponen de manifiesto que el refugio sirvió, en sus últimas etapas, como chivitero.  Seguramente, para cobijar borregos, que es el ganado, junto con las vacas, que pastan en la finca.

Parada de la Reina 2018 Plasencia planVE Extremadura

Continúa la gira arqueológica por las inmediaciones del llamado ‘Plau del toru’.  El topónimo se corresponde a un prado bien delimitado, muy propio de todas las dehesas comunales, donde permanecían los toros sementales de la ‘boyá’ (vacada) del común en ciertas temporadas.  Todos estos prados tienen su correspondiente caseta, donde se almacenaba el ‘pastu’ (heno), para dar de comer a estos animales en el frío invierno.  Tanto en el prado que pisamos, como en sus inmediaciones, son fáciles de observar estructuras habitacionales, que también han deparado, en las remociones agrarias, algunas aras, tanto inscritas como anepígrafas.  De las inscritas, se tiene constancia porque hay testimonios palpables.  Al parecer, fueron rapiñadas por gente que busca, a veces armada con detectores de metales, todo lo que yace en el subsuelo. Un ara anepígrafa, con una moldura en su coronamiento, se custodia en el ‘Museo del Tamborilero’, dentro de una dependencia municipal.  Dentro del ‘Plau el Toru’, sobre una roca granítica se aprecia una tumba excavada, pero que, por las razones que fuesen, no se acabó de rematar.  Los fragmentos cerámicos que se observan superficialmente hay que adscribirlos, sin lugar a dudas, a épocas tardoantiguas; posiblemente visigodas.  Parece que responden a losetas decoradas, realizadas con el empleo de moldes y de pastas anaranjadas, con na excelente cocción oxidante.  El decorado no se reduce a simples digitaciones, sino que es manifiesta una mayor complejidad.

Canchal de la Resbalera”, dentro del área arqueológica  “Navalrobli/Las Pilatillas'”, dentro de la dehesa boyal y comunal de Aceituna.  Este enorme cancho, a tenor de las leyendas que le rodean y su uso ritual, se puede considerar como una “sasa sacra” (peña sagrada) (Foto: F.B.G.)

Viendo cómo la tarde va declinando, con arreboles al poniente y alguna tireta de tonos pizarrosos, nuestros pasos se van alejando hacia la ‘Laguna de los Tejares’, al pie del antiguo camino de Plasencia.  El topónimo indica la presencia de un antiguo tejar.  Estamos, pues, ante la presencia de depósitos arcillosos, que, sin lugar a dudas, surtirían de materia prima a los pobladores que, desde tiempos prehistóricos hasta nuestra época contemporánea, se asentaron en los terrenos objeto de nuestros trabajos de investigación de campo, incluido el núcleo de Aceituna, sobre cuyo nombre corre una sugerente y antigua leyenda.  Pero de ello ya iremos hablando con la reflexiva serenidad que requiere la disciplina etnoarqueológica.

Imagen superior: Tumba excavada en la roca, que no fue terminada por razones que se nos escapan, dentro del recinto del “Plau el Toru”.  En la imagen, José Ramón Sánchez Santiago, Mónica Antón Redondo, Puerto Pérez Pérez y Josafat Clemente Pérez.  (Foto: F.B.G.)

Texto de Félix Barroso para su columna A Cuerpo Gentil, las opiniones e imágenes publicadas en esta columna son responsabilidad de su autor

Publicado en enero 2026

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