Vámonos al Valle del Jerte

Alguien vino a verme y no era, ni mucho menos, un monstruo. No venía de lejos, ni tampoco de muy cerca. Aún conociendo su lugar de origen y hora de partida, uno sintió que llegó a Plasencia como rápida y volada compañía; igual que la anhelada brisa de mar en ardiente verano.

Un avanzar la mañana con café y una oportuna ocurrencia: vámonos al Valle del Jerte, a pintar la mirada con sus paisajes; a que nos refresque la mareína tempranera y también a lo que se tercie. Carretera arriba, caminos abajo paseamos entre parajes con la vista ávida y disfrutona. Al estar en el mes de junio, no pudimos apreciar el valle encapotado con encaje blanco de la flor del cerezo. Una visión que nos hubiera fascinado al igual que a la poeta de Navaconcejo, Irene Sánchez Carrón: “Bajo la nieve sueñan los caminos/con los días azules del deshielo”.
Poco más tarde, surgió un momento de anecdótica distracción. Un sube y baja por la sierra de Tormantos nos llevó a Casas del Castañar con definida intención cervecera (también cerezera) y un alguito para tranquilizar el apetito. Allí, un giro de volante nos incrustó en el barrio antiguo del pueblo. Callejas angostas, enrolladas y empinadas con bonitas casas tradicionales preciosamente decoradas parecían aprisionar el automóvil, como si quisieran retenernos ansiosos en el espacio y en el tiempo.Todo cerrado. No era lugar para almorzar. El Valle jerteño, el hostelero, es finsemanero.

Fotografía de Alfonso Trulls

Después de un paseo en placentera compañía -pisando mullido a zancadas ingrávidas- llegó el momento de caña y tapa al fresco de una terraza campestre escondida bajo un extenso sombrajo natural, al lado de Navaconcejo, a la vera del río. Allí, nos apoderó el bienestar que produce los aromas a piedra y tierra, a cereza y castaña; un lugar en el que los sentidos se relajan, mecidos por el blues sinfónico de las aguas del Jerte.
De vuelta a Plasencia, poco tardaron nuestros cuerpos y estómagos en plegarse ante una de las mesas del monasterio regido por dos monges (que no monjes). Los Monges, restaurante de los hermanos Diego Monge (el fogueado y creativo Chef) y José Antonio Monge (afable Jefe de Sala) es un establecimiento con cuatro ambientes bien diferenciados. Eliges uno de ellos para instalarte y la sonrisa se te expande inmediatamente con el primer vino de Rueda Verdejo (frío, muy frío) y la simpatía de quien te lo sirve. Seguidamente, llega a tu paladar lo inédito: un mágico despliegue de sabores.

Los Monges restaurante Plasencia Extremadura


El apetito se te desborda probando una deliciosa brevedad: los crujientes de carrillera. A esa “entradilla” le siguieron unas verduras en tempura con las que el paladar arranca en aplausos. Finalmente el cabracho con salsa de cigalas y otros “secretos” del chef hacen que tus papilas gustativas y tu estómago estallen en una fuerte y cerrada ovación. Para los postres, los helados, pasteles y tartas (todos geniales y de creación propia) no caben las palabras, pero sí las reverencias. El genio creativo del chef Diego no solo se manifiesta en su calidad inventiva gastronómica, sino también al punto al que llegan sus excelentes carnes (wagyu y buey) además de sabrosos pescados; todo braseado al carbón.
Al final, quien vino a verme se fue despacio, tras una estela de cariño. Me dejó con mi asumida realidad y el convencimiento de que la ocurrencia de disfrutar juntos de una jornada en el norte extremeño no era una opción, fue un planazo.
Esto es solo lo que quería contar.

Publicado en junio de 2022

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