Un silencio de nieve

Me encontré por primera vez con la muerte cuando falleció mi primo Ismael. Yo tendría alrededor de tres años, pero todavía recuerdo el dolor que inundó de golpe mi casa cuando recibimos la horrible noticia por teléfono esa tarde.

Por entonces, además, aún palpitaba la muerte, diez años atrás, con tan solo diez años, de mi tía Choni, congelada desde entonces para siempre en una foto en blanco y negro del día de su primera comunión. Si hablo de esas dos experiencias tan dolorosas es porque creo que, aunque esta no llegase a vivirla y aquella fuese demasiado temprana como para pudiese comprender bien lo que sucedía, las dos me marcaron, grabando a martillazos en mi conciencia la certeza de que los niños pueden morir, una certeza que no he dejado nunca de tener presente, que ha marcado, supongo, mi forma de relacionarme con los niños –con mi hija, con mis sobrinos, con los hijos de mis amigos– y que está agazapada, sin duda, por detrás de un libro tan aparentemente luminoso como es Aire de familia. Y si lo cuento también es porque a esa terrible experiencia, que llevo desde pequeño mirando de reojo y que está detrás de algunas de las cosas que he escrito, se enfrenta con valentía, cara a cara, Dionisio López en su primer libro de poemas, Los nombres de la nieve, recién publicado por RIL Editores.

Los nombres de la nieve tiene algo de exorcismo, de redención por la literatura, de empeño en poner en palabras algo que tendemos a considerar nefando, que tendemos a acallar, a sepultar bajo una losa de silencio. Dionisio López, apasionado lector de poesía y hasta ahora escritor secreto, se ha enfrentado a ese silencio como mejor sabe, a través de sus versos y en diálogo con la tradición que más le gusta –Machado, Alberti, Lorca, el surrealismo, poetas extremeños como Álvaro Valverde, por mencionar algunos de los que dejó caer en la presentación que hizo de su libro en Plasencia, en La Puerta de Tannhäuser–, lo que ha dado lugar a un libro que se lee casi como un gran poema sinfónico, en el que se alternan silencios y tempos suaves y moderados con pasajes de gran intensidad dramática, en ocasiones de enorme dureza. Es curioso, además, que aunque para armar el libro el autor se basó –según nos contó en aquella presentación– fundamentamente en criterios estéticos, rítmicos, buscando la armonía del conjunto, la organización de los poemas –sin duda porque la escritura es sabia, porque la búsqueda de la forma está íntimamente ligada con el fondo, porque escribir nos lleva a descubrir lo que no sabemos que sabemos– ha acabado por corresponderse en buena medida con las fases del duelo, de modo que las tres partes en las que se divide Los nombres de la nieve –“Blanco”, “Silencio” y “Azul”– parecen responder al momento inicial de protesta, de rechazo, que sufrimos cuando irrumpe la muerte, al silencio posterior, a la sensación de sentirnos incomprendidos, y a la aceptación final y a esa suerte de triste calma chicha que sucede a la tormenta, tres momentos en los que, sobre la imagen de la tierra, el polvo o la ceniza, campo semántico al que solemos vincular la muerte –incluso en la liturgia de difuntos–, en el libro de Dionisio se impone, cada vez con mayor intensidad, la de la nieve, con su candidez, con su blandura, con su capacidad para reflejar con intensidad la luz (“desde el silencio de la noche / de una pantalla de hospital / brota de ti la luz”, dice en el poema XXVIII; “no apagaré en mí / la luz que nace del dolor” dice en “Pavesa”), punto de llegada de este recorrido intenso y arduo, escrito desde la distancia y desde la contención y que responde al rotundo convencimiento del poeta de que es posible encontrar, en el dolor, la belleza.

Un libro, pues, tan hermoso como difícil, que, como señala Javier Rodríguez Marcos en la contraportada, “nace de una de esas pruebas, de unos de esos momentos en que las palabras se confunden con un aullido”, que es capaz de transformar el aullido en canción y que marca el comienzo, esperamos, de una fructífera trayectoria literaria.

Los nombres de la nieve

Dionisio López

RIL Editores

12 euros

Publicado el 17 de junio de 2022

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