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Hacia la luz

Si lo piensas bien, es extraño escribir sobre poesía. Me refiero a escribir un texto como este que trate de dar cuenta de un poema, de un libro o incluso de toda una obra y que intente hacerlo, además, en prosa. A ratos se me antoja, en el fondo, una traición, pues parece como si tratásemos de echar el lazo y ponerle los arreos a la forma más indómita de la escritura, esa que se asoma a los abismos del lenguaje, a sus despeñaderos, a esos lugares en los que el decir se quiebra y no podemos seguir adelante si no es saltándonos la lógica, la razón o incluso, si es necesario, la sintaxis, que es como saltarse las leyes de la gravedad en el mundo en que vivimos. Parece como si, al tratar de explicarla por escrito, nos empeñásemos en devolverle a la poesía esa lógica, esa razón, esa sintaxis de las que tanto trabajo cuesta desprenderse al escribir, mutilando sus posibilidades, sus ambigüedades, su capacidad de apelar a sentidos que no sean sólo el común y de hacer sentir, de esa otra manera, lo que las palabras, en su juego más ordinario, no son muchas veces capaces de decir del todo.

Cuento todo esto a propósito de Víspera de la luz, el segundo libro de poemas de Sandra Benito. En el libro de Sandra hay dolor, hay tristeza (los dos términos, por cierto, que más veces aparecen nombrados en sus poemas), pero también hay amor, hay ternura, hay esperanza. Hay una luz que asoma al fondo, y hacia la que la voz poética se encamina, y hay un propósito de llegar a ella a través de la palabra, pero poco más se puede decir de cierto sobre él, poco más se puede saber, aunque todo, o casi todo, se puede sentir, o intuir, esa forma de conocimiento tantas veces segura y que tan poco apela, en realidad, a la razón.

Pero comencemos por el principio, porque el propio título del libro aporta algunas pistas sobre lo que luego nos ofrece, pues víspera sugiere espera, esperanza, deseo, anhelo de algo que queremos que suceda, mientras que luz bien puede ser, como señalaba Enrique García Fuentes en una excelente reseña publicada en el diario Hoy hace unas semanas, “signo de conocimiento”, de “búsqueda de sí mismo”, o incluso, como también apunta, de madurez, aunque si nos dejamos llevar por el lugar común de la “luz al final del túnel”, acaso podría ser el punto final de un período de oscuridad, de incertidumbre, que conduce a la paz, a la liberación, a un bienestar siquiera provisorio, o incluso ambas cosas, pues esta segunda idea, la de atravesar un túnel hacia la luz, no es absoluto ajena, por otra parte, a ese proceso casi místico, casi iniciático, de crecimiento interior del que hablábamos.

Decía antes que el caminar a tientas que sugiere Víspera de la luz se lleva a cabo a través de la palabra, y en ese sentido los ocho poemas que integran la primera parte del libro, la titulada “El destello”, tienen algo no sólo de prólogo, declaración de intenciones o plan de viaje, sino además de poética, de —como también señala García Fuentes en el artículo antes mencionado—, “indagación (…) acerca de la suficiencia de la palabra”. Efectivamente, en estos poemas iniciales, Sandra Benito nos presenta la poesía como una opción de vida que, como sugiere en el titulado “Rayo”, implica, como cualquier otra opción, una renuncia, en buena medida un sacrificio — “Tú renunciaste al mito y huiste entre la maleza / de unos papeles que a veces se te antojan yertos (…) // Pero la vida siempre te ha obligado a elegir: / o renuncias a la palabra o alumbras sus ecos. // Fuera, ellos saben poblar su soledad. / Rodeados están de la vida que tú sacrificas / y que en ti responde a este remoto dejo de tristeza”, dice en ese poema—, pero también nos habla, en otros como “Identidad” o “Reescritura”, del enorme esfuerzo que supone luchar con las palabras para tratar de alcanzar un decir y una verdad propios, nuevos, no prestados, a menudo con resultados inciertos, como el de esos dos versos de los que la autora nos habla en “Primera lectura” y que, según indica en su último verso, acaba odiando para siempre.

