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Una mirada sobre el arte y el tiempo

Me gustan los libros difíciles de resumir, las novelas que no se dejan encerrar en la brevedad de una sinopsis o los libros de poesía que no sabes muy bien de lo que tratan y que te cuesta trabajo explicar, y no porque sean oscuros, sino porque sus senderos, como los del célebre jardín de Borges, no dejan de bifurcarse haciendo que nunca acabes de saber del todo dónde te llevan. Me gustan porque muchas veces son los que más cuentan ‒en más de un sentido de la palabra‒ y porque suele coincidir, además, con que plantean más preguntas que respuestas, que es una de las cosas que, por lo general, uno espera siempre de un buen libro.

En este sentido, Exposición temporal, el libro de Antonio Rivero Machina publicado recintemente por la editorial RIL, que tan excelente labor esta haciendo en los últimos años dando a conocer a autores extremeños, es un caso interesante, ya que juega al despiste, pues el título y ese marco vacío, torcido, que vemos colgado en la portada, ese índice plagado de nombres de museos y esos poemas en los que no dejan de aparecer pintores, escultores u obras de arte sugieren una dirección, un asunto concreto, y hacen pensar que va a ser fácil de acotar el objeto de sus versos, cuando la realidad es muy distinta y no tardas en descubrir que no dejan de sobrepasar el estricto marco que adorna la portada. Ateniéndonos, como punto de partida, al título y a esos otros elementos que acabo de mencionar, es cierto que en el libro hay mucho de exposición, entendido en sentido amplio, incluyendo en él todo aquello que, de un modo u otro, se expone y se nos invita a visitar como digno de admiración y de respeto, y me refiero a museos, monumentos, ciudades, obras de arte o restos arqueológicos. A ese respecto, los versos del poema “Museo de Arte Abstracto” que dicen “casi pudiera decirse que un cuadro / no comienza a ser un cuadro / hasta que se cuelga” resultan reveladores, y contienen una muestra de la sutil ironía que atraviesa el libro, pues sugieren ‒al menos, así lo entiendo yo‒ que lo que inmensa mayoría consideramos arte es aquello que se exhibe, aquello que se nos muestra, aquello que alguien, en definitiva, nos señala subrayándolo como tal, y que solo entonces acudimos en masa a admirarlo, a disfrutarlo, para regocijarnos diciéndonos cuánta razón tenían y qué bien hemos hecho en venir a contemplarlo. Porque el lado crítico de lo que el libro contiene de ‒digamos‒ exposición apunta sobre todo en ese sentido, hacia el ciego movimiento en masa a lugares considerados dignos de ver que es el turismo, al que Antonio Rivero dedica varios poemas notablemente ácidos, que lo denuncian como actividad torpe y fungible, como sucede en “Free Tour”, en “Itinerario recomendado” ‒que se abre y cierra con dos versos contundentes: “Hay una forma correcta de hacer las cosas / (…) Nadie comprende esto mejor que el turista”‒ o, de manera quizá no tan evidente, en el primer poema del libro, “Museo de Historia Natural”. Además, sobre la falta de sentido crítico con la que, por lo general, nos movemos en esos ámbitos trata también el poema “Veronese”, en el que la multitud atiende, obnubilada, en la sala de un museo a una serie de cuadros, tal vez los que aparezcan señalados en una guía o en un folleto de piezas imprescindibles, dejando a sus espaldas, ignorado, uno probablemente magnífico de Veronese al que solo un visitante, vuelto de espaldas al resto, presta atención. Pero la crítica de Antonio no se limita a, digamos, los espectadores de las obras de arte, sino que también se extiende en ocasiones a los propios espacios, como cuando en “Obra en restauración” dice con no poco sarcasmo “las normas de uso de esta institución / son claras: / continúe / siga adelante, / porque en los museos nadie se detiene”, o cuando, en lo que parece casi un microrrelato de humor, “La puerta de Ishtar”, nos dice que si atravesamos, en el Museo de Pérgamo en Berlín, la célebre puerta babilónica, no nos encontraremos a Marduk, Ciro o Nabucodonosor, sino que, por el contrario ‒y cito literalmente‒, “si osas trasponer la derrota / de estos goznes deshojados, / la ira de una vigilante de sala / aguerrida y menopáusica será, / acaso, el mayor peligro / al que te enfrentes, / una foto / sin flash, / tu atrevida / y desesperada ofrenda”.

Todo eso por lo que respecta, a grandes rasgos, al sustantivo que da título al libro, pues la exposición, además, es temporal, y el tiempo sería el otro gran elemento en torno al que gravitan sus poemas, aunque el tópico no es, en este caso, el paso del tiempo desde el punto de vista de un individuo, sino la historia, el paso del tiempo para la humanidad, en la medida en que si de algo nos hablan muchos de los monumentos y piezas de museo que nos muestra en sus poemas es de lo que somos y hemos sido como especie. Y en este caso el tono es de una cierta pesadumbre, pues aunque es cierto que el pasado, y más en el caso de las obras de arte (por lo que tienen de contemplación de la belleza), puede tener un efecto consolador, balsámico ‒“todos los rostros del pasado, difusos, bellos, han venido / con su pureza o su maldad / a liberarme de la tristeza de esta tarde”, dice Francisco Brines en la cita que abre el libro de Antonio‒, en otros casos la balanza entre el bien y el mal, entre lo bello y lo horrendo que hay en nuestra condición se inclina del lado oscuro, como bien señalan los últimos versos del poema “Civilización o barbarie”, cuando afirma que “nuestra es la pirámide, la cúpula, el campanario y el alminar, el jardín / y la pagoda, / porque nuestro, también, / fue el látigo”, una verdad que muchas veces tratamos de ignorar, algo que el poeta pone de manifiesto en “Museo de los horrores” cuando, recuperando la ironía, ante lo que parece una colección de herrumbrosos instrumentos de tortura, dice “que lo de ahora es otra cosa, / que la esclavitud y la tortura son ya piezas / de museo que no, / que ya no / somos tan horribles como antes”.

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Es entonces cuando el libro, sin abandonar nunca del todo esa especie de paseo museístico que tiene como leitmotiv, incluye también, más que entre líneas, entre versos, la denuncia social y política, cuando se vuelve discretamente indignado, y, así, el poema “Aves” nos habla de inmigración, “Free Tour”, de la precariedad laboral, “April Fool’s Day”, en buena medida, sobre la posverdad y “Geopolítica”, al hilo de la biografía de Paul Celan, sobre el absurdo de las fronteras, ese asunto, por desgracia, tan de actualidad últimamente con guerras como las de Ucrania o Palestina.

Y supongo que lo dicho tampoco agota los asuntos que aborda Exposición temporal, pues por ahí hay algún que otro poema de amor o desamor, algún que otro homenaje a grandes artistas, algún que otro juego con los mitos clásicos, por ahí andan perros, vacas, por ahí andan Gibraltar o el célebre Barrio Rojo de Ámsterdam, en poemas, por lo general, con un ligero toque de amargura, escritos con un ritmo pausado, en un lenguaje coloquial con el que de vez en cuando construye imágenes poderosas, como cuando se refiere a un crómlech diciendo que es un “nido a ras de cielo / donde reposa el tiempo” o describe la abadía del monte Saint-Michel como la lanza del arcángel San Miguel hundiéndose en el dragón, en un poemario bien tramado, crítico con nuestra forma superficial de ver el mundo y nuestra historia, que pone en cuestión nuestro carácter civilizado y marcado, en buena medida, por una cierta saudade, pues, como afirman los últimos versos del último poema del libro, “Museo arqueológico”, “esto no va de lo que fuimos / sino de lo que dejamos de ser”.

Exposición temporal

Antonio Rivero Machina

RIL Editores

Publicado en marzo de 2024

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