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Por los Montes de Cáparra: Pareidolias y Apofenias (XXXVII-II)

Cuando el viajero ya se ha percatado, al observar desde cierta distancia, la mole rocosa donde ya los antepasados creyeron ver la imagen de un grandullón rey envuelto en su manto real (una cantada pareidolia), nos parece muy oportuno que escuche la leyenda de Adriana Montero Sánchez.  Ha habido que hilar fino para recomponerla.  El hecho de que, en el verano de 1991, el que era por aquel entonces alcalde de Casares de Las Hurdes, Olegario Rodríguez Sánchez, convocara, en el hogar del pensionista, a un nutrido grupo de vecinos, a fin de entrevistarles y recabar información sobre la cultura tradicional-popular de la zona, nos ofreció sugestivas pistas.  Una vecina de la alquería de La Huetre, perteneciente al concejo de ‘Lus Casaris de Las Jurdis’ (nombre vernáculo de la demarcación), desgranó un relato que tenía más de leyenda que de cuento.  Se mentaba en ella al rey ‘Morocón’, que otro de los presentes decía que se trataba del rey ‘Marracón’ y otra señora hablaba del rey ‘Mauriciu’, que fue convertido en una estatua de piedra por la ‘mora’ llamada ‘Miramonda’, al ser violentada por tan misterioso monarca.  Decían que dicha ‘mora’ está enterrada en el paraje de ‘La Sepoltura de la Mora’, en la dehesa boyal de La Huetre.  Vidal Rodríguez Iglesias, ‘Tíu Vidal’, significaba que el rey ‘Morocón’ dejó muchos tesoros escondidos y que para encontrarlos hay que descifrar las claves que aparecen marcadas en ‘La Peña Rayá’.  ¡Cuánto habría que hablar sobre esta peña, ubicada en uno de los puntos geoestratégicos más emblemáticos del territorio jurdano!  ¡A ver quién es el guapo que desencripta el jeroglífico que aparece impreso en la roca! También en la alquería jurdana de El Cerezal nos hablaron algunos vecinos de este rey, de sus andanzas y su conversión en gigante de piedra.  Además, situaban sus dominios por los pagos de la garganta o arroyo de ‘Las Moroconas’.  Laudelina Crespo Hernández, ‘Tía Laudi’, vecina de dicha alquería, exclamaba: ‘Ay de aquel rey Moroncón, / se golvió dura canchera; / lo jechizó la Mironda / polque abusorin de ella’.  Tómese la voz ‘mora’ como personaje mítico, que suele vivir en covachas y practica la magia y otras artes hechiceriles.  Nada que ver con el moro/a históricos.

Abigarradas espesuras boscosas que rodean al ‘Canchal del Rey’ ofrecen imágenes de lo que sería el antiguo bosque autóctono y asilvestrado. (Foto: F.B.G.)
Adriana Montero Sánchez, “Ti Adriana”, una de las últimas contadoras de cuentos y de otros relatos maravillosos y legendarios.  (Foto: Archivo de José Maria Sánchez Calle)

El relato tiene mucha más miga, pero no toca desmigajarlo folklórica y antropológicamente en estos momentos.  Señalar, no obstante, que el repaso a la grabación fonográfica nos ha despertado una narración del mismo tronco mitológico y que estaba agazapada en nuestra memoria.  Nos la refirió varias veces, en nuestras infancias, Adriana Montero Sánchez, ‘Ti Adriana’.  Esta paisana, a la que conocí siempre de eterno luto, ya metida en años, tal y como nos cuenta su nieto, nuestro buen amigo José María Sánchez Calle, Pepe, quedó huérfana antes de cumplir los 18 años y a cargo de dos hermanos menores.  Sus padres murieron de tuberculosis, un mal endémico y de nefastas consecuencias en unos tiempos en que aún no habían llegado los antibióticos. Estuvo casada con Eleuterio Calle Montero y enviudó a los 40 años, con cuatro hijos, algunos de ellos todavía agarrados a sus haldas.  En las noches de verano, a medida que las faenas de la trilla iban menguando, nos sentábamos una gavilla de muchachos en el largo poyo adosado a la fachada de la casa que fue de Cipriano García Martín, más conocido por ‘Ti Ceprianu el Barrigón’.  Como en aquellos años la mayor parte de los lugareños andaban doblados todo el día sobre la tierra, estaban más lisos que una lancha y desconocían el colesterol.  Por ello, Cipriano García, que fue secretario del Ayuntamiento, al sobresalir en estómago y tripa al resto del vecindario, se ganó el apodo por méritos propios.

Esperábamos a que llegase ‘Ti Adriana’, que vivía frente a la casa del secretario.  Tenía excepcionales facultades dramáticas.  Hilaba cuento tras cuento.  Algunos nos ponían los pelos de punta.  Lanzaba risotadas trágicas y, a veces, nos asustaba cuando, en el cénit de los tremebundos relatos, nos echaba mano al cuello.  Gritábamos como posesos.  Apenas si alumbraban, con su macilenta y amarilla luz, las bombillas de las calles, con su plato de latón como sombrero.  Entre todo su repertorio, se encontraba un relato que puede considerarse una paleoleyenda y que, gracias a escuchar las pertinentes grabaciones realizadas a vecinos de la fronteriza comarca de Las Hurdes, saltó la chispa en mi cerebro y me vinieron fogonazos de este importante documento oral. ‘Ti Adriana’ debió ser una de las últimas vecinas que disfrutaba transmitiendo los antiguos saberes de la tribu a los zagales.  Después llegó una modernidad malhumorada y todos los realismos mágicos desaparecieron de la noche a la mañana.

