Search

Por los Montes de Cáparra: Pareidolias y Apofenias (XXXVII)-1

Nuestro viajero, a lo largo de su extenso recorrido por los antiguos Montes de Cáparra, se ha ido encontrando con un buen porcentaje de roquedos graníticos que, ante su imaginación, presentan conformaciones donde se reconocen figuras tangibles de su mundo vivido.  Algunos de estos peñascos, conocidos, en la zona, con el nombre de ‘canchalis’, presentan denominaciones que les fueron otorgadas por antiguas generaciones: ‘Canchal de la Cuca’ (‘cuca’ viene a ser el equivalente de la vulva femenina), ‘Canchal de la Boina’, ‘Canchal del Diablu’, ‘Canchal del Lagartu’, Canchalis de ‘Los Cojonis de Cristu’, ‘Canchal del Culu’, ‘Canchal del Altar’, ‘Canchal del Oveju’, ‘Canchal del Gatu’, ‘Canchal del Escañu’ ‘El Canchal de la Calavera’…  Incluso el viajero se habrá encontrado con una peña caballera, que los lugareños han dado modernamente en llamarla ‘El Canchal del Ovni’, pues les recordaba a los platillos volantes que han visto en ciertos reportajes televisivos. La imaginación vuela a su aire y se crean las pareidolias, que es toda una tendencia psicológica a ver formas familiares donde en realidad no las hay.  Todo apunta a que es una herencia emocional de nuestros remotos antepasados, los cuales, siempre en contacto directo con la naturaleza, desarrollaron, en su evolución, una gran agilidad mental para distinguir claramente que lo que asomaba entre la espesa vegetación era el rostro de un animal salvaje.  Saltaban las alarmas y podrían esquivar la muerte.   Por ello, nuestro cerebro compone, ante una serie de líneas, perfiles, luces y sombras, toda una serie de figuras que le resultan comunes ya fuere en los berrocales graníticos, en las nubes del cielo o en una simple mancha.

El conocido como “Canchal del Rey”, al que dedicamos dos capítulos, por estar caracterizado por una pareidolia que lleva a conjeturar la conformación de un colosal personaje, como si fuese un rey fabuloso, pétreo, de anchuroso cuerpo y gigantesca y esférica cabeza.  La pareidolia va aparejada con la consiguiente apofenia.  (Foto: F.B.G.)
Una clara pareidolia se manifiesta en esta peña, que los lugareños denominan “El Canchal de la Boina”. La roca de arriba muestra,, efectivamente, una conformación pétrea semejante a una boina.  (Foto: F.B.G.)

El término pareidolia deriva, etimológicamente, del griego ‘eidolon’, con el significado de imagen o figura, y del prefijo ‘par’, equivalente a ‘semejante a’.   Las pareidolias debieron causar un gran impacto en las mentes mágico-religiosas de remotos clanes de nuestra prehistoria y de primitivos períodos plenamente históricos, llegando a crear curiosas apofenias, o lo que es lo mismo: todo un relato que dota de carácter mítico y de cierta transcendencia a lo que se cree ver en el cielo, en una cadena montañosa o en un batolito rocoso, por citar algunos ejemplos.  Para aclararnos mejor, diremos que la pareidolia es el busto de mujer que algunos creen ver en una conformación rocosa, y, en cambio, apofenia, es caracterizar, como hacen otros, a ese busto como el de la Virgen María, otra santa cualquiera o una diosa de la antigua mitología.  Los hisopos del fanatismo cristiano de oscuros períodos Tardoantiguos y de la Alta Edad Media, aspergieron con agua bendita muchas peñas y, aparte de atiborrar de signos cruciformes muchos roquedos, los exorcizaron, para expulsar a ese demonio, a ese dios pagano o a esos símbolos fálicos y vaginales del espacio que invadían, considerado como pagano.  San Martín de Braga o San Martin de Dumio (Panonia, 510-Braga, 580), también llamado ‘Apóstol de los Suevos’, en su tratado ‘De Correctione Rusticorum’, al igual que otros Padres de la Iglesia, censuró e instó a erradicar los muchos cultos que el campesinado mantenía a las piedras, los árboles y las fuentes, hablando de la idolatría y del paganismo que azotaba las tierras galaicas y otras demarcaciones hispánicas.  Pese a la persecución de los llamados ‘idólatras’, las creencias, consideradas por la gente de bien como supersticiones, perdurarían muchos más años, e incluso algunas han llegado hasta nuestros días, aunque, eso sí, tras someterse a un proceso de sincretismo.

