Barranqueras de Loh Cojónih de Crihtu: Peña Sacra de El Ehcribanu (IX)

Del guijarreño Fabriciano Palomero Batuecas, un informante de primera, ya hablamos en párrafos pasados.  Volvemos a desempolvar las viejas cintas de las grabaciones fonográficas y a colación sale una Juenti de Lah Mesíllah.  Al parecer, estaba al pie de un viejo camino que, saliendo del paraje de Lah Teneríah, donde hay claros vestigios romanos y tardoantiguos, pasaba por el mágico lugar de Zurramandana y se encaminaba a la “Cueva de lah Peñas”.  Los que vivieron antes que Ti Fabricianu relataban que tal trayecto lo recorrían las ánimas en pena en algunos días del año, por la noche y llevando en sus manos huesos al modo de velas y que tenían luz propia.  La fuente de Lah Mesíllah era de “águah cánah”, que, en la zona, son consideradas como aguas de gran calidad y, en algunos casos, mineromedicinales. 

El lugareño Cirilo Jiménez Martín junto al estanque en que acabó convirtiéndose la “Juenti de lah Mesíllah”, un manantial míticamente asociado a la Peña sacra de “El Ehcribanu”.  (Foto:  F.B.G.)

Dicha fuente está a no más de cuatro metros de la peña sacra de El Ehcribanu.  De unos años a esta parte, la fuente se transformó en un estanque fabricado con modernos ladrillos.  Muchos eran los que paraban a beber en ella, pero antes de echar el trago, recitaban el siguiente conjuro: En la juenti Lah Mesíllah, / San Juan s,acercó a bebel; / cumu eran águah cánah, / l,apagó prehtu la sé. / Te l,apagui a ti y a mí / y a lah ánimah tamién. / Gloria al Padri, gloria al Hiju / y al Espíritu Santu, amén.  Al acabar de beber, se cogía un “pelau” (piedra cuarcitosa, que sobreabunda en tales pagos) y se arrojaba en un área del terreno inmediato donde todavía se puede observar un amontonamiento de coloridos cantos.  La voz antigua evoca, por lo que contaron, que antes se arrojaban las piedras sobre la parte llana de la peña de “El Ehcribanu”, junto a la profunda grieta que separa dicha peña de otro risco y donde ya vimos que se taponó esa falla con una acumulación de “peláuh” colocados a conciencia.  Ello nos lleva a emparentarla con el Con da Aventureira, peñasco granítico que se alza en términos de Sanxenxo, Pontevedra.  Este roquedo muestra también una destacada hendidura, a la que se tiraban piedras en el equinoccio de la primavera, con referencias a ritos iniciáticos y de adivinación del porvenir (Peñas Sacras de Galicia:  Martín Almagro Gorbea y Fernando Alonso Romero.  Fundación L. Monteagudo.  Betanzos 2.022).

La impresionante  peña de “El Ehcribanu” vista desde su cara meridional.  (Foto: F.B.G.)
El historiador de las religiones y filósofo rumano Mircea Eliade (Foto: IMER)

Se ha venido afirmando que los lugares sagrados, ya fueren fuentes, rocas, bosques, cuevas, etc., vienen a ser un vínculo entre el hombre y la divinidad.  Nos imaginamos al hombre de nuestra prehistoria reciente y le vemos lleno de temores ante lo desconocido.  Por ello, se echa en los brazos de sus dioses, esperando protección.  Su conexión con la deidad tiene lugar en tales espacios sacralizados, que suelen encubrir muchas claves cosmogónicas, simbólicas o geográficas.  De ello nos da buena cuenta Mircea Eliade, figura clave en el estudio de las religiones, pese a su significación ultramontana.  Los investigadores Luis Benito del Rey y Ramón Grande del Brío coinciden en considerar que para aquellos antepasados nuestros no existían motivos lógicos para levantar ningún tipo de templos, puesto que ese espacio sagrado ya se lo habían ofrecidos los dioses encargados de velar por la naturaleza (Santuarios rupestres prehistóricos en el centro-oeste de España.  Salamanca, 2000).  Solo pequeñas adaptaciones si así lo precisara el lugar, como escalinatas o entalles, un determinado número de cazoletas (indescifrable hasta la fecha el mundo de la numerología de estos pequeños receptáculos excavados en la roca) y otros recipientes necesarios para llevar a buen fin sus mistéricos rituales.  En su trabajo de investigación de campo (Fuente de la Antina: toponimia y arqueología de un manantial salutífero y peña sacra en Villar de Cornejo, Ávila.  Cuadernos abulenses, núm. 48, 2019), el investigador Jesús Díaz Díaz nos dice que cualquier otra intervención sobre el lugar sacro “supondría una forma de sacrilegio, una ofensa a la deidad que se encuentra en tal sitio o donde ha tenido lugar la epifanía.  Ofensa que habría que reparar por haber alterado la esencia de lo sacro mediante algún rito expiatorio, como se ha detectado en diversos manantiales”.

La arqueóloga Bea Comendador Rey entre los intrincados batolitos graníticos del área estudiada.  (Foto: F.B.G.)

