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Todo sobre mi padre

Está en auge desde hace algunos años una modalidad narrativa, la así llamada autoficción, que consiste a grandes rasgos en hablar de uno mismo utilizando los mecanismos de la novela. No se trata solo, me temo, de novelar la autobiografía, sino de ir un paso más allá, de desdoblarse, convertirse en personaje y crear un yo narrativo que pueda identificarse con el que escribe ma non troppo, es decir, no del todo, con la salvaguarda de que algunas cosas puedan no ser del todo ciertas pero sin desarmar por ello ―aunque pueda parecer contradictorio― un pacto narrativo que pretende que lo que se cuenta pueda considerarse a todos los efectos ―sea lo que sea eso― como la verdad. A este respecto se me vienen a la cabeza tres ejemplos más o menos recientes que son, además, ejemplos de narrativa femenina joven contemporánea, como Feria, de Ana Iris Simón, Panza de burro, de Andrea Abreu o Vozdevieja, de Elisa Victoria. Además, dentro de este género o subgénero, de un tiempo a esta parte han comenzado a proliferar también libros que yo he incluido alguna vez en una categoría que, jugando con el título de una de las películas más célebres de Almodóvar, decidí llamar todo sobre mis padres, títulos en los que los protagonistas son los padres del autor, con historias narradas desde la perspectiva en primera persona de la hija o el hijo en las que se habla sobre todo de la relación entre ellos, entre descendientes y progenitores, en positivo o en negativo o desde ambos puntos de vista, subrayando en qué medida esa relación ha determinado la forma de ser, la condición vital de quien nos habla, un subgénero este último en el que yo siempre destaco como ejemplo libros como Ordesa, de Manuel Vilas, A corazón abierto, de Elvira Lindo, o No entres dócilmente en esa noche quieta, de Ricardo Menéndez Salmón. Pues bien, a medio camino entre la autoficción que podríamos llamar pura y ese subgénero que yo llamo todo sobre mis padres estaría, en principio, Legado, de Agustín Márquez Díaz, publicada por la editorial La Navaja Suiza.

Y, sin embargo, nada más decir esto, no me queda más remedio que contradecirme, pues aunque por el tono y la intención sincera, y por las últimas tendencias de la Literatura, yo situaría Legado en esa especie de medio camino entre la autoficción simple y la autoficción sobre los padres, falta en el libro un elemento fundamental que la aleja de esa modalidad narrativa, el yo desde el que está contada la historia, pues aunque la novela esté narrada en primera persona, el protagonista no es un Agustín Márquez de papel, sino un tipo llamado Grabiel (sic) que uno tiende a identificar con el autor por la sencilla veracidad con que está contado todo, pero que no deja de ser un personaje, lo que me hace preguntarme si con novelas como Legado no estaremos volviendo poco a poco a la ficción tradicional, género que, pese a lo que dicen, no creo que esté en absoluto agotado y que sigue sirviendo perfectamente, a través de los mecanismos que Fernando Pessoa insinuaba en su célebre “Autopsicografía” ―la que comienza diciendo que “el poeta es un fingidor”―, para hablar de la verdad y de uno mismo, incluso aunque sea en tercera persona.

La novela de Agustín, parte, pues, de esa especie de vuelta de tuerca a la autoficción que puede que tenga algo de regreso, pero también de una aparente contradicción entre el asunto y el tono de la novela que puede que esté, en buena medida, detrás de su fuerza narrativa. Para explicarlo me vais a permitir que cite el primer párrafo de la novela, un párrafo sorprendente, que me parece que engancha: “el día nueve de julio mi padre celebró mi nacimiento en una bar próximo a la oficina del Registro Civil. Su intención era la de inscribirme ese mismo día con el nombre de mi abuelo materno, Gabriel; sin embargo, la melopea le provocó una suerte de dislexia temporal que lo llevó a registrarme con el nombre de Grabiel”. Digo que engancha porque, después de leer esas líneas, enunciadas en un tono aséptico, descreído, y que relatan un hecho divertido y rocambolesco que desemboca en un individuo absurdamente llamado Grabiel, creo que a uno le entran ganas de saber más acerca del personaje, más aún cuando, un poco más abajo, lee que las principales herencias que heredó de su padre son “la anatomía despegada del lóbulo de la oreja, la habilidad irremplazable de hacer la U con la lengua” y “su hipocondría”.