Hay constancia del fanatismo exacerbado de ciertos clérigos, que, apoyados por la clase aristocrática, se encargaron de demoler muchas peñas que eran objeto de algún tipo de culto.  Tanta era su exaltación e intransigencia que, si hubiesen tenido poder para borrar del mapa algunas constelaciones por las que el pueblo llano sentía auténtica devoción y admiración y a las que había bautizado de acuerdo con las pareidolias amasadas en su cerebro, se habrían puesto a ello.  Lamentablemente, el declive de las seculares vinculaciones del campesinado con la naturaleza, debido a espurios condicionamientos de una modernidad tan intransigente como los viejos obispos y sus tonsurados subordinados, está arrasando con todo y la memoria ya casi ni recuerda los nombres populares con que fueron designadas las constelaciones.  Todavía suenan las denominaciones de ‘El Carru Grandi’ y ‘El Carru Chicu’ (Osa Mayor y Osa Menor) o ‘El Caminu de Santiagu’ (Vía Láctea).  ¿Pero quién se acuerda de ‘Las Tres Marías’ (Cinturón de Orión) o ‘Las Cabrillas’ (Las Pléyades)?  ¿De ‘El Matagañanis’ (Venus), también llamado ‘El Luceru Migueru’ o de ‘El Luceru del Escurecel’ o del ‘Pardeal’/ ‘Pardegueal’, referente igualmente a Venus, pero cuando sale al anochecer?  La lista es mucho más larga.  Tales nombres corresponden a significativas pareidolias y algunos conjuntos de esas estrellas han generado, al hacerse legendarias, las correspondientes apofenias.   Para mayor aclaración del viajero, le diremos que la palabra apofenia se asienta sobre la etimología de los términos griegos ‘apó’, con el significado de ‘separar’ o ‘alejar’, y ‘fainein’, equivalente a ‘aparecer’ o ‘manifestarse como un fenómeno fantástico’.

“El Canchal de la Cachucha”.  Se trata de una peña caballera, en la que la roca cimera, que semeja una “cachucha” (antigua gorra usada por algunos campesinos), parece sostenerse milagrosamente sobre la bajera.  Pertenece a un área con bastantes huellas de la Prehistoria reciente e incluso de época romana.  En primer plano, parte del labio de un contenedor cerámico con mucho elemento desgrasante y que aparecía, entre otros ripios, por el suelo.  (Foto: F.B.G.)

El Canchal del Rey

De todos estos roquedales con nombre propio y por los que cabalgan conjuntamente claras pareidolias y apofenias, el viajero habrá reparado de modo especial en el llamado ‘El Canchal del Rey’.   Ya lo examinó trechos atrás.  Cuando lo dejó atrás y siguió por el amplio camino real que se dirige a los parajes de ‘La Güerta de Las Estacas’, bastó con distanciarse cien metros de la mole rocosa y volver la vista atrás, hacia los septentriones.  Sus pupilas rápidamente captarían, sobre un altozano arropado por quercíneas, una figura pétrea que, efectivamente, adopta la forma de un colosal personaje, que la mentalidad antigua lo asoció a un rey fabuloso.  La conformación peñascosa, desde la distancia mencionada, muestra al modo de una redonda y enorme cabeza, que se engarza a un fornido corpachón.  No se distingue miembro alguno, pues todo el cuerpo parece como si estuviera abrigado por un enorme manto.  La pareidolia vino por sí sola y se elaboró fácilmente en los cerebros de nuestros antepasados.  Estamos, pues, ante una forma significativa, donde el espectador primitivo reconoció la forma de un rey.  Esta forma significativa devino en duradera y llegó a nuestros días.

Panorámica meridional desde los altos del “Canchal del Rey”.  El dominio visual desde tal punto convierte a este emblemático lugar en un sitio con gran valor estratégico.  (Foto: F.B.G.)
Otra pareidolia en el denominado “Canchal del Bihcochón”, como parte de un conjunto de peñascos que conforman varias covachas. Merece, aparte, un análisis más profundo. (Foto: F.B.G.)

