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Tras las huellas

Todos tenemos libros que compramos en algún momento pero que no hemos llegado a leer, libros que llamaron nuestra atención en la librería pero que, al llevarlos a casa, quedaron olvidados para siempre, primero, tal vez, en la mesilla, con los títulos pendientes de lectura, y al final sin remedio en algún estante, condenados al olvido, muchas veces no porque, después de comprarlos, no nos llegaran a gustar, sino porque, sencillamente, no hemos encontrado el momento o, tal vez, el estado de ánimo necesario para estrenarlos. Uno de esos libros, que en mi caso me acompaña hace cerca de veinte años, es una Antología del cuento triste firmada por Augusto Monterroso y Bárbara Jacobs. Creo que nunca he llegado a leerla del todo. Como mucho, algún cuento suelto, y no sabría decir por qué, pues contiene piezas ‒nada menos‒ de Chéjov, de Rulfo, de Onetti, y relatos tan estupendos ‒que probablemente haya leído antes o después en alguna otra parte‒ como “Bartleby, el escribiente”, “Alma de Dios” o “Una rosa para Emily”. Nunca he llegado a leerla por completo, pero ahí sigue, ocupando hueco en la estantería, resistiendo el paso del tiempo y la furia de los expurgos, quizá por el indudable interés de los autores antologados, quizá por la autoridad de los antólogos o, quizá, por el género, o subgénero, de los textos que contiene, cuentos tristes, ese ámbito azul en el que el cuento, o el relato, se aproxima a la poesía en su función de ‒utilizando una expresión de Joan Margarit‒ casa de la misericordia o ‒utilizando otra similar de nuestro Álvaro Valverde ‒de cuarto del Siroco, como lugar, en definitiva, donde encontrar consuelo al constatar, leyendo a otros, que la vida a menudo es triste, porque pasa deprisa, porque en ocasiones no sabemos vivirla adecuadamente, porque no logramos, en ella, encontrar el amor que anhelamos o porque se obstina, tozuda, en que no se cumplan nuestros sueños.

Cuento todo esto, aunque parezca que me estoy yendo por las ramas, a propósito del libro de relatos de Dionisio López Cuando vuelvan los elefantes, pues muchos de los relatos que lo integran podrían pertenecer, no digo que a esa antología ‒pues eso es algo que deberían haber decidido Bárbara Jacobs y Augusto Monterroso‒, pero sí a esa suerte de subgénero al que me he referido, el del cuento triste. En los relatos de Cuando vuelvan los elefantes están esos temas que, como de pasada, he mencionado, que el tiempo pasa deprisa y lo arrasa todo (tema de fondo de “Sombras perdidas en la niebla”, uno de los relatos más hermosos del volumen); que no sabemos cómo vivir (como sugieren, sin duda, “El reloj” y “El regalo” dos cuentos estupendos sobre la dictadura del tiempo en la forma que hoy tenemos de vivir la vida); que nos cuesta encontrar el amor (un tema recurrente en el libro pero que está especialmente presente en “El abrigo verde” o en “Último turno”); o el de los sueños incumplidos (asunto que se encuentra, en buena medida, detrás del relato “Tras las huellas”, del que el volumen toma el título), temas que, utilizando palabras de Luis Landero, autor del epílogo que cierra el volumen, “se suceden y combinan como los ritornelos” y que se resumen en un único tema que es múltiple, según él, según Landero, “la búsqueda desesperada y obsesiva de una vida plena y auténtica, los anhelos incumplidos, la promesa siempre pospuesta del amor, las vidas malogradas, la melancolía de lo soñado pero no vivido, la soledad, el bruto prosaísmo de un mundo donde los nobles ideales no tiene cabida”, aspectos que aparecen y reaparecen a lo largo del libro, y vuelvo a citarlo, como “variantes de una hermosa y triste melodía”, no en vano las dos grandes secciones en las que, como en un volumen de poemas, Dionisio agrupa sus textos se titulan, precisamente, “La sombra” y “La lluvia”, términos que evocan amparo y desamparo, pero también una misma melancolía, una misma pesadumbre, esa que tan bien representa la foto de la portada, de Virginia Benedict, la de esa mujer asomada a un balcón, apartando tímidamente un visillo en blanco y negro.

Aunque hemos de decir que el gris no es el único color que adorna los relatos de Dionisio. Hay un fino sentido del humor que tiñe y alegra buena parte de sus cuentos, como “2ºB”, que retrata una obsesión, y la ciega ambición de ser otro, o “La vida en el aire”, enormemente crítico, en que denuncia el vacío y la mentira sobre la que se sustenta, en buena medida, la vida política, o “Historia de una niña contada por un viejo profesor a una niña”, irónico desde el propio título, una fábula en la que denuncia, sin duda desde el conocimiento, eso que el poeta Alexandre O’Neill, en un hermoso poema titulado “Un adiós portugués”, llamaba  “el modo funcionario de vivir”. Y no podemos dejar de mencionar la literatura como tema, y yo diría que incluso como anhelo, como sugiere el final del texto biográfico ‒o presuntamente biográfico‒ que cierra el libro, “Cuatro imágenes partidas”, pero que está presente en relatos como “El octavo enanito”, en el Gregorio que protagoniza “El reloj”, condenado a convertirse, no en insecto, pero sí en un mecanismo de relojería a punto de estallar, o en “(Falso final)”, un relato más metaliterario que intertextual, sobre la dificultad de escribir, sobre las enrevesadas relaciones entre la vida y la literatura, presente en el libro yo diría que también, de modo tal vez no tan obvio pero no por ello menos patente, en la decidida voluntad de estilo con la que Dionisio López nos ofrece sus historias, en el mimo con el que uno intuye, al leerlos, que están escogidas las palabras con las que pergeña poco a poco sus ficciones.

Y esto es todo, aunque no todo lo que cabe decir, ni encontrar, en Cuando vuelvan los elefantes, un libro en el que ‒recurro de nuevo a Luis Landero, pero es difícil, y osado, hablar sobre un libro con un epílogo escrito por él, pues uno duda de que pueda decir más y mejor de lo que él ya ha dicho‒ “Dionisio López ha escrito un puñado de cuentos sorprendentes, llenos de vida, y escritos con una sabiduría, una sencillez, una sutilidad y una hondura [tales] que uno cierra el final el libro con la misma nostalgia de aquellos amantes que vivieron un idilio intenso y fugaz, y alcanzaron a acariciar el sueño antes de regresar al mundo de la prosaica realidad”, un mundo, por cierto ‒pues tampoco conviene olvidar que en ese puñado de cuentos también hay lugar para la esperanza‒, en el que, si nos esforzamos un poco, y tratamos de no verlo todo nublado y gris, todavía podremos distinguir, entre la lluvia, las huellas de los elefantes.

Cuando vuelvan los elefantes

Dionisio López

RIL Ediciones

Columna de Juan Ramón Santos publicada el 1 de diciembre de 2023

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