Ecotahona Ambroz Plasencia

Con ese arranque plagado de ironía, lo que uno espera es un libro poco menos que desternillante, una suerte de Tristam Shandy contemporáneo en el que el personaje, con divertida apatía, se dedique a hacer mofa de su padre, de sí mismo y de sus respectivas hipocondrías, pero nada más lejos, y al mismo tiempo, más cerca de la realidad. Digo que nada más lejos porque lo que, entre bromas y veras, aprenderemos enseguida sobre la hipocondría es que no tiene nada de divertido, que es una auténtica pesadilla para quien la sufre, y sin duda para el círculo de personas que lo rodean, algo que se hace evidente, por ejemplo, cuando el protagonista de Legado dice que “los medicamentos son lo primero de lo que me ocupo al viajar; lo segundo, reservar un alojamiento que se encuentre a menos de diez minutos de un hospital” o cuando, haciendo referencia a una entrevista (apócrifa, por cierto, como ha reconocido el autor) a Matthew Perry, uno de los actores protagonistas de Friends, dice: “así me sentía yo, como si tan solo me quedaras tres neuronas, dos de ellas estuvieran continuamente de fiesta y la otra dedicada en exclusiva a la hipocondría”. Y si la hipocondría no tiene nada de divertido y las cosas que le suceden al hipocondriaco protagonista de la novela tampoco, menos aún lo tiene lo que le sucede a su padre, el otro personaje principal del libro, que, como el narrador no tarda en desvelarnos, acabará muriendo víctima del cáncer, enfermedad contra la que la familia lucha durante tiempo sin en realidad demasiadas esperanzas.

Los asuntos principales del libro, la hipocondría y la enfermedad y muerte del padre, son, por lo tanto, serios, graves, pero, aun así ―y en ese sentido la novela no traiciona, al menos en parte, las expectativas que genera el primer párrafo―, está todo tratado con un delicado sentido del humor, que provoca más ternura que sarcasmo, que, lejos de ridiculizar, ensalza, y estoy pensando en un detalle recurrente en el libro, los calcetines del padre, que tan pronto son rojos de lino, como verdes largos, como tobilleros grises con franjas moradas ―en un individuo que no es precisamente un dandi, sino más bien todo lo contrario― y que el narrador radiografía con frecuencia empleando una ironía que acaba por convertirse en caricia, y estoy pensando también, además de en los calcetines, en el propio personaje del padre, un tipo dejado, distante, comedor y bebedor, poco cuidadoso con las cosas y con la familia, que, pese al dudoso retrato inicial que se hace de él, poco a poco se va abriendo paso como auténtico héroe del relato, por su entereza al enfrentarse a la muerte, algo que se hace evidente cuando la novela dice “estaba mostrándome que morir no es una tragedia. Es una putada. Mis padres nos habían educado en la modestia, y así se estaba yendo, sin aspavientos”, una forma ejemplar de morir que, curiosamente, sirve para que el narrador supere la hipocondría y para que, de algún modo, se reconcilie con su padre.

Legado es, en resumen, una novela que sorprende y atrapa desde el principio haciendo que la leas de un tirón, que emociona desde el humor, que logra conmover desde una aparente apatía y que demuestra que la capacidad para transmitir verdad y sentimientos no depende de primeras o terceras personas, de autobiografiarse, de que los hechos que se cuentan sen o no reales o de que el escritor se desdoble creando un yo de papel que pueda o no ser su fiel retrato, que basta ―que no es poco, os lo aseguro― con saber emplear bien los mecanismos narrativos de siempre, con saber dosificarlos, utilizarlos con mesura, que es lo que hace de manera ejemplar Agustín Márquez Díaz en esta, su segunda novela, que os aseguro que no ha de dejaros indiferentes.

Legado

Agustín Márquez

La Navaja Suiza

Publicado el 7 de junio de 2024

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