Villar de Plasencia, un paseo por la desconexión

¿Pasear escuchando el silencio? Es posible en Villar de Plasencia. Su paisaje, su tranquilidad y el reencuentro con lo auténtico son la esencia de este pueblo. Ubicado a pocos kilómetros de la antigua ciudad romana de Cáparra, conserva vestigios de aquella época: la calzada, por la que se puede llegar a la localidad a través de una ruta senderista o la vía pecuaria, en la que aún es posible toparse con un rebaño de ovejas acompañado de sus pastores.

Villar de Plasencia es una de las localidades que forman la Mancomunidad Trasierra-Tierras de Granadilla, una extensión que ofrece una panorámica única desde su mirador. ¿Apetecible? Pues esto solo es el entorno del pueblo. Recorriendo sus calles, se descubre por qué es elegido por los peregrinos para hacer un descanso en su camino.

 El encanto de sus calles

En fachadas como la del ayuntamiento, la ermita de San Bartolomé o algunas de casas particulares  hay una decoración poco usual y muy llamativa, los mosaicos de Mario. Así son conocidos por los vecinos de Villar de Plasencia.

Son obra de uno de los hijos adoptivos de la localidad, Mario Albiñana. Es valenciano, pero su paso por el pueblo deja cada año un nuevo azulejo que refleja una escena cotidiana de las tradiciones villariegas. La técnica que emplea es el trencadís, una minuciosa tarea de unir pequeñas piezas de cerámica a todo color. En ellas se reconocen lugares del patrimonio local, bocados de su gastronomía e, incluso, a otros vecinos en sus quehaceres.

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Los mosaicos de Mario Albiñana permiten hacer una ruta de color por Villar de Plasencia. Foto: Noelia Pérez

Testimonios de su pasado histórico

Muy cerca de Villar de Plasencia pasa la Vía de la Plata, un trazado con más de dos milenios de historia. El pueblo conserva inscripciones romanas de la histórica ciudad de Cáparra en algunos de sus edificios más destacados. Entre ellos está la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, un monumento del siglo XVI con recuerdos de la época gótica. También, en la ermita de San Bartolomé.

Pero quizás el monumento que mejor permite viajar a otra época es el puente de la vía pecuaria, construido en 1792 por mandato del obispo de Plasencia, José González Laso de San Pedro. Allí se sitúa la otra ermita, la de San Antonio de Padua, uno de los rincones favoritos de los villariegos. Tumbarse de noche sobre un cancho a mirar las estrellas es un deleite para los sentidos. Desde la ermita de San Antonio también se inicia el camino real a Plasencia, una ruta que acerca al caminante hasta la capital del Jerte.

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El puente de la vía pecuaria de Villar de Plasencia es una de las estampas más bonitas de la localidad. Foto: Noelia Pérez

Guisos a base de patata

Un gusto para el paladar es probar cada uno de los platos típicos que elaboran los vecinos con productos naturales, de sus huertos a la mesa, como es la patata. En Villar de Plasencia se usa en numerosos platos y cocinada de diferentes formas. Están en las ensaladas, en las migas, en revueltos o en caldos. La base de su gastronomía son los guisos, en su día reconfortantes para los pastores y que tan bien sientan en las paradas de las rutas senderistas.

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Los villariegos bordan platos tan tradicionales como las migas extremeñas. Foto: Noelia Pérez

El aprendizaje a través de sus múltiples senderos

Después de coger fuerzas y de pasar la noche en uno de sus alojamientos rurales, los senderos que pasan por el pueblo son una buena opción para disfrutar de la naturaleza. Por la zona del Ejido y la Laguna de los Mártires el caminante se topa con la actividad agrícola y ganadera de la zona. Los vecinos que aún se dedican al trabajo en el campo son los apropiados para explicar su labor. Si aún hay ganas de más, las rutas por Trasierra, el Valle del Ambroz y el también cercano Valle del Jerte, ofrecen sendas con encanto.

Es fácil pegar la hebra con los vecinos de Villar de Plasencia mientras cuidan sus tierras o su ganado. Foto: Noelia Pérez

 Atardeceres únicos

Si de algo hablan los que pasan por Villar de Plasencia, es de su atardecer. Bien tumbados de nuevo en el mismo cancho (el que dejamos en la ermita de San Antonio) o en su nuevo mirador, los visitantes no pierden la oportunidad de acabar el día con el sello de la puesta de sol. Atardeceres únicos, dicen. Un buen momento para dibujar el camino que lleva hasta el pueblo y todo lo que en él se descubre. Un instante para reconectar con la desconexión.

Publicado en diciembre de 2021

© Planveando Comunicaciones SL

Turismo Extremadura

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