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Correteando por la Dehesa (I): Bajo el calabobo

Quien diga que el otoño, que ya anda coleteando, no ha sido pródigo en los septentriones extremeños, yerra de cabo a rabo.  Basta con recorrer alguna de nuestras dehesas boyales y comunales para confirmar el manto verde que las cubre, las muchas bellotas que aún forman eras debajo de encinas, alcornoques y robles y el agua cristalina y cantarina por arroyos y regajos y empantanando los valles.  Ha caído bien caída la lluvia.  Vino con la ‘luna d,otubri’, de la que dicen por estos pueblos que forman parte del triangulado pico de lanza que se  incrusta en la provincia de Salamanca, que ‘la luna d,otubri, sieti lunas cubri, y, si lluevi, nuevi’.  Cada fase lunar (creciente, menguante, llena y nueva) consta, aproximadamente, de 8 días.  Por la comarca de Las Hurdes, también distinguen la ‘luna del consumu’, pero este tema es muy complejo y no vamos a detenernos ahora.  El refrán no marra y se está cumpliendo al pie de la letra.  Hemos visto poco el sol en los días transcurridos desde el pasado 20 de octubre.  No tardarán en cumplirse las nueve lunas y no ha dejado de llover en todo el tiempo.  La experiencia de los años otorgó a los gañanes y pastores un sexto sentido, de carácter empírico, basado en la observación de la naturaleza.  Pero ya, desde que la gente del campo dio en embutirse en monos azules y la Política Agraria Común (PAC) parasitó el medio rural y obligó al campesinado a reconvertirse en burócrata cuando muchos de sus integrantes apenas si sabían estampar su firma, se fulminó el empirismo y se inició el declive de la sociedad rural popular.   Nuestro buen amigo Félix Rodrigo Mora, escritor, filósofo, investigador sobre la sociedad tradicional, que nada tiene que ver con el rancio y dogmático tradicionalismo ultraconservador, y defensor a ultranza de la devolución de los comunales a sus respectivos pueblos, sabe mucho sobre esto.  Os remitimos a su interesante libro: ‘Naturaleza, Ruralidad y Civilización’ (Ed. ‘Brulot’, 2008).

El buen amigo y reconocido, filósofo, investigador y defensor con uñas y dientes de los mundos rurales y sus concejos abiertos, Félix Rodrigo Mora.(con boina).  A su lado, Luis Hernández Blanco, excura, maestro, anarquista y tamborilero de la ‘Corrobra Estampas Jurdanas’.  (Foto: Blog de Félix Rodrigo)
Los “guarrapus” (cerdos) “jozarun” a conciencia el coche de la bióloga.  En la foto, parte de la piara que participó en el estrago, sobre el carril del “Valli de la Estaquilla”, intransitable en estas épocas de lluvias.  Asaltaron el terreno de la dehesa acotado para las vacas que “salin malas”.  (Foto: F.B.G.)

Sigue lloviendo y, bajo el incesante pero romántico calabobos, aprovechamos una de estas jornadas del puente (algunos lo llaman ‘acueducto’) de la Constitución para patearnos una de nuestras dehesas boyales y comunales.  Concretamente, la dehesa que es parte consustancial del pueblo donde abrimos los ojos a la vida y por donde no han dejado de corretear mis pies desde mis tiernas infancias, que se erigen en mis únicas patrias.  Dehesa boyal porque siguen pastando en ella las vacas, pero con su referente ‘comunal’ pasa lo mismo que con el ‘lejíu’ (ejido).  En teoría, son bienes concejiles o comunales; o sea, de todos los vecinos.  De hecho, tanto dehesa como ejido fuero administrados, en tiempos, por una hermandad de labradores y ganadores, que tomaban las decisiones en orden al aprovechamiento de ambos predios de forma asamblearia, en concejo abierto.  De la noche a la mañana, al albur de las desamortizaciones del siglo XIX, la propiedad pasó ilegalmente a ser considerada como ‘bienes de propios’, por lo que quedaron directamente bajo la tutela de los Ayuntamientos.  Toda una arbitrariedad caciquil, ya que los bienes comunales son indivisibles, inembargables, inalienables, imprescriptibles y no están sujetos a tributación pública.  Y esto es así desde que tales bienes fueron entregados a los concejos durante la Repoblación Medieval (siglos XII y XIII), mediante la extensión de las correspondientes cartas pueblas.   Al menos, nuestra dehesa tuvo más suerte que las de los lugareños de los pueblos de Ahigal y Guijo de Granadilla, que, al caer en manos municipales, fueron, ilícitamente, divididas en lotes, que se subastaron entre los vecinos, por lo que los ricos, que atesoraban duros de plata, engordaron más, y los menos ricos enflaquecieron, al quedarse sin tan preciado bien concejil.  Y también mucha mejor fortuna que la dehesa de ‘Valverde de Abajo’, del cercano pueblo de Valdeobispo, que fue arrancada de manos de los vecinos para ser subastada en 1859 (Desamortización Madoz), comprándola el propio secretario del Ayuntamiento, Diego Julián Paredes.  El caciquismo se servía en bandeja.  En 1869, el secretario aparecería cosido a puñaladas. –‘¿Quién mató al comendador? –Fuenteovejuna, señor’.   La dehesa pasaría a manos del arquitecto del Ayuntamiento de Plasencia, Vicente Paredes Guillén, hijo de Diego Julián, el cual siguió mostrando su faz más agria de terrateniente inmisericorde, con la muerte de algún jornalero valdeobispeño en su conciencia; pero los enjuagues, el dinero y los buenos agarres todo lo tapan.  Pese a que sus sombras son muy espesas y alargadas, hoy se le sigue considerando como un prohombre extremeño, habiendo recibido homenajes póstumos por parte de varios Consistorios liberales y conservadores, de la misma madera ideológica que los que decretaron las terribles Desamortizaciones.

