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Por los montes de Cáparra: ‘El Majail’ y el mundo de las cazoletas (XLI)

Reposadas suficientemente sus posaderas, el viajero husmea en derredor del lagunejo de ‘El Robreu’, topónimo ya perdido en los oscuros rincones de la memoria.  Aquel otro topónimo de ‘La Senserilla’ ganó la partida y prevaleció sobre estos quebrados terrenos, donde las moles graníticas se erigen, cuando el berrocal se yergue, en auténticos centinelas del paisaje.  Rematamos la crónica anterior realizando una sinopsis del lagunejo, que fue excavado en el punto concreto donde crecían algunas juncias (‘Cyperus rotundus’), señal inequívoca para el campesinado de la zona de que, en el subsuelo, se encontrarían los correspondientes veneros.  La excavación y sobre todo la ampliación del aguazal puso de manifiesto masas cuarcíticas, de grano fino, muy solicitadas por nuestros antepasados prehistóricos para elaborar su infinidad de artefactos líticos.  A nada que olfatee el viajero la redondez de la gran charca, seguro que topará con alguna pequeña lasca, fruto de las tallas y retallas.  El yacimiento metamórfico fue aprovechado al máximo, como es frecuente observar en otros afloramientos cuarcíticos de nuestra zona de estudio.  Nos ha aportado un magnífico ejemplar de bifaz lanceolado, de magnífica simetría debido al retoque por ambas caras y capa cremosa.  Bien creemos que hay que enclavarlo en una etapa musteriense de tradición achelense.  Toda una navaja suiza de la prehistoria, con muchos miles de años a sus espaldas.   Le acompañan otras herramientas bifaciales, pero con menor simetría y regularidad, fabricadas seguramente utilizando la técnica bipolar de percusión apoyada.  Podríamos hablar de núcleos de lascas o de preformas líticas destinadas a un sinfín de utensilios.   Pero no compliquemos la vida a nuestro viajero, que para ello están las revistas especializadas, realmente infumables en muchos casos para los que no andan metidos en tales laberintos.  

Plataforma granítica con un puñado de cazoletas en el paraje de “El Majaíl”. Medio camuflado entre las peñas, el perro “Salvi”, al que se lo tragó la tierra un caluroso 28 de junio de 2019. (Foto: F.B.G.)
Magnífico ejemplar de bifaz lanceolado, con perfecta simetría, recogido entre el mucho material lítico del lagunejo del paraje de “La Senserila”.  (Foto: F.B.G.)

Tomando la senda trazada en la finca del lagunejo, en dirección hacia el poniente, donde se encuentra la cancela de salida, el viajero se topa con un cruce de callejas.  Como se le suponen, después de lo que lleva andando, piernas muy ágiles para saltar por las paredes, realizadas a piedra seca y que delimitan estas pequeñas fincas donde pastan vacas de carne; hoy de distintas capas, ya que la raza autóctona, austera y adaptada al terreno, como era la ‘vaca morucha’, solo es historia.   Deberá franquear el viajero la pared, por el sitio que considere más idóneo, del primer ‘cercau’ o ‘cierru’ (así se denominan tal tipo de fincas) que se halla en la calleja de en frente, a mano izquierda.  Salvado el obstáculo, se encontrará en el pago de ‘El Majail’.  Mucho cancho y mucha encina, y un bosquete de piruétanos.  El topónimo ‘majail’ deberá buscar sus fuentes en el término latino ‘maculata’, con el significado de redil o lugar para encerrar el ganado; o sea, una majada.  Un conjunto de ellas conformaría un ‘majail’, en la variante dialectal de la zona.    

Material lítico del lagunejo del paraje de “La Senserilla”: pieza cuarcítica facetada por el método “Levallois” y otras más pequeñas de cuarzo lechoso.  (Foto: F.B.G.)

Motivos rupestres

 Dos morteros laboreados en un cancho granítico en el complejo prehistórico del paraje de “El Majaíl “.  (Foto: F.B.G.)

Debe el curioso viajero atravesar un bosquete de piruétanos y caminar hacia la parte más alta de la finca.  A escasos metros de la pared que la delimita por su parte noroeste, aguzará sus pupilas y seguramente acertará, en el conglomerado rocoso que tiene enfrente, con diversos motivos rupestres.  En tiempos invernales, con mucha humedad, se camuflarán entre los muchos musgos (‘amojus’ les dicen los lugareños) que aparecen por doquier.  Peñas con plataformas donde asoman las polémicas cazoletas.  Y decimos ‘polémicas’, porque estas especies de guas, más grandes o más pequeños, han tenido, y lo siguen, infinidad de lecturas en los mundos de la investigación arqueológica.  Solo con citar los epígrafes y sus respectivos autores llenaríamos un voluminoso diccionario enciclopédico.  Ya lo advierte, por citar uno ejemplo entre millares, nuestro buen amigo Antonio González Cordero, quien, junto con Rosa Barroso Bermejo, escriben en ‘Norba’ (Revista de Historia.  Vol. 16, 1996-2003) lo siguiente sobre las tan traídas y llevadas cazoletas: ‘son pruebas de una capacidad de pervivencia por encima de cualquier otra grafía, lo que, unido a su condición polisémica, las convierte en uno de los signos más difíciles de comprender en el intrincado mundo de los grabados rupestres’.  En uno de los paneles, una canaleta, perfectamente labrada en el roquedo, parte del conjunto de cazoletas y se desliza hacia abajo.  Da la impresión que algún tipo de ritual, llevado a cabo sobre tal plataforma, llevaría aparejado el derrame de líquidos que, tras colmar estos pequeños hoyuelos, se derivase a través de dicha canaleta.  ¿Rituales acuáticos que propiciaban que el agua discurriese y se convirtiera en transportadora de mensajes que, a día de hoy, nos siguen siendo indescifrables?  ¿Disposición de cazoletas de acuerdo con la conformación de ciertos grupos estelares?  Puestos a elucubrar, hay para dar y tomar.  Pero no son elucubraciones los fragmentos cerámicos, que nos hemos encontrado más de una vez y de una larga docena, asociados a las cazoletas.  La inmensa mayoría de factura que va de un neolítico tardío a un calcolítico pleno.  Otras, las menos, pertenecientes a prehistorias más recientes y a etapas históricas.  Tampoco son elucubraciones los relatos que, de manera sucinta, exponemos a continuación.

Toda una enorme “palangana”, claramente cincelada por la mano del hombre en lo alto del batolito berroqueño, dentro del complejo prehistórico de “El Majaíl”. La diferencia es ostensible respecto a los típicos pilancones producidos en las masas graníticas por la meteorización. (Foto. F.B.G.).
El perro al que se lo tragó la tierra encaramado en un espigado risco, que esconde, entre sus escamosos líquenes y musgos más de una docena de cazoletas. Paraje de “La Senserilla”.  ¿Hablamos de un menhir?  (Foto: F.B.G.)

Siendo muchachos, me viene a la memoria un pequeño roquedo de pizarra ferruginosa, ubicado al lado del camino que conducía al profundo valle del paraje de ‘Valdelagares’, por el que discurría el arroyo de ‘Las Clavellinas’ o de ‘La Juenti’, cuyas aguas permitían moler la aceituna de los lagares de ‘La Juenti’; de ‘Los Caletríus’, levantado en el siglo XVIII junto al ‘Molinu del Cubu’, de origen medieval, y del ‘Lagal Nuevu’.  Después de juntarse tal arroyo con aquel otro denominado ‘El Pizarrosu’, en el sitio de ‘La Junta los Arroyus’, las aguas arribaban al ‘Lagal de Vicariu’, llamado así porque, en sus inicios era propiedad de la Iglesia, siendo administradas sus ganancias por los dos curas párrocos que había en el pueblo.  También hubo otro lagar, pero no movido por la fuerza hidráulica, sino por caballerías, dentro del casco urbano, en la ‘Calleja del Espechín’ (alpechín: líquido que sueltan las aceitunas al ser molturadas); pero de esta almazara no queda en pie ni una piedra.  Tiempos en que las parroquias de nuestras villas y lugares se erigían en los mayores hacendados de la población, tanto en tierras como en ganados.  De aquí que hasta pequeños lugares contaran con dos curas párrocos.  En la época de la molienda de las aceitunas, al salir de escuela por las tardes, los chavales bajábamos con una gran rebanada de pan hacia los lagares, ya que nuestros padres eran miembros de alguna de las sociedades de los diferentes lagares, como el resto de vecinos.  Corríamoscomo caballos desbocados a que los lagareros nos empaparan la rebanada de pan con el aceite de ‘las cabezas’, que decían que era el mejor de todos.  Y con la rebanada en la mano nos íbamos a jugar en los ‘bochis’ (hoyuelos) del roquedo pizarroso.

Antigua “zajurda” (cochinera”, construida a piedra seca y con falsa bóveda, al sitio de “El Majaíl”.  (Foto: F.B.G.).

     Llevábamos en nuestros bolsillos toda una gavilla de ‘santus’, que venían a ser viejas cajas de cerillas, desarticuladas y abiertas de par en par.  Luego, las prensábamos para que se quedase el cartón completamente plano y tieso.  Formábamos verdaderas colecciones con ellas, ya que venían ilustradas de muchas maneras: animales, banderas, futbolistas, monumentos, flores…  Llegábamos al lado del risco y, cogiendo un montón de piedrecillas, apostábamos tantos o cuantos ‘santus’ por encestar más o menos piedrecillas en los hoyuelos, que, más tarde, siendo estudiantes, entenderíamos que tales guas no eran sino cazoletas, de posible factura prehistórica.  Otras veces empleábamos los ‘bolindris’ (canicas), que incluso nos los fabricábamos de forma artesanal, cogiendo arcilla de buena calidad en los barrancos de la ‘Laguna del Tejal’.  Elaborábamos pequeñas bolitas, que después cocíamos en artesanales hornos que construíamos nosotros mismos, aprovechando los nidos de los abejarucos en los terraplenes y ribazos de los arroyos.  Éramos zagales totalmente integrados en nuestro entorno, en contacto permanente con la naturaleza y nos divertíamos en nuestros ratos libres liberando nuestro ingenio y aprovechando lo que el medio nos proporcionaba.  No necesitábamos teléfonos móviles, ni tablets ni otras andróminas telemáticas, que, a veces, se convierten en auténticos engendros diabólicos, fruto de una aviesa modernidad que aliena al individuo con su machacona y asfixiante sociedad de consumo.

Viejo “muru” (chozo pastoril a piedra seca y de falsa cúpula), entre el berrocal de “El Majaíl”.  (Foto:  F.B.G.)

Foto de encabezamiento: Lagunejo del paraje de “La Senserilla”.  Utillaje lítico y prehistórico, de factura musteriense con tradición achelense sobre un cancho.  Día de lluvia.  20 de enero de 2019.  (Foto: F.B.G.)

Texto de Félix Barroso para su columna A Cuerpo Gentil, las opiniones e imágenes publicadas en esta columna son responsabilidad de su autor

Publicado en noviembre de 2025

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