El manantial

Existe mucha literatura sobre el culto a las aguas desde épocas muy remotas y que ha pervivido hasta tiempos plenamente históricos.  Los correspondientes rituales tenían lugar, especialmente, en aquellas fuentes de aguas salutíferas.  Con la promulgación de las Leges Visigothorum (año 654), el rey visigodo Recesvinto castiga fuertemente la tradición pagana relacionada con el culto a las fuentes, árboles y piedras.  En el año 675, en vista de que tales condenas habían dado pocos frutos, el obispo Quirico vuelve a cargar con apocalípticos discursos contra tales veneraciones en el Concilio XI de Toledo.  Viendo los jerarcas de la Iglesia Católica que sus prédicas caían en terreno pedregoso, convocaron en el año 681 un nuevo concilio en dicha ciudad, donde aparte de reconocer a Ervigio como rey de los visigodos, sancionar a un montón de clérigos de Galicia por el trato dado a los esclavos, se ordena tajantemente a obispos y jueces seculares la destrucción implacable de todos los lugares consagrados al culto pagano.  Se inició, así, una furiosa tala de árboles, colmatación de fuentes y demolición de peñas, imponiendo severas sanciones a quienes lo impidieran.  Los nobles que practicaran la idolatría serían excomulgados y encerrados por tiempo indefinido.  Bien cierto era que estas prácticas que la Iglesia oficial declaraba como paganas o idólatras habían continuado persistiendo desde el siglo VI, cuando el obispo Martín de Braga ya las condenaba con recta mano en su obra De Correctione Rusticorum.  Y continuarían pese a los anatemas del XII Concilio de Toledo, pues, años después, Valerius del Bierzo (San Valerio de Astorga) pone el grito en el cielo ante la idolatría tan arraigada en el pueblo bajo.  En los Concilios XVI y XVII, también celebrados en Toledo, prosigue la discusión sobre las prácticas paganas y así sucesivamente, pues algunas de ellas llegaron hasta nuestros días, aunque bien es cierto que el paso de la economía de subsistencia a otra de libre y salvaje mercado y con una perversa globalización, ha sido todo un punto de inflexión y solo se conservan estas manifestaciones mal llamadas paganas por las dogmáticas ortodoxias de la Iglesia Católica en remotos pueblos del orbe.

Vista cenital de la profunda trinchera que separa la peña de “El Ehcribanu” de otra aledaña, colmatada por una pared realizada exprofeso con cantos  cuarcitoides. (Foto: F.B.G.)

Con todas estas mimbres para ir alzando el chozo, nos surgen unas preguntas: ¿Qué elementos eran origen de culto para la gente que se movió en torno a la peña de El Ehcribanu?  ¿Veneraban a la fuente, a la propia peña en sí o a la deidad como dadora de aquel locus sacratus, muy en consonancia con el locus amoenus que nos citan los textos clásicos latinos y que tuvo gran resonancia en épocas medievales y renacentistas?  Falta haría una excavación de los aledaños de la fuente y de la peña para obtener fósiles-directores.  Pero como ello es imposible de momento, conformémonos con las referencias eneolíticas que nos ofrece el entorno, donde sí hay pruebas fehacientes de cerámicas de tal período, así como de insculturas y otras posibles artes parietales.

El buen amigo Antonio López Bueno observa una roca llena de cazoletas en el paraje de “El Cerritu”, a un tiro de honda de la peña de “El Ehcribanu” (Foto: F.B.G.)

     Resumiendo, podemos afirmar que para dotar de sacralidad al espacio estudiado contamos con una peña mitificada, representación de una arcaica y nebulosa divinidad y que tiene una forma definida, llamativa y singular, a la vez que goza de representatividad en un punto crucial del paisaje y está dotada de infinidad de cazoletas y de una marmita laboreada en lo más alto del roquedo y que desempeñaría funciones rituales.  Los mitos que lleva aparejados, el arcaico eco de que se arrojaban piedras sobre ella y la fuente que brota casi a sus mismos pies se convierte en todo un suma y sigue.  Y se hiciese el correspondiente estudio topoastronómico, echando mano de los puntos Dechelette, nos llevaríamos otras enjundiosas sorpresas.  Pero esto ya son palabras mayores.  Despidamos esta novena entrega con las palabras que le dedica Mircea Eliade, en su Tratado de historia de las religiones (París, 1964), a estas mayestáticas peñas: La rudeza, la dureza, la permanencia de la materia constituyen para la conciencia religiosa del primitivo una hierofanía.  Nada más inmediato y mas autónomo en la plenitud de su fuerza, nada más noble y más aterrador que una roca majestuosa, que un bloque de granito audazmente erguido…  En su tamaño y en su dureza, en su forma y en su color, el hombre encuentra una realidad y una fuerza que pertenecen a otro mundo, distinto mundo profano del que forma parte.  Las han adorado y las han usado como instrumento de acción espiritual, como centros de energía destinados a su propia defensa o a la de sus muertos”.

Cancho laboreado y con varias cazoletas en el valle de “La Lancha de lah Crúcih”, inmediato a la peña de “El Ehcribanu”.  (Foto: F.B.G.)

Imagen superior: La peña de “El Ehcribanu” vista desde el antiguo manantial.

Texto de Félix Barroso para su columna A Cuerpo Gentil, las opiniones e imágenes publicadas en esta columna son responsabilidad de su autor

Publicado el 21 de julio de 2022

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