El del viaje es, sin duda, uno de los motivos literarios más antiguos. De hecho, ya dijo Walter Benjamin en su célebre ensayo “El narrador” que el viejo arte de contar historias nació de los campesinos y de los marinos mercantes; de los primeros, porque conservaban la tradición, la memoria, el recuerdo de la experiencia colectiva; y de los segundos, por ser portadores de lo exótico, de noticias venidas de más allá de las escasas decenas de kilómetros cuadrados en las que transcurría la vida de la inmensa mayoría de nuestros antepasados. Lo exótico y lo endógeno se encuentran, pues, en los orígenes de ese arte de contar historias que es más antiguo que la novela y que pertenece, en gran medida, al tiempo de la oralidad, pero, curiosamente, cuando llega la era Gutenberg y el viaje se convierte en libro, yo diría que su relato nunca llega a ser tan bueno como cuando combina ambos elementos, lo lejano y lo cercano, cuando es capaz de hablar de lo remoto pero, al mismo tiempo, de hablar, por boca del viajero, de nosotros mismos, de nuestro propio viaje, algo que, a mi modo de ver, consigue Nomadeo argelino y otros exilios, por más que parta de una experiencia tan personalísima como la de su autor, Julio César Galán, dicho lo cual, y después de afirmarlo, quizá, de manera tan rotunda, me temo que se impone justificarlo y defender qué tiene de personalísima la experiencia vital que da origen a sus páginas, qué podemos encontrar en ellas que nos concierne y ―para explicar, por último, su inclusión en la colección “Viajeros y estables” de la Editora Regional de Extremadura― qué ofrece, a fin de cuentas, como libro de viajes.
Las circunstancias que empujan a Julio César Galán, escritor nacido en Cáceres en 1978 y hoy profesor de la Universidad de Extremadura, a emprender su nomadeo argelino a finales de 2010 son las de la crisis financiera que sufrimos hace algo más de quince años ―si es que en realidad hemos dejado de sufrirla― y que llevó a muchos jóvenes, alentados en buena medida por los poderes públicos ―como afirma con sarcasmo en el libro―, “a vivir una aventura en otro país (…) a salir y descubrir tierras angelicales”. De ese modo llega a Argel, a trabajar como lector de español, cuando está a punto de casarse, tras una adolescencia de punk, alcohol, drogas y desapego familiar, después de haber superado un cáncer y con la amarga sensación de haber perdido el tiempo con amistades que no merecían la pena, un contexto que hace que su viaje tenga mucho de huida, de necesidad de cortar vínculos, como pone en evidencia cuando, con motivo de sus frecuentes escapadas al desierto, cuenta casi con alivio que se marcha “sin móvil, sin ordenador, sin gente conocida”. Así, dadas esas circunstancias, en su primera parte, más que un libro de viajes, Nomadeo argelino y otros exilios es un texto sobre habitar, sobre habitar otro lugar, otra lengua, otra cultura, pero también sobre habitarse uno mismo, algo a menudo mucho más arriesgado y exótico de lo que pudiera parecer a simple vista, más aún el caso de este escritor, empeñado ―siguiendo la estela de Fernando Pessoa―, en enajenarse, en bifurcarse, en “vivirlo todo de todas las maneras” posibles. Teniendo en cuenta eso, es otro el Julio César que se zambulle como un niño en el árabe, aunque sea ―utilizando sus propias palabras― “con la conciencia del fracaso, de la vergüenza y los sinsentidos” que sufrimos de adultos, y también es otro el que, como afirma en alguna otra ocasión, sigue en parte el dictado de Montesquieu según el cual “se viaja para observar costumbres y maneras diferentes, no para criticarlas”, lo que le lleva, por ejemplo, a rezar a su manera cada mañana con “palabras retocadas del Corán” respondiendo a la imperiosa llamada del almuecín. Yo diría que Julio César Galán es otro en Argel, y eso refuerza su vocación heteronímica, el deseo de ser legión, el que, como autor, le ha llevado a firmar poemarios como El ocaso de la aurora, Tres veces luz, Márgenes, Inclinación al envés o Testigos de la utopía con nombre propio, pero también a explorar otras voces interiores, publicando los libros Gajo de sol y Para comenzar todo de nuevo como Luis Yarza; Baile de cerezas o polen germinado y Una extraña orquídea o un superviento estelar como Pablo Gaudet; e Introducción a la locura de las mariposas y Maldita épica salvaje como Jimena Alba; y lo traigo a colación porque esa vocación de escritor plural está también muy presente en este libro, en las entregas, por ejemplo, de un particular “Cuaderno de versiones” que salpican la primera parte y en las que parece impostar la voz de un poeta árabe, o en reflexiones sobre la escritura como aquella en la que dice “necesito dar cuenta de la amplitud del discurso poético y su relación con lo social: tachar la palabra y reabrirla, juntar las reescrituras y la escritura, los descartes y los posibles aciertos, el error y la claridad… El proceso es el fin: enseñar el error, mostrar las vidas posibles del poema… dar cuenta de su genética textual. El poema definitivo como ensoñación, como traducción de lo inacabado, como mero e incesante boceto, como ‘una partitura’, como punto de partida. Todo esto tendría que llevar aparejado una retórica: tachados, diferentes tipografías, esbozos, notas a pie y finales, marginalias, juego con firmas visuales, poemas dentro de poemas, palabras dentro de palabras, dobles finales, inclusión de lectocreadores, etc., etc. ¿A dónde llegaremos? ¿Dónde acabará mi país?”, un fragmento que me permito citar por extenso porque creo que encierra toda una micropoética que explica, en buena medida, parte de la poesía que, en nombre propio o en el de otros, Julio César ha cultivado durante todos estos años, y cuya pregunta final, ¿dónde acabará mi país?, se me antoja un guiño al célebre minha pátria é a língua portuguesa de ―una vez más― Fernando Pessoa, tan presente de manera más o menos velada en el libro, tanto que los apuntes que Julio César recoge a menudo en él bajo el título “De un diario algo íntimo y apócrifo” y en los que vierte su mirada enajenada sobre calles como la Rue Khelifa Boukhalfa o la Rue Hadj Pacha me recuerdan a aquellos en los que Bernardo Soares sobrevolaba la Rua dos Douradores, lo mismo que muchos otros, reflexivos y existenciales, me traen a la memoria los alumbrados e iluminadores fragmentos del Libro del desasosiego.
