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Oleus

La literatura puede ser muchas cosas. No sé si hay alguien que tenga claro lo que es o para qué sirve. Imagino que cada tiempo tiene sus propias respuestas para estas cuestiones. A mí me gusta pensar que mantiene cierta avenencia con el pensamiento, siendo una forma de explicarnos los unos a los otros el mundo y también de consolarnos. Y a veces siento que pertenece al espíritu de lo frágil. No sé, son cosas que se me pasan por la cabeza cuando no tengo un libro delante, pues entonces simplemente leo, disfruto, me concentro o me evado por los amplios corredores de la imaginación.

A menudo intento hablar en mis clases de estos temas, y con un cierto grado de vehemencia pedagógica les insisto, a mis pobres alumnos, sobre la importancia de leer. Y lo hacemos, en voz alta. Ahora andamos maltratando a Bécquer. Los tiempos han cambiado, se han reguetoneado y el mundo emocional es una sima oscura por la que no resbalan los anhelos románticos ni los versos de los autores del 27. Si bien, pienso, algo calará. Este tipo de combate de guerrillas lo llevamos a cabo muchos profesores de literatura, pese a las liturgias de lo útil y pese a las insondables competencias académicas. El camino es complejo y con frecuencia se cierne sobre nuestras cabezas el extravío o la frustración.

Pero hay lugares en los que habita la chispa del fuego primigenio, en los que de repente un momento casual se convierte en un punto de partida para recobrar el aliento y volver a las tareas diarias renovado y optimista. Hace unos días asistí, como un curioso más, a un sorprendente club de lectura que organiza la pequeña librería Merienda de Letras, en Badajoz. Una de estas librerías que le ponen músculo y garra a la promoción de la lectura entre los jóvenes, y los aún más jóvenes. Esa semana se presentaba Oleus de piel mezclada, de Beatriz Mariño, publicada por la Editora Regional. Allí estaban un grupo de chicas y chicos no mayores de 13 años, algunos de 9, si no me equivoco, que habían leído previamente esta novela para todos los públicos, y quiero decir de cualquier edad, y sobre todo para quienes sientan el aguijón de los mundos mágicos. Beatriz, junto a la también periodista del Canal Extremadura Maribel Lozano, hicieron una lectura dramatizada de algunos capítulos. Sobre las paredes de la librería consiguieron proyectar con sus voces las sombras vivas y cálidas de unos personajes que se movían acuciados por los peligros y las aventuras de esta novela de ritmo vertiginoso. Este espectador eventual presenció una lectura que le dio pulso y llama a lo que en tinta encierra el papel.

Sin embargo, esto fue la antesala de lo que vendría después, porque aquellos jóvenes lectores no eran unos simples espectadores y vinieron a enseñarme el verdadero valor de la literatura. Con los ojos muy abiertos habían vivido la inquietante historia de Mathias, el protagonista; los secretos ocultos de los reinos de Riverton, la ciudad del agua, o del maléfico Reino Oscuro; las singulares leyes físicas que dominan este mundo bajo la superficie que es Oleus, en el que el tiempo es elástico; la dura decisión de cerrar la comunicación con el exterior; la guerra despiadada que llevará a un grupo de esforzados héroes a luchar contra la Hechicera de las Sombras: Amanda Wanda, sir Walter de Blackmore y un largo etcétera que invito al lector a descubrir, pues la capacidad inventiva de Beatriz es profusa y poco habitual.  Tras la lectura comenzó una tertulia sobre la novela que me desveló la ingente cantidad de detalles que a mí se me habían escapado. Ellos, los chicos y chicas, vieron, sintieron y experimentaron de verdad las peripecias de los personajes. Se mostraron críticos, conocedores de los más íntimos pormenores del relato. Los silencios del libro brotaron en sus perspectivas como posibilidades y la lectura les creció en las manos como una sorpresa inocente. Fue, sin duda, un momento de creación, por partida doble. La narración les había lanzado a una vivencia intensa y real que se les notaba en el brillo de los ojos y en la franqueza de sus palabras. Beatriz contestó, explicó y argumentó. Hubo emoción y el calor de una hoguera antigua a cuyo alrededor alguna vez nuestros antepasados se reunieron, el calor de las historias y las leyendas.

Oleus se cierra porque el mundo de la superficie se está calcinando, solo recibe vertidos emponzoñados de basura que le caen como maldiciones letales. A la naturaleza la destruyen. Y ese mundo de prodigios, interior y profundo, el pulmón y corazón de la vida real, se autoaniquila en una guerra que nace de la disensión y del miedo. Oleus se tambalea, la crisis lo asola. Solo Mathias, el niño, y los demás héroes, tras numerosas y tristes pérdidas, lo defienden y lo salvan. Oleus es un mundo especular que nos pone en alerta ante la preocupante realidad de los cambios irreversibles que afectan a la vida. De igual forma, abre una puerta secreta a estos jóvenes lectores, a quienes, quién sabe, les ha de tocar la ingente tarea de lidiar con la defensa y protección de la maltrecha naturaleza. Estos héroes que, con sufrimiento, valentía y esfuerzo, saben enfrentarse a las dificultades y salir airosos contra todo pronóstico son un espejo en el que reflejarse. Y se necesita esperanza y valor.

Desaparece un día la inocencia, se nos cuartea y se nos fragmenta en una miríada de responsabilidades y decepciones. Pero son los momentos así, los libros así, los que prenden de nuevo los agostados rescoldos y uno, como profesor de letras, regresa al aula con la vista puesta en el futuro.

Cuenta Beatriz Mariño que el personaje de Mathias le fue inspirado por la historia terrible de un niño maltratado. A nosotros, a mis alumnos y a mí, nos tocan unos breves minutos de Miguel Hernández esta semana que entra. Los aprovecharé leyendo las Nanas de la cebolla. Y me acordaré de los niños de Palestina, y de los de Ucrania, y de los niños de tantos otros lugares.

Oleus de piel mezclada, Beatriz Mariño. ERE, 2022.

Publicado el 8 de diciembre de 2023

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