Pessoa revisitado

Si el Cid, como dicen, ganó una batalla después de muerto, la hazaña de Fernando Pessoa no es menos grandiosa, pues no ha dejado de engendrar heterónimos desde que falleció en Lisboa el 30 de noviembre de 1935, algunos, como Perfecto Cuadrado o Ángel Campos, con nombres tan apropiados que parece como si el poliédrico poeta los hubiera ya dejado anotados, registrados, en alguno de los innumerables papeles de su baúl. Me refiero con esto a una pequeña multitud de poetas, novelistas, traductores, editores o estudiosos –entre los que podemos mencionar también a Antonio Tabucchi, Ángel Crespo, Jerónimo Pizarro o Antonio Sáez Delgado– que, constituidos en una suerte de sociedad ilimitada –y aquí el guiño es para otro pessoano de pro, el escritor y crítico José Luis García Martín–, parecen empeñados en mantener viva la obra y la memoria del escritor portugués y en demostrar que su nombre sigue siendo legión.

En esa nómina podemos incluir también, por sobradas razones, al onubense Manuel Moya, que ha traducido gran parte de la obra literaria de Pessoa, entre ella el Libro del Desasosiego y la poesía de sus tres heterónimos principales, y que, además de ser autor de una biografía en curso de publicación –Fernando Pessoa, la fiebre de sentir, nos acaba de regalar Lluvia oblicua, una novela corta publicada por la editorial Baile del Sol en la que recorre los últimos días de vida del poeta. Su relato arranca con el desvanecimiento en casa de un Pessoa de cuarenta y siete años que es apenas la sombra del enérgico escritor que, veinte años atrás, había revolucionado el panorama literario portugués con la publicación, junto con sus amigos Mário de Sá Carneiro, Almada de Negreiros o Luís del Montalvor, de la revista Orphéu. Los vecinos, preocupados, se apresuran a pedirle un taxi, que lo conduce al Hospital de São Luís dos Franceses, a la consulta de su primo, el doctor Jaime Neves, que enseguida le anuncia que tiene una grave enfermedad hepática y que, si continúa bebiendo, se arriesga a una muerte inmediata, inevitable. A partir de ahí contemplaremos con resignación cómo Pessoa, bajo una lluvia oblicua, pertinaz, recorre los escenarios habituales de su vida lisboeta, desde la mítica Brasileira del Chiado hasta los despachos de las distintas empresas para las que trabajaba traduciendo correspondencia mercantil, sin dejar ni un solo momento de fumar o beber aguardiente, acompañado por gatos que cambian, de una escena a otra, de color, enfrentándose a la muerte casi con alivio, con la sola preocupación de despedirse de algunas personas importantes en su vida, como su hermana Teca u Ofélia, el único amor de su vida, pero también, gracias a un curioso juego literario que Manuel Moya pone en marcha en su libro, de algunas de sus personalidades literarias, convertidas en personajes exentos, reales, que patean las calles de la Lisboa de esta Lluvia oblicua, como Bernardo Soares, el guardador de livros autor de el célebre Libro del desasosiego, como Álvaro de Campos, el más vanguardista de los heterónimos pessoanos, o como el médico Ricardo Reis, autor de las odas, afincado en Brasil, con el que Pessoa habla por teléfono en un momento de la novela.

Manuel Moya aprovecha los últimos días de Fernando Pessoa para resumirnos, al hilo de los acontecimientos, toda su vida, la muerte de su padre, su infancia en Durban, el regreso a Lisboa, los años del primer modernismo portugués, sus grandes empresas frustradas, el desencanto. Toda la vida de Pessoa se ve concentrada en las ciento treinta y cinco páginas de este libro, que parece la condensación, el resultado, de muchas y muy buenas lecturas, no sólo de la obra del propio poeta –sobre todo del Libro del desasosiego, del que se intuyen a menudo citas u homenajes camuflados en el texto–, sino también de biografías como Extraño extranjero de Robert Bréchon, las célebres Cartas de amor de Fernando Pessoa –que escribió, por supuesto, a pesar de considerarlas ridículas–, tal vez las Cartas de amor de Ofélia a Fernando Pessoa y probablemente trabajos curiosos sobre el autor portugués, como Fernando Pessoa, empregado de escritório, de João Rui de Sousa. Un extraordinario bagaje de lecturas que Manuel Moya convierte en una pequeña joya, narrada con mimo, en una suerte de Pessoa condesado que pueden disfrutar tanto los incondicionales–en más de un caso, frikies– del poeta portugués como aquellos que hasta ahora no se han acercado a su vida y a su obra, dejando a unos a otros –estoy seguro– con ganas de leer o releer más.

Lluvia oblicua

Manuel Moya

Baile del Sol

12 euros

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