Esta primera parte culmina con un poema titulado “Anunciación” que nos abre las puertas de la siguiente y que dice “una luz venida de muy lejos / ha pronunciado tu nombre. // El dolor estancado en tus pistilos / se ha hecho flor y ha criado unos hijos / mudos”. Esa mudez que revela el último verso del poema parece ser la característica principal del dolor y la tristeza que protagonizan o, como poco, subyacen en todo momento en “La luz”, título que la autora da a la parte principal del libro, que parece destinada a ofrecerles voz, a hacer que suenen utilizando como vehículo la poesía, que es la particular forma —como señalan los versos finales del poema “Retablo” — en que late la vida en la poeta.

Sobre la mudez del dolor, y sobre la incomprensión que provoca en los demás, parece tratar el poema “Buster”, en el que la voz poética se proyecta delante de los demás casi ridiculizándose, pero también, en cierta medida, el titulado “Ruido”, con esa niña “que no sabe de los cristales en mi vientre, / del dolor cercado en mis comisuras / cuando alzo los labios temblorosos”, mientras que de la magnitud, del peso aplastante de ese dolor, que por momentos lleva a desear ser otro, trata el poema titulado “Alteridad”. Pero, poco a poco, el decir al que aspira la voz poética, y con el que parece querer exorcizar la tristeza, va abriéndose camino, como parece sugerir el poema “Prematuro” cuando dice “he inventado algo que no es tristeza, / melancolía, / pena. / Ni tan siquiera nostalgia. // He inventado algo con explicación muda”, una sensación que se afianza cuando, ya hacia el final del libro, anuncia en el poema “Definitivo”: “tengo ya varias maneras / de nombrar el silencio”.

De ese modo, después de experimentar el “Desarraigo” y “La derrota”, cuando al fin logra nombrar y decir lo que duele, la autora toma conciencia, en el poema “Pacto”, de que “solo queda plantearse dónde trazar la línea, / dónde dibujar el comienzo de un viaje apenas vislumbrado, / pero en movimiento pendular hacia la luz”, y decide, cuando ya casi ha alcanzado la salida del túnel, que “ahora solo quiero barrer fuera / la sombra que deja tras de sí / la luz”, una sombra, como dice en el siguiente poema, “Redención”, “espesa y triste / empozada en niños transitados / que increpan a los rayos con bocas tensas”. En ese mismo poema anuncia también que “ya no interrumpiré más el tránsito de la luz. // En su lugar —sigue diciendo— me rodearé de espejos / que reflejarán el destello sin curva posible / para que no sea síntoma de sombra, / para que los niños no se enfaden, / para que el dolor se trace bien / y yo permanezca ciega aquí, / envejeciendo, / sin lunas ni soles que desaten la tristeza”, lo que apunta a un anhelo final de una luz más limpia, que sea capaz de iluminar sin dejar atrás sombras o, lo que es lo mismo, dolor, tristeza, y que desemboca en un momento final de paz, que es también de extrañamiento de sí misma tras ese proceso que es, además, de superación, de crecimiento interior, el del poema “Víspera”, cuando dice “nunca sabré quién fui, / donde estuve y con quién / cuando el destello se formaba / y atravesaba ríos y cavernas / mientras yo jugaba sola / en la víspera de la luz.”

Todo esto, asumiendo la traición que supone intentar hablar sobre poesía en prosa y que el resultado ha de ser siempre insuficiente, es lo más que sabría decir sobre este libro intenso, sólido y hermoso de Sandra Benito, que nos habla en sus poemas con una voz serena y templada, muy segura, que sin duda ha asimilado sus muchas, excelentes lecturas, las que ponía de manifiesto, como homenaje, en cada uno de los poemas de su primer libro, Ciudad abierta, y que supera, con Víspera de la luz, como decía el crítico García Fuentes en el ya mencionado artículo, “el segundo peldaño de una trayectoria más que prometedora (…) con una nota muy alta” y que esperamos que, alcanzada ya la luz, no deje de iluminarnos, cuando el lento quehacer de la poesía así lo considere, con nuevos, excelentes trabajos.

Víspera de la luz

Sandra Benito Fernández

RIL Editores

12 euros

Ecotahona del Ambroz

Texto de Juan Ramón Santos para su columna Con VE de libro

Publicado el 18 de noviembre de 2022

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