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Por los Montes de Cáparra: Explorando el “Jocinu” de “La Rolanguila” (XXXIX)

Habiendo ya doblado suficientemente el viajero la cerviz sobre las casi imperceptibles huellas prehistóricas que aparecen prácticamente soterradas por los pagos de ‘Las Barreras de los Morus’, continúa sus trotes. 

Vieja “zajurda” (zahúrda) a piedra seca, en el entorno de la garganta de ‘La Rolanguila, en estado ruinoso.  (Foto: F.B.G.)
Percutor prehistórico, de posible textura ortoarenítica, hallado en el cauce de la garganta de “La Rolanguila”.  (Foto: F.B.G.)

Saliendo del área de posible factura prehistórica que ha estado examinando, volverá a la calleja y, dirigiéndose hacia el saliente, observará cómo el regato o riachuelo de ‘El Pozu’ o ‘La Laguna Palaciu’ atraviesa la calleja.   Este riachuelo, del que ya dijimos que flanquea al yacimiento de ‘Las Barreras de los Morus’ por su parte SO, donde se empantana en tiempos de lluvias, atraviesa las paredes de ripios graníticos de las fincas que se le interponen a través de unos ventanucos practicados en ellas, llamados ‘alcabuceras’ o ‘ventanalis’.  Cuando el caudal del riacho viene crecido, hay que atravesarlo por unas pasaderas.  Seguirá, apañándoselas como su hado le dé a entender, la corriente del mencionado riacho, que penetra en un ameno prado, donde se alza el ejemplar más majestuoso de piruétano (‘pyrus bourgaeana’) de estos berrocales.  Los campesinos lo denominan ‘peruétanu’ y, por lo que cuentan, en el pasado, los pastores utilizaban sus durísimos y pequeños frutos (‘perucus’) como proyectiles para sus hondas.  Es buen compañero de la encina (encinar lusoextremadurense), prefiriendo los suelos silíceos, frescos y con cierta humedad.  De él se obtuvieron taninos, que las gentes de estos territorios empleaban para curtir las pieles.  Lamentablemente, el árbol, que lo conocimos frondoso y lleno de vida, está afectado, como comprobamos hace escasos días, por el fuego bacteriano, una enfermedad causada por la bacteria ‘Erwinia amylovora’ y que ciertos insectos homópteros, como la sila (‘Cacopsylla pyri’), la transportan de árbol en árbol.  Un tiro de honda más abajo, el riachuelo cuyo cauce va siguiendo se une a otro, conocido como ‘La Rolobatu’ y, a raíz de su conjunción, pasa a denominarse ‘La Rolanguila’.  Bien creemos que ‘ro’ no es sino una arcaica síncopa de la palabra arroyo y que se repite con harta frecuencia a lo largo de todos los pueblos que se asientan en los antiguos Montes de Cáparra y otras zonas aledañas.

Interior de un chozo a piedra seca, conocido por estos contornos como “muru”.  Su falsa cúpula se encuentra hundida, habiéndose desplomado los ripios pedregosos sobre el suelo de la base, como se observa en la imagen. (Foto: F.B.G.).
Pieza antropizada, de diabasa o dolerita, también llamado “granito negro”, que presenta dos perfectos cortes en dos de sus caras.  Viene a ser una de esas herramientas usadas por gente de la prehistoria y que se nos escapa su finalidad.  Hallada entre el material cuarcítico de las terrazas de la garganta de “La Rolanguila”. Se acompaña de un pequeño artefacto de cuarcita amarillenta, semejante a otras piezas que aparecen en terrazas con material prehistórico y que nosotros hemos catalogado como “bifaces enanos” (Foto: F.B.G.)

A medida que va avanzando el viajero, el valle se va estrechando, hasta convertirse en un auténtico hocino (‘jocinu’, en expresión comarcal), o lo que es lo mismo: la quebrada que forma una corriente de agua a su paso por terrenos fragosos.   En realidad, este tramo bautizado como ‘La Rolanguila’ viene a ser el fondo del amplio valle que baja desde los altos de ‘Las Barreras de los Morus’, de ‘El Majail’ y ‘Cabeza Mosquil’.   El topónimo de ‘La Rolanguila’ nos trae el recuerdo de cuando las anguilas subían río arriba y llegaban a colonizar hasta gargantas de alta montaña.  Con la construcción de los pantanos, muchas cuencas fluviales se quedaron sin estos peces teleósteos, que eran manjares exquisitos.  Como nuestro viajero, que debe ir milimetrando el terreno por el angosto sendero de vacas que va paralelo al arroyo, es de por sí curioso, observará entre los ásperos peñascales graníticos un selvático y abigarrado mundo natural, donde se entrelazan escobas, retamas, ‘torviscas’ (torviscos) zarzas moriscas, ‘tamojas’ (tamujos), ‘galaperus’ (espino albar), ‘joranzus’ (almeces), ‘saúgus’ (saúcos), helechos, macollas…  Por encima de los espacios ribereños, masas de encinas, carrascas, alcornoques, algún acebuche y, siglos atrás, bosques de robles, que fueron talados para favorecer la expansión de los encinares y alcornocales.  La abundancia del roble queda constancia en los topónimos conservados hasta el día de hoy, aunque de algunos de ellos se perdió prácticamente la memoria, como es el caso de ‘El Robledo’, que ocupaba varios centenares de fanegas (cinco fanegas componen una hectárea) en la margen derecha del río Alagón.  En el año 1609, tal y como señala el historiador Sebastián Caballero González (‘La Comunidad de Villa y Tierra de Granadilla en los Tiempos Modernos’. Caja Duero, Salamanca, 2008), Don Antonio Álvarez de Toledo y Beaumont, V duque de Alba, concede licencia a la petición realizada por el campesinado para roturar y sembrar los montes de ‘El Robledo’, ya que estaban muy faltos de labor y en estado boscoso.   Solo algunos labriegos ya entrados en edad recuerdan difusamente este hecho y hablan de ‘El Robreu’, que, posteriormente, sería rozado de matas y entresacado el arbolado, eliminándose la práctica totalidad de los robles para el mejor desarrollo de las encinas y alcornoques. El riacho, antes de desembocar en el río Alagón, ha ido excavando el terreno a lo largo de los tiempos y conformó charcos o pozas de cierta profundidad.  El terreno es sumamente abrupto y hay que mirar bien dónde se pone el pie.