Hasta aquí la particularísima manera de ser y estar de Julio César Galán en este libro. Ahora tocaría justificar lo que Nomadeo argelino y otros exilios dice de nosotros, y lo que dice de nosotros me parece que tiene que ver, precisamente, con este último asunto de los heterónimos, con el hecho de que, aunque el común de los mortales no tratemos de ponerlo por escrito ni nos lleve a ensayar otras voces, todos somos multitud, en todos nosotros habita esa confederación de las almas de la que hablaba el doctor Cardoso en la novela Sostiene Pereira, múltiples yoes con los que a menudo es difícil lidiar y que nos llevan, en no pocas ocasiones, a hacer lo inesperado, pero también tiene que ver con que el que más y el que menos alberga en su interior razones para la huida, y anhela por momentos escapar al desierto “sin móvil, sin ordenador, sin gente conocida”. Es decir, todos somos complejos y contradictorios, todos sentimos en ocasiones necesidad de huir, todos nos sentimos en algún momento en tierra extraña, y eso hace que, de alguna manera, el nomadeo argelino de Julio César Galán acabe siendo también, un poco, el nuestro, y que nos reconozcamos a menudo en sus palabras, algo que nos reconforta, que nos consuela, por más que nos encontremos tan lejos de Argel y que no tengamos a mano un desierto al que escapar.
Y, hablando de Argel y del desierto, es hora de que les cuente lo más obvio, lo que Nomadeo argelino y otros exilios tiene de libro de viajes, una condición que yo diría que va ganando a medida que pasan las páginas, cuando el Julio César Galán de la experiencia argelina logra ubicarse y comienza a explorar ese nuevo territorio, comenzando por la propia capital, “una ciudad decadente, de belleza sucia y descolorida, bulliciosa en sus entrañas, en la que las grandes avenidas también llevan callejuelas, espejitos que giran tocados por el sol”, como dice en algún momento, y que, como afirma en otro, “entraría dentro del club de las ciudades decadentes como Lisboa”, de una hiperrealidad que, como opina en un tercer pasaje, “viene del alejamiento de los pliegues occidentales y de la falta de turismo”, falta de turismo que, quince años después, cuando el fenómeno se ha convertido en una auténtica plaga que amenaza con devastar ciudades, monumentos y entornos naturales, hace que se nos antoje un auténtico paraíso, un lugar deseable que es un auténtico placer recorrer en la excelente prosa ―una de esas con las que te entran ganas de salir corriendo a escribir, por cierto― de Julio César Galán, lo mismo que nos sucede con sus incursiones en el interior del país o en el desierto, que nos conducen, más que a otro espacio, a otro mundo, a otro tiempo en el que el tiempo, por fortuna, parece no tener medida, logrando de ese modo ―yo diría que sobradamente― lo que cabe esperar de la lectura de un libro de viajes, conocer, vivir casi, por boca del narrador, otros lugares, otras costumbres, otra cultura.
“Hay exilios que tienen pequeños regresos”, dice el autor en un pasaje del libro, para añadir unas líneas más adelante “nos vamos desterrando de nuestro desarraigo para encontrar la propia patria”, una doble cita que saco por último a relucir como una invitación a leer este Nomadeo argelino y otros exilios, un libro con el que desterrarse, en el que perderse, con el que enajenarse junto a Julio César Galán, en el que, extrañamente, tal vez nos reconozcamos y que quizá nos ayude, quién sabe, en nuestra personal, interminable búsqueda de una patria.
Nomadeo argelino y otros exilios
Julio César Galán
Editora Regional de Extremadura
Publicado el 28 de noviembre de 2025






