El Piornal del tío Floro

El Piornal del tío Floro, las memorias de un joven centenario
En el Piornal del tío Floro son muchos los piornalegos que se pueden ver identificados. Solo que a él sus hijos le han ido grabando sus vivencias en audios que son oro puro y que se han plasmado ahora en un libro. Vivencias de un piornalego son unas memorias entrañables reunidas por la prole de Floro y Leandra. “Un regalo a mi padre” resume Juan José, el hermano que ha dado forma al libro en colaboración de los siete hijos del matrimonio.


Es un libro pensado solo para los suyos, no está a la venta, pero se puede consultar en la biblioteca de Piornal, su ayuntamiento o el centro de día donde Floro Prieto va cada mañana. A sus 96 años, el tío Floro vive solo en su casa por decisión propia aunque atendido muy de cerca por la hija que vive en el pueblo y rotando los demás. “Es un fuera de serie” escribe su hijo en el prólogo sobre un hombre que ha querido dedicar sus memorias a su familia, pero también a todos los vecinos que, como él, “han tenido la suerte de vivir en un pueblo estupendo”.


Así es que el libro viene a ser también la memoria histórica de Piornal, el pueblo más alto de Extremadura, y una guía extraordinaria para conocer el mundo rural de antes y valorarlo en su justa medida ahora. El Piornal del tío Floro es el que abrió caminos en las veredas para llegar a las fincas como antesala de las cooperativas. Los cerezos en flor es la máxima expresión hoy en día del turismo en el Valle del Jerte.
Aquel Piornal fue también el que recuperó lagares entre el charco del Calderón o la cascada del Caozo, iconos turísticos hoy en día del norte de Extremadura. Son algunos de los ejemplos que recogen las memorias del tío Floro, Jarramplas de 1955, de cuando las máscaras eran de cartón duro y por toda protección llevaban una pelliza debajo del traje de colores. Doble proeza. Aquel año la lluvia destrozó las tres máscaras de cartón que había previsto y por la noche tuvo que hacerse una cuarta para el día grande. De suerte que no volvió a llover. En su haber tiene que consiguió entrar tocando el tamboril a la iglesia. El cura en aquel Piornal de los años 50 había prohibido esta parte de la fiesta dentro de la iglesia y ya después ha perdurado hasta nuestros días.


Las nuevas generaciones se hacen fotos en el mirador de Piornal a ras del cielo, donde jugaban sus padres entre canchos y donde trillaban los abuelos. Si se le pregunta al tío Floro por su oficio, dirá de agricultor aunque hombre convencido de que la educación era lo mejor que podía dar a sus hijos, hizo de todo y hasta tuvo el bar donde se fraguó la cooperativa que llegó a presidir. Estaba a un paso de la fuente de los lobos de Piornal, hoy todo un museo al aire libre con sus fachadas de colores. La del mítico Jarramplas, por cierto, queda un poco más arriba justo enfrente en la misma carretera que atraviesa el pueblo. Aunque antes, a la derecha, en un esquinazo queda el Museo de Jarramplas, toda una sorpresa del mundo rural.
Con razón en el epílogo del libro, el propio Floro Prieto, dice que “los tiempos han cambiado mucho y para bien” para explicar, eso sí, que muchas de las anécdotas que recoge deben entenderse en su contexto porque hoy en día él mismo las viviría de otra manera. Palabra de un centenario en unas entrañables memorias reunidas por su mejor obra, sus hijos.

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