La Cueva de “El Rey Morón”

El amigo Leandro García Hernández se asoma a la covacha.  En primer plano, la enorme pieza granítica que fue introducida a pura fuerza de brazos en la covacha.  (Foto: F.B.G.)

Seguro que el viajero disfruta con estas historias cuando va caminando por estos pedregosos campos, inmenso batolito granítico que alcanza su mayor abigarrado peñascal en los altos de ‘Las Canchorras’, topónimo este bien significativo.  Sentimos no recordar toda la profundidad del relato, e incluso nos sabemos con seguridad si el nombre de tan legendario rey era el de ‘Morón’.  Nuestra memoria se reafirma en ello, dicho fuere con todas las precauciones.   Los ecos de ‘Ti Adriana’ nos llegan al cabo de muchos años y, aparte de las lagunas, es fácil que se produzcan erratas al mentar nombres míticos y de otra especie.  Como es de suponer, en nuestros años púberes, aún no habíamos visto una sola grabadora ni tampoco anotábamos en el papel lo que nos contaban.  Nos queda el timbre de sus voces; por ello, seguirán vivos en nuestras memorias.  Cuando se apague el timbre de la voz, llegará la desmemoria.

Se patentiza la apofenia en la narrativa de la anciana, ya que entran en juego no solo la pareidolia, que en los relatos jurdanos no aparece, aunque se hable de la petrificación del rey.  No hay pareidolia porque la geomorfología de la comarca de Las Hurdes es todo un inmenso islote de pizarra, que es una roca metamórfica homogénea y no conforma fácilmente conglomerados rocosos que tiendan a crear sugestiones pareidólicas.  Por ello, pese a estar esta zona dentro de la antigua demarcaciones del pueblo prerromano de los vetones, no se ha hallado un solo verraco o toro esculpido, símbolos emblemáticos de dicho pueblo.  La razón se encuentra en que la pizarra no ofrece posibilidades para tal tipo de esculturas zoomorfas. 

Leandro García con un ‘chopper’ elaborado con un canto rodado de cuarcita, junto a la covacha.  Este instrumento lítico pone de manifiesto la antropización prehistórica de tal abrigo rocoso.  (Foto: F.B.G.) 

Pero nuestro viajero camina a través de la espina dorsal de los Montes de Cáparra, donde el granito es dueño y señor.  ‘Ti Adriana’ indicaba que el rey ‘Morón’ se podía observar detenidamente en el ‘Canchal del Rey’, sobre cuya pareidolia ya hablamos en el anterior capítulo.  Añadía, además, que era dueño de una gran ‘boyá’ (vacada), que pastaba por los terrenos de ‘El Chorritu’ y ‘Las Canchorras’.  Hoy, continúan vacas de carne pastando por estos mismos parajes.  Vivía el rey en la cueva que está a sus espaldas, según relataba la paisana.  Más bien habría que hablar de covacha, pues sabido es que, las áreas graníticas, no prosperan las cuevas, y todo lo más son abrigos rocosos formados por el hacinamiento de bloques plutónicos.  Sobre la antropización de esta covacha, ya hablamos de manera más pausada en el capítulo XXX de esta serie (‘Planvex’: ‘El Covachu del Canchal del Rey’).

Como todos los vestigios de la antigüedad, preciso es visitarlos no una vez, sino ciento, porque en cada visita que hagamos seguro que encontramos algo nuevo.  Y he aquí que, para mayor conocimiento del viajero, dejamos constancia que, hace escasas lunas, visitamos la covacha acompañados por el buen amigo Leandro García Hernández, que viene de familia de albañiles, que trabajaron el granito y la pizarra, materias primas abundantes por estos términos.  Hasta las tierras que pisa ahora el viajero llegan las rocas ígneas intrusivas (granito).  Pero, a menos de media legua, hacia el norte, ya inicia su imperio la pizarra, gateando hasta alcanzar las montañas de la comarca jurdana.  Leandro inspeccionó detenidamente la cueva y se percató que el asiento pétreodel abrigo rocoso había sido rústicamente desbastado en algunas partes; tal vez para hacerlo más habitable.  Considera, igualmente, que un gran bloque granítico, que rondará los 8.000 kilogramos, de estructura trapezoidal, fue introducido por el hombre dentro de la covacha, lo cual debió suponer un gran esfuerzo, que necesitó de los brazos de más miembros del grupo.

Habitáculo pastoriles, en estado ruinoso, en las cercanías de ‘El Canchal del Rey’. (Foto: F.B.G.)

El viajero se ha percatado que hemos dejado a Adriana con la palabra en la boca, por lo que la leyenda está por rematar.  Entraremos en más detalles apofénicos en la próxima entrega.  No es conveniente saturar al lector con largas parrafadas. ‘Cá cosa al su tiempu y los nabus en Ahvientu’, como decía Daniel Santos Moreno, más conocido por ‘Ti Daniel Ferré’, o ‘El Campesinu’.  Las prisas nunca fueron buenas.

Daniel Santos Moreno, ‘Ti Daniel Ferré’, que cierra la crónica con el refrán que viene al caso.  (Foto: F.B.G.)

Foto superior: Panorámica del colosal y pétreo monarca desde el ángulo SE. (Foto: F.B.G.)

Texto de Félix Barroso para su columna A Cuerpo Gentil, las opiniones e imágenes publicadas en esta columna son responsabilidad de su autor

Publicado en agosto de 2023

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