Después de toda la lluvia ácida y negra que se había desplomado en el siglo XIX sobre el territorio de Las Hurdes, de la mano de personajes tan surrealistas como el médico y cirujano Pedro González de Velasco o el jurista y político Pascual Madoz Ibáñez, entre otros, alboreó el siglo XX y, el 7 de julio de 1.904, se crea en Cambroncino la asociación ‘La Esperanza de Las Hurdes’.

Se generaron grandes expectativas sobre sus fines, pero, a la postre, no fue sino una amalgama de intereses cruzados entre la aristocracia, grandes hacendados, eclesiásticos, políticos y otros profesionales, gente ultraconservadora y ultracatólica en su mayoría, dados a la caridad y al paternalismo, que no a la justicia social. También trajo enconados enfrentamientos entre los obispos de Plasencia y Coria. Varios de estos ciudadanos ya habían sacado, en febrero del mismo año, la revista ‘Las Hurdes’, en cuyas páginas colaboraron no pocos de los que habían atizado la leyenda negra en el siglo anterior. Ahora, se acrecentó el número.
En el otoño de 1905, vino Zacarías Barbero Parra al mundo; el cuarto de nueve hermanos. Con toda seguridad que él fue creciendo y nunca supo, como la inmensa mayoría de los jurdanos de las páginas de tal revista ni de las conclusiones del ‘Congreso de Hurdanófilos’, celebrado en Plasencia los días 14 y 15 de junio de 1908. Por cierto, sobre la palabra ‘hurdanófilo’ ironizó sobradamente, sin faltarle un ápice de razón, Miguel de Unamuno en su libro ‘Andanzas y Visiones Españolas’ (1922). Personalmente, me atraganto si alguien se dirige a mí con tan alambicada y rocambolesca palabra. Un congreso sobre los jurdanos y resulta que la práctica totalidad de sus organizadores y asistentes no habían nacido en la comarca. ¡Tiene guasa el asunto!
Tierras Comunales
Nuestro arriero jurdano, que al oficio de la arriería dedicó toda su vida, conociéndose al dedillo todos los caminos y veredas de Las Hurdes, sabía mucho más sobre su tierra que todos aquellos que venían escribiendo tuertas líneas sobre ella. Su memoria oral, que era mucha y bien adobada, como dijimos en la primera parte de esta crónica, la fue volcando en las hojas de la libreta de su nieto Francisco Barbero Gómez. Cuando el monarca Alfonso XIII, salía huyendo, en aquellos días de finales de junio de 1.922, de la comisión abierta, en el Congreso de los diputados, que le había citado por su responsabilidad en las corrupciones del ejército español en Marruecos y por el ‘Desastre de Anual’, donde fueron masacrados por las tribus rifeñas en torno a 15.000 soldaditos españoles hacía justamente un año, Zacarías Barbero Parra rayaba los 17 años. Tampoco supo nada de esto y, si acaso, le llegarían difusos ecos del distractor, oportunista, escapista, pazguato vieja a Las Hurdes que tuvo que sacarse de la manga el Borbón porque se le empezaba a chamuscar el trasero. No tardando, permitió un golpe de Estado a cargo del general Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, a fin de salvar el pellejo y seguir ostentando la depravada corona. Pero el chollo se le acabó en 1.931.

De todo lo escrito, y fue una barbaridad escandalosa lo que se plasmó en todo tipo de periódicos y revistas en aquellos años 20 y 30 sobre la demarcación jurdana, se salvan muy pocas páginas que mantengan en su sitio la necesaria ética periodística. Las notas redactadas por los doctores Gregorio Marañón y José Goyanes, que acompañaron al rey en su viaje, son espeluznantemente injuriosas y calumniosas sobre el paisaje y el paisanaje de Las Hurdes. Pero la memoria de Zacarías, hijo de la alquería jurdana de La Huerta, aparte de desmentir todas esas infamias, nos cuenta, en las páginas del libro ‘Zacarías, un arriero en Las Hurdes’, escrito en el presente año de 2.022 por su nieto Paco, sobre la inmensa propiedad comunal de las serranías jurdanas. Sí, terreno del común. Más de 40.000 hectáreas. Las partas bajas del monte eran susceptibles de convertirse en propiedad particular con el solo hecho de rozar y amojonar la parcela correspondiente. No es propiedad estatal, ni municipal ni de la Junta de Extremadura, porque los terrenos comunales son indivisibles, inembargables, inalienables e imprescriptibles. Si fracasó la desamortización de 1861, que pretendió convertir tales bienes comunales en terrenos de propiedad privada, la dictadura del general Franco, a través de Patrimonio Forestal del Estado, usurpó los comunales para hundir la economía jurdana con las abusivas repoblaciones de pino negral y eucalipto. Toda una ilegalidad que solo puede cometer un Estado totalitario. El que alegue otros títulos de propiedad, que los presente.
Bodas y Gastronomía

Ninguno de aquellos cronistas de tres al cuarto, patéticos impostores, supo hablarnos, como lo hizo Zacarías, que fue testigo directo de ello de los ritos y fiestas del pueblo jurdano: de sus bodas con la ‘Pidía de la novia’, la costumbre ancestral de ‘Porra aentru y porra ajuera’ o aquella otra de ‘La Ará de los novius’; ‘El Tálamu y la Perra Gorda’, ‘El Manteu del noviu’, ‘El Espigueu de la Boa’; las tonás de ‘La Arborá’ y los bailes y danzas de ‘La Jota de dos pasus’, ‘El Picau Jurdanu’, ‘La Enreá’, ‘La Jaba’… Tamboril, gaita y castañuelas. Y aquellas gastronomías de los ‘briñuelus con miel’, las ‘froretas’, los ‘cortaíllus’, las ‘bolluelas’, los ‘matajambris’… para hacer boca por la mañana. Luego, al mediodía, caldereta de carne de macho cabrío con patatas y los ‘rebujonis’. Mucho vino y aguardiente. Y… ¡que vivan los novius, los padrinus y el acompañamientu! O de aquellos otros platos que se comían en muchas ocasiones, como la ‘Torta de patatas’, la ‘Ensalá de narajas aceas’, los ‘Pecis argañerus’, ‘El Jornazu, el ‘Pistu de jongus repicoteaus’, ‘La Lechi cuajá con jigu jinchón’… Bien lo expresa Paco Gómez en el libro: ‘Tuvieron una infancia sin carreteras, sin médicos ni escuelas. Aun así, el abuelo me contaba sus buenos momentos y repetía que la pobreza no estaba reñida con la diversión, que ellos festejaban Las Candelas, los carnavales, la ‘Carvochá’, la ‘Nochi de los Guinaldus’ (noche de Reyes), otras fiestas y que la gente era feliz con lo que conocían y tenïan”.


En otros párrafos leemos: “En aquellos tiempos se daba más importancia al apoyo entre vecinos que a lo material. Se compartía y se prestaba todo. Cuando había que sacar patatas, ‘guañá los praos’, trillar o incluso hacer una casa, todos echaban una mano”. Reinaba la solidaridad y el apoyo mutuo. Pero de esto no dijeron nada los tartufos escribidores de aquellos años. Y cineastas, que también los hubo. Ni de las costumbres del ‘Acetuau’, que no tiene que ver nada con el término castellano ‘exceptuado’, como han afirmado modernamente ciertos investigadores que no acabaron de desmadejar el complejo ovillo de la sociedad jurdana. O de ‘La Garabeta de los mozus en las eras’, ‘El Rastru de la paja’, de ‘La Dúa a verteeru’, de ‘Echal la jera a caminus’… Tampoco contaron nada de los juegos infantiles con los que se entretenían los niños jurdanos: ‘El Truqui’, ‘A Jurrealsi’, ‘El Verdugu’, ‘El Torubitu’, ‘Churru, mediamanga, mangoteru’, ‘El Burru’, ‘La Correa’… Ni de los juguetes que ellos mismos se fabricaban, como ‘los pitus’ con los tallos del centeno, los carros con corcha y madera, o las muñecas con las ‘manzarocas de los millus’ (mazorcas de maíz). No leímos, igualmente, en el montón de páginas que dieron a la imprenta los juntaletras y cagatintas, referencias a la riquísima mitología jurdana, a los temas relacionados con la farmacopea y la etnoveterinaria y, si se les ocurrió hablar de la arquitectura tradicional, fue para denigrar a una vivienda, en todo punto bioclimática, ecológica, en armonía con el entorno y levantada con lo que le ofrecía el entorno (mampostería de bloques pizarrosos, arcilla de los ‘barrerus’, techo y suelo de lanchas de pizarras y maderaje de encina o de enebro). Pero ellos, los plumillas y chupatintas, acostumbrados a ver las artificiales celdas de las colmenas humanas de los altos bloques de pisos de la gran ciudad, la catalogaron como cubil de fieras o antro de pordioseros.
Imposible resumir en esta gavilla de líneas todo lo que se contiene en el libro, de necesaria lectura para todo el que, con sano corazón, sin prejuicios morales ni materiales por lo mucho y malo que habrá leído sobre Las Hurdes, se acerque a esta tierra que tanto aman sus hijos, como lo fue Zacarías Barbero Parra y lo sigue siendo su nieto Francisco Barbero Gómez.

Imagen superior: Bodas de oro de Zacarías y María Guerrero Guerrero, su mujer, que aparecen el centro de la foto. Año 1977. (Foto: Archivos Paco Barbero)
Texto de Félix Barroso para su columna A Cuerpo Gentil, las opiniones e imágenes publicadas en esta columna son responsabilidad de su autor
Publicado en diciembre de 2022