Diversos estudios han demostrado que, ante un paisaje poco diferenciado, nuestras neuronas reaccionan con una intensidad más potente en el caso de contornos orientados. generándose imágenes virtuales que nos impactan y nos permiten diferenciarlas claramente de la amorfia circundante.  Se activan grupos de células de nuestro lóbulo temporal y ponen en funcionamiento nuestro sistema endocrino, que instan al espectador a manipular la imagen y dotarla de significado.  Pero… ¡cuidado con las pareidolias!  Porque es muy fácil que nuestro cerebro vea algo cuando está predispuesto y desea verlo.   Puede que el viajero, si va en compañía de lugareños que ya tienen asociada tal o cual imagen en su mente, sea incapaz de ver lo que ven sus acompañantes.  No ha sido la primera vez, ni será la última, que, yendo en compañía de algunos alumnos míos, bien conocedores del terreno que pisaban y de sus misterios, me indicaron formaciones rocosas o arbóreas (viejos castaños centenarios), donde ellos veían imágenes virtuales que yo era incapaz de fijar sus contornos.  Pero una vez me detallaron pelos y señales, entonces vi la imagen perfectamente.  Me había convertido en un sujeto que estaba interaccionando en un medio que comenzaba a serme familiar y mi psiquis generó una respuesta automática para poder captar la imagen y convertirla en un objeto con significado.  Una vez que ha quedado fija en la mente, ya no se borrará. Pero ‘El Canchal del Rey’ no se reduce a una simple pareidolia.  Bajo la figura regia y pétrea, se abre una covacha con huellas más que perceptibles de prehistóricos tiempos; un enorme acantilado y lo que nos parece un foso practicado sin que sepamos bien los motivos.  Todo ello rodeado por una sugestiva leyenda y por otros vestigios que conforman toda un área antropizada desde épocas muy remotas y no exenta de maravillosos misterios.

 Plano frontal del “Canchal del Rey” a unos 30 metros de distancia, donde se distingue con mayor diafanidad la pareidolia.  (Foto:  F.B.G.)
Al fondo, donde el camino se esconde, se alza el conglomerado rocoso que, al ser observado por nuestros antepasados, compuso toda una pareidolia, que la asociaron a la figura de un gigantesco rey de piedra o que quedó petrificado, tal y como cuenta la leyenda que expondremos en la segunda parte.  (Foto: F.B.G.)
Imágenes del enorme bolo caracterizado como la cabeza del legendario rey.  Más abajo, la covacha que, sin lugar a dudas, fue usada desde tiempos prehistóricos.  Luego, se convertiría en refugio de pastores y porqueros; en encerradero de ganado  y, finalmente, acabó siendo cubil de zorras y de tejones.  Vista posterior del “Canchal del Rey”, donde no se aprecia su grandioso corpachón, que se descuelga hacia el meridión. (Foto: F.B.G.)

Foto superior: Acantilado que se despeña por la parte SE de la pétrea figura real.  En la imagen, el buen amigo Leandro García Hernández, que nos acompañó en esta jornada etnoarqueológica.  (Foto: F.B.G.)

Texto de Félix Barroso para su columna A Cuerpo Gentil, las opiniones e imágenes publicadas en esta columna son responsabilidad de su autor

Publicado el 15 de julio de 2023

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

También te puede interesar

De El Gasco al Chorro de La Meancera por el paisaje mágico de Las Hurdes

Las Hurdes ofrece siempre imágenes inolvidables. Sin embargo, la ruta entre El…

Vuelve Crearte, el festival de arte de Zarza de Granadilla

Del 1 al 4 de junio, Zarza de Granadilla vuelve a ser…

Barranqueras de Loh Cojónih de Crihtu: Peña Sacra de El Ehcribanu (IX)

Del guijarreño Fabriciano Palomero Batuecas, un informante de primera, ya hablamos en…

Disfruta de la dehesa con la subida al castillo de Portezuelo

La IX Subida al Castillo de Portezuelo se celebrará el domingo, 8…