Vieja caseta y corral a piedra seca, correspondientes a tiempos que ya periclitaron, en los alrededores del arroyo de “La Rolanguila”, conocidos como pagos de “La Juenti Jocinillu”. (Foto: F.B.G.)
Magnífico ejemplar de piruétano en el valle cuyas aguas van a verter a “La Rolanguila”.  Lamentablemente, está afectado por la enfermedad del “fuego bacteriano” y agoniza lentamente.  (Foto: F.B.G.)

En algunas terrazas ribereñas, asoman afloramientos de diferentes tipos de cuarcita, que, como bien dice el buen amigo Juan Gil Montes, reputado geólogo extremeño, ‘son rocas silíceas metasedimentarias, oriundas de las playas de un mar paleozoico (Océano Reico)’.  Cuarcitas de diferentes colores, debido a cierta presencia de óxidos de hierro (color rojizo), o de manganeso (colores más oscuros).  Posteriormente, aquel material oriundo, tras sufrir orogénicos plegamientos y fracturas, originó enormes cantidades de cantos rodados de gran dureza, con clara factura fluvial, usados por nuestros antepasados prehistóricos para fabricar sus herramientas.  No es muy frecuente que se encuentren depósitos cuarcíticos en el batolito granítico, aunque, si aparecen, suelen hacerlo, generalmente, en los fondos de valle.  Lógicamente, a nuestra gente de la prehistoria se les iban los ojos detrás de ellas, máxime en un área donde el sílex no se encuentra en muchas leguas a la redonda.  Gente del Paleolítico Inferior y Medio y, posiblemente, de períodos posteriores, aprovecharon esta materia prima, siempre con criterios economicistas, ya que, si el sílex no existía, tampoco la cuarcita abundaba sobremanera.  Huellas de su extracción y del desbastado para obtener algunos núcleos están presentes a lo largo de toda la cuenca de esta encajonada garganta.  El estudio de toda esa cadena que conlleva el aprovisionamiento, transformación y utilización del material extraído, sería más que interesante.  Se necesitaría todo un estudio petrográfico, análisis digitales de imágenes y otras técnicas para comprender todo el proceso y llegar a una contextualización.  Pero eso es harina de otro costal, pues habría que involucrar a toda una serie de recursos multidisciplinares.  Dejémoslo estar, esperando que algún día algún hijo de estas tierras pueda realizar algún trabajo fin de Grado u otros ensayos sobre estos yacimientos intra-arqueológicos, como parte de la intrahistoria, que viene a ser la historia de los pobres y a los que solo les toca la lotería, tal y como dicen por estos rincones microcósmicos, ‘de jigus a brevas’.  Y, con el cambio climático y el calentamiento global en auge, los higos y las brevas escasearán y se venderán cada vez más caros.

Arcabuceras” o “ventanalis”, al modo de ventanas practicadas en las paredes de las fincas para que pase el agua de los arroyos.  En este caso, la imagen se corresponde al riachuelo del “Pozu Palaciu”, que, a escasos metros, se juntará con aquel otro de “La Rolobatu” y conformarán la garganta de “La Rolanguila”.  (Foto: F.B.G.)

Por las agrias tierras que resbalan hacia el pedregoso cauce de ‘La Rolanguila’, el viajero puede asistir a la lenta agonía de un sinfín de habitáculos agropastoriles.  Son referentes, levantados a piedra seca, de un mundo que ya periclitó y que tenía otros cómputos radicalmente distintos a los que ahora nos toca vivir, siempre con las prisas comprimiendo nuestras cervices y llevando el estrés bajo la axila.  Son las reliquias de un campo que estuvo sumamente antropizado y donde ya no se ve ni un alma en estas largas tardes, que se estiran como chicles cuando la primavera comienza ya a presumir de ser verano.  Arquitectura a piedra seca, sobre la que se ha hablado mucho en seminarios y congresos, tanto nacionales como internacionales, dictándose normas para su salvaguarda y rehabilitación, que se aconsejaban que fueran de obligado cumplimiento para las distintas Administraciones del Estado.  Mucho luchó por ello, a través de la inolvidable revista de ‘Piedras con Raíces’ (la revista de nuestra arquitectura vernácula), la ‘Asociación por la Arquitectura Rural Tradicional de Extremadura’ (ARTE).  Como director y coordinador, nuestros siempre caros amigos Julián Miguel Orovengua y José Luis Martín Galindo, respectivamente.   La revista dejó de editarse por falta de fondos, la asociación desapareció y las normas emanadas de los congresos dormirán el sueño de los laureles en el cajón de cualquier despacho.  No tardará mucho la dolorosa agonía y esos emblemáticos símbolos que salpican el paisaje no serán más que un rimero de escombros.

Precioso machacador de cuarcita, también de posible origen prehistórico.  (Foto: F.B.G.)

Foto superior: Panorámica del encajonado “jocinu” por el que discurre la garganta o riachuelo de “La Rolanguila”. (Foto F.B.G.)

Texto de Félix Barroso para su columna A Cuerpo Gentil, las opiniones e imágenes publicadas en esta columna son responsabilidad de su autor

Publicado en julio 2023

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