Setas de la variedad “Xerocomellus chrisenteron”.  (Foto: Natalia A., bióloga)

XEROCOMELLUS CHRYSENTERON

Pablo Alfonso Corrales, más conocido por “Ti Pablinu”, que, según cuentan los paisanos, fue el más esclarecido “partiol de la jesa”, en los tiempos en que se sembraba un cuarto cada año (trigo, cebada, avena, centeno y altramuces). (Foto cedida por su nieto: Antonio Alfonso Martín).

Me tocó ir de guía.  A mi vera, un geólogo y una bióloga, viejos conocidos.  El finísimo sirimiri (por estas tierras le dicen ‘muellis-muellis’) nos resbalaba lentamente por los rostros.  Dejaron el vehículo donde les indiqué: la parte más alta de la dehesa, llamada comúnmente como ‘Cuartu d,Arriba’ o ‘Majá de las Palombas’. Topónimo que recordaba las cuatro divisiones seculares de la finca comunal.  Las otras tres partes recibían otros nombres: ‘Cuartu del Carrascal’, ‘Cuartu del Espinal’ o ‘Cuartu del Pozu la Piedra’ y ‘Cuartu del Valli Verdugal’.  Decían que el mejor cuarto era el de ‘El Espinal-Pozu la Piedra’, donde había mucha ‘tierra momia’, por lo que el trigo crecía lozano. ¡Cómo para no serlo!  En el subsuelo de este cuarto se encuentran los vestigios de un inmenso asentamiento rural romano, con mucho elemento indígena. Imágenes nebulosas se van y se vienen por los campos hipotalámicos de mi memoria, en relación a la siembra cerealística de un cuarto cada año.  Los ‘partioris’ (labriegos con gran experiencia y que se conocían la dehesa con los ojos cerrados) eran los encargados de ‘jital las suertis’ (parcelar los lotes).  Cada unidad familiar recibía tres suertes de tierra de labor: una de ‘A Güena’ (buena calidad); otra de ‘A Sigunda’ (regular calidad) y la tecera de ‘A Mala’ (de inferior calidad).  Los ‘partioris’ llevaban las bolsas correspondientes con los nombres de los vecinos que participaban en el sorteo y con los tipos de suertes que recibían.  Un escribano levantaba acta de las particiones con todo detalle, estando presentes en el reparto todo el pueblo.  Así nadie se llamaba a engaño.  Uno de los ‘partioris’ que quedó en la memoria colectiva por su escasa talla pero muy buena cabeza para trazar los ‘linius’ (divisorias de las parcelas), fue el vecino Pablo Alfonso Corrales, que no despreciaba el vino que le ofrecían, aunque estuviese algo ‘picau’.

Carril de “La Majá de las Palombas” o de “La Torreta”, donde los “guarrapus” se ensaaron con el vehículo de la bióloga.  Se observa el carril cortado por una gran rama de alcornoque, consecuencia de la calamitosa enfermedad de ‘La Seca’.  (Foto: F.B.G.)

Mi amiga, la bióloga, andaba detrás de una de esas setas raras, conocida comúnmente como ‘seta del sombrero amarillo’, siendo su nombre científico el de ‘xerocomellus chrysenteron’.  Jamás la oí nombrar.  Me contó que tal seta establece al modo de una relación simbiótica con las encinas, beneficiándose ambas mutuamente.  ¡Claro que dio con algunas!  Tenía buen olfato para ello.  No obstante, se extrañaba, y también nosotros, que, pese al agua caída y las temperaturas bastantes cálidas, apenas se vieran setas.  La naturaleza tiene sus porqués y sus misterios.  Otros otoños más secos y más fríos, en cambio, habían sido más pródigos en boletos, amanitas cesáreas, pies azules y en el ‘jongu’ de toda la vida (‘Macrolepiota procera’ y ‘Chlorophyllum rhacodes’), que, cuando está cerrado, recibe el nombre de ‘pitorru’.  Por estas tierras de a pie de monte, a nadie se le ocurría coger una seta que no fuera el ‘jongu’.  Recuerdo haberlos comido varias veces en casa de mis abuelos maternos.  Mi abuelo Quintín Gutiérrez Alonso, al que le decían ‘Ti Quintín el Frontinu’, cuando iba a atender sus vacas u a otros oficios en sus huertos, los traía, los limpiaba, les echaba unos granos de sal y los ponía sobre las brasas de la lumbre.  ¡Y no había otro guiso!  Estaban para chuparse los dedos.

Visión parcial del cuarto de ‘El Espinal-Pozu la Piedra’, donde cuentan que se daba el mejor trigo de toda la dehesa.  (Foto: F.B.G
Uno de los últimos porqueros en la montanera de la dehesa boyal, Juan García García, conocido vecinalmente por “Ti Juan el Dios”.  (Foto: F.B.G.)

No para de orvallar en todo el día.  Al regreso, en busca del coche, la bióloga y conductora, puso el grito en el cielo.  Estaba completamente enlodado y tenía medio desprendido el parachoques.   Fui yo el responsable de que dejaran el vehículo en el paraje de ‘La Majá de las Palombas’, topónimo que, como tantos otros, cayó completamente en el olvido, y, hoy en día, se conoce como ‘La Torreta’, debido a que, en tal lugar, hay colocado un vértice geodésico.  Bien creía que este cuarto de la dehesa estaba exento de ‘guarrapus’ (cerdos), al estar destinado a las vacas que debían guardar cuarentena, según el saneamiento realizado por los veterinarios.  Así debería ser.  La modernidad, que a veces es mal avenida, y las políticas ganaderas de la UE exigen tales actuaciones.  Los pequeños ganaderos de estos pueblos, ya entrados en años, donde no hay, por regla general, terratenientes, se ríen por su colmillo retorcido, al igual que otros vecinos, y comentan que la montanera siempre se respetaba y se mimaba, al cuidado de los porqueros correspondientes.   Por algo, la matanza del puerco era toda una fiesta, ya que llenaba la despensa cárnica del año.  Solo se permitía, años atrás, la estancia en la dehesa, en los meses de la montanera, de los cochinos y del cabrial del común.  ‘Antoncis, no salía nenguna vaca mala, qu,eran toas las más moruchas, del país, duras cumu las piedras y estaban bien enseñás a esti terrenu’, me comentaba Basiliso Gutiérrez Montero, que fue largos años el ‘boyeru’(vaquero) de la vacada del pueblo.  En la creencia de que los marranos no invadirían el cuarto de las vacas, pensé que el coche estaba seguro.  Todos los años pasa igual en la montanera.  Hay opiniones para todos los gustos: unos hablan de que los gorrinos son capaces de levantar con el morro las alambradas y pasar al otro lado; otros afirman que manos anónimas e interesadas abren ‘engarillas’ (cancelas) que solo están atadas malamente con una cuerda…  ¡A saber!  El caso es que, a los cuatro días de abrirse la montanera, ya están rebujados los gochos y las vacas.   ¡Pobre del vehículo que quede a merced de las jetas de los cebones!

     La llovizna sobre los tonos esmeraldas de la dehesa solfea partituras románticas.  ¿Qué mejor que un soneto del poeta Lupe Lope de la Ópera, a quien echan la culpa del ‘malditismo romántico’, para correr la cremallera de esta primera entrega sobre la dehesa?  Pues… ¡allá va!

LLUEVE SOBRE MOJADO

Diciembre.  Caía la garúa mansamente.

Dehesa.  Cielos cernían lluvia con arte

cuando Ella con su voz jugó al descarte.

Me oxeaba de su juego.  En la frente,

la primera: era obseso reincidente.

De su erosión y dolor yo era parte.

Sí, culpable.  ¡Santo dios!  ¿Tanto amarte

para esto?  Te amé apasionadamente

y ahora vienes, huyendo hacia adelante,

con la excusa de descubrir lo que hay en ti.

¿Verdad de lo innato?  ¡Menudo cante!

Mollineaba dócilmente.  Desoí

chirrido.  Nunca amor mío fue frustrante.

Siempre serás mi inquieto colibrí.

Ecotahona del Ambroz

Imagen superior: La dehesa, en este otoño que atravesamos, se carga de tonos verdes, de lagunas, regatos y arroyos, agua por todas partes, puercos y vacas en heterodoxo revoltijo y un romanticismo que no sube hasta el bulbo raquídeo. (Foto: F.B.G.)

Texto de Félix Barroso para su columna A Cuerpo Gentil, las opiniones e imágenes publicadas en esta columna son responsabilidad de su autor

Publicado en diciembre de 2023

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