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La insistencia, de Jordi Doce: los perfiles de la sombra

Decía Jaime Gil de Biedma que el poema funciona en ocasiones como un instrumento a través del cual “autor y lector, cada uno por separado, […] entran en comunicación consigo mismos” y que la escritura no es solo una causa, sino también aquello que “orienta y conforma la emoción”. Todo esto late en el núcleo de La insistencia (Pre-Textos, 2025), el último libro de Jordi Doce (Gijón, 1967), que se une al —a mi juicio imprescindible— corpus de cuadernos de campo del autor. La insistencia se nos presenta aquí como la insistencia de las cosas, la de una oscuridad que no cede, o la del propio autor que resiste tomándole el pulso al relámpago, como la “urraca ladrona […] que, incapaz de comerse lo que brilla, lo junta, lo atesora” —siquiera su brillo sea terrible—. La cita de Hannah Arendt que abre el libro es tan áspera como esclarecedora: el ser humano, para “interrumpir la macabra procesión de la muerte”, tiene la facultad de “comenzar algo nuevo” pues “a pesar de su mortalidad, no ha nacido para morir, sino para comenzar una y otra vez”. Y es que el dolor y el duelo —macabra procesión— sobrevuelan sin descanso estas páginas —que comienzan una y otra vez—. Pero dicho sufrimiento comparece de un modo sutil, quizá más íntimo. Parece ser, sí, el lugar desde el que se escribe, pero no la totalidad o el centro mismo de la escritura. Tanto es así que el lector ajeno a la obra de Doce podría incluso transitar el libro sin conocer esta “clave privada” y únicamente a través de la dedicatoria final —a la memoria de la poeta Marta Agudo (1971-2023)— comprender en retrospectiva lo que ha ido resonando durante su lectura. En palabras de Doce: “otros saldrán de estas páginas sintiéndose mejor, más seguros, arropados por mi desnudez y mi desconcierto”. Porque en La insistencia el duelo está en los espacios tanto como en las palabras. Aparece cuando entendemos que, entre fragmento y fragmento, el autor se ha levantado de su mesa de trabajo. Lo apreciamos en lo comprimido de los textos que componen el libro, que nos dan medida de su urgencia frente a otros cuadernos misceláneos del autor, donde vemos una coexistencia con reflexiones más extensas —tenemos el ejemplo en su anterior entrega: Todo esto será tuyo (Pre-Textos, 2021)—. De este modo, la brevedad se vuelve aquí significativa. Son así fragmentos que de tan apretados son nudos, frases casi escamoteadas al tiempo por aquel que, “experto en comienzos”, “cada mañana desmonta las piezas de sí mismo” y siempre lleva “encima [su] cuota de noche en una faltriquera, como quien espera encontrar buena tierra para la siembra”. Fragmentos que nacen de la mirada de alguien al que “vivir en la cuerda floja lo ha vuelto rígido” y que parte —nótense aquí las diferentes acepciones de la palabra partir— para hacer saltar las astillas destinadas a esa “siembra”. Piezas, fragmentos, astillas que, al articularse, acaban por construir algo parecido a una bóveda con un óculo: no hay clave, o más bien, hay varias claves que trabajan juntas para sostener el vacío. Un vacío que permite al lector contemplar la luz, pero a través del cual entran también lluvia y arena. En este sentido, en La insistencia comprobamos, al igual que sucede en el Musée des Beaux Arts de Auden —mencionado en la página 111—, cómo el sufrimiento ocurre siempre junto a lo cotidiano, y quizá por eso mismo pronto vemos que los hallazgos de este “libro negro”, brillantes, luminosos, con un punto de juego lúcido a pesar del trasfondo, han supuesto para Doce una línea de vida, ese “faro que parpadea sobre la opacidad del mar”. Porque aquí están muy presentes la “casa tomada” y los “futuros malogrados”, sí, pero no sólo: también comparecen los problemas acuciantes del tardocapitalismo, la vida socioliteraria y su muestrario de “santos”, o la palabra concebida como instrumento para una religiosidad propia —convoca el asturiano frescos, arcas, multiplicaciones y ballenas, entre otros—.

En definitiva, “bajo un sol de justicia”, Jordi Doce toma el tizón de la palabra y va trazando los perfiles de su sombra. Y lo hace con la dedicación de un artesano: en diferentes momentos del día, en diferentes estaciones, con distinta luz y distintos ángulos, perfila sombras alargadas a punto de entrar en la noche, o sombras cortas que casi se confunden con uno mismo. Y así, perfil a perfil nos ofrece un cúmulo de dibujos —y qué mejor paralelismo que el Desnudo bajando una escalera de Duchamp— que sirven no tanto para hablar del movimiento o buscar ningún retrato, sino para explicar con sus propias sombras la naturaleza de la luz. Una luz que no deja de ser la nuestra. Porque, tal vez, todo se reduzca a eso: saber que “estamos incompletos, pero sólo cabe aspirar a ser lo que somos ahora, en este instante, siempre”. Y sólo entonces “caemos en la cuenta, / y nos incorporamos con el canto”. Incluso desde el dolor y sus morrenas, fragmento a fragmento —y no hay mayor verdad que lo discontinuo—, Jordi Doce nos dice en La insistencia que “se puede crear sin alzar la voz. O hasta en silencio. Escuchen si no.”

Colaboración especial de Francisco Fuentes, sobre el libro La Insistencia de Jordi Doce.

Publicado en noviembre de 2025

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