Volcanes que no lo son en el norte cacereño (I)

Corría el año 1876 cuando Romualdo Martín Matías (más tarde cambiaría el apellido Matías por el de Santibáñez) dio a la imprenta el trabajo Un mundo desconocido en la provincia de Extremadura: Las Hurdes. Romualdo era jurdano por sus cuatro costados y fue uno de los escasísimos hijos de la comarca que, en aquella época, tuvo acceso a cursar estudios superiores.  Llegó a ser notario de la villa jurdana de El Casar de Palomero.  Sus ideas eran ultraconservadoras y ultracatólicas y participó en varias campañas políticas, a fin de arrastrar el voto de sus paisanos hacia la facción conservadora, confesional y monárquica.  De aquí que publicara su trabajo en una revista cuya línea editorial encajaría hoy en los postulados de la ultraderecha: La Defensa de la Sociedad.  Pero lo que nos interesa reseñar es que, posiblemente, sea la primera persona que habló del supuesto volcán de la alquería jurdana de El Gasco, perteneciente al concejo de Nuñomoral.  He aquí las palabras que le dedica:

Numerosos afloramientos de aguzadas y dentadas pizarras y miles de fragmentos pizarrosos inundan, bajo un mundo de encinas y carrascas rupícolas, con su correspondiente sotobosque, el flamante y empinado «Picu Cahtillu». (Foto: Genaro Gallego)

El espumoso y suicida «Chorru de la Miacera» despeñándose desde los altos de «La Rocahtillu», visto desde el área del «volcán». (Foto: Genaro Gallego).

También son dignos de estudio los escoriales que se presentan cerca de La Fragosa, pues dan claros indicios de algún pequeño volcán que vomitó por algún tiempo no poca lava, de que hay fragmentos en los alrededores, pero lava tan particular, que presenta de tres a cuatro aspectos distintos, por haberse mezclado con escoriales de alguna mina.  De este volcán se ve aún clara y perfecta una boca y, según lo que he observado, debió tener otras cuatro, que ya se hallan completamente obstruidas.

Actualmente, el recuerdo de este notario permanece en la Casa Rural Don Romualdo, regentada por María Jesús Lorenzo Blanco, en la villa jurdana de El Casar de Palomero.

Este volcán se halla en el esbelto, pizarroso y puntiagudo serrejón de Picu Cahtillu, topónimo que nos suscita un montón de interrogantes.  Y de esta mención como volcán, saldrían relatos legendarios, tradicionalizados, que se extenderían por toda la comarca y otras zonas del contorno.  El notario de El Casar de Palomero no era ningún especialista en geología, por lo que mucho nos tememos si es que de verdad visitó la cumbre del espigado sierro, que semeja una bellísima estructura cónica desde la lejanía, que interpretó a ojo de buen cubero lo que veía.  Posiblemente, como en otras páginas de su trabajo, dejó que su imaginación fabulara, sin ceñirse a la rigurosidad investigadora.  En 1953, nos encontramos con el primer tratado científico sobre este paraje.  Viene de la mano de Luis Carlos García de Figuerola, ilustre geólogo nacido en el pueblo cacereño de San Martín de Trevejo y al que tuve el honor de conocer cuando ya peinaba muchas canas y yo era un joven profesor que triscaba por las montañas de Las Hurdes.  García de Figuerola publicó, en la revista de Estudios Geológicos, núm. 9, el trabajo Notas sobre el volcán de El Gasco, argumentando la existencia de un cono volcánico en tal montaña.  Muchos años después, cuando el que suscribe habló con él, reconocía que sus argumentos estaban desfasados.

«Valli del Marvillíu» (Valle del río Malvellido), que se tiene por el valle habitado más estrecho del mundo. Vista desde el área del «volcán». Al fondo, las alquerías o aldeas de Martilandrán y La Fragosa. En primer plano, «El Chorru de la Miacera». (Foto: Genaro Gallego).

Lavado a la piedra

El buen amigo José Aceituna Suárez, vecino del Gasco, que fue un diestro artesano de las pipas o cachimbas fabricadas con «piedra del volcán». (Foto: «Ericarte»).

No sabemos quién sería el primer jurdano al que se le ocurrió fabricar la cazoleta de una cachimba con las piedras rubefactadas, de gran parecido con las pumitas volcánicas, pero el caso es que la novedad se hizo tradición y, en muchos casos, paisanos del entorno trocaron la cazoleta de raíz de berezu canu (brezo blanco) por otra conformada con piedra del volcán.  Acabaría convirtiéndose como objeto típico, para venderlo a los turistas.  De hecho, los jurdanos siempre acostumbraron a fumar en cachimba el tabacu verdi que sembraban en sus huertos y que, una vez falagau (secado al sol y desmenuzado o pulverizado), lo llevaban en sus petacas de piel de cabra.  Pero lo que no se imaginaban ellos es que aquellos materiales pétreos, de textura escoriácea, supondrían toda una revolución en la década de los 90 del siglo XX, cuando un fabricante de pantalones lavados a la piedra descubrió el filón de las puzolanas de El Gasco.  Se llevó más de 500 furgonetas cargadas hasta los topes de esos fofos pedruscos.  Pagaba el saco a 700 pesetas de la época.  El valle del río Marvillíu (Malvellido), que pasa por ser el valle más estrecho y poblado del mundo, fue todo un hervidero durante cierto tiempo. Los jurdanos nunca tuvieron conciencia de expolio.  Ocurrió lo mismo que, en los años 40 del pasado siglo, cuando los campesinos extremeños extrajeron wolframio, el golfran, que decían ellos, de las vetas cuarcíticas de las zonas granitoides, auténtico oro negro, muy demandado por los nazis durante la II Guerra Mundial para su industria bélica.

Aquel otro buen amigo Cristino Crespo Peregrino, también del Gasco y excelente artesano, que se lamenta que ya es muy difícil dar con una «piedra quemá». El yacimiento fue arrasado clandestinamente a instancias del fabricante de pantalones lavados a la piedra. (Foto. «Ericarte»).

Publicamos la noticia en los medios y, no tardando, contactó con nosotros Enrique Díaz Martínez, geólogo del Instituto de Astrobiología del INTA-CSIC.  Hablamos con amigos de El Gasco para que le sirvieran de guía y se esmeró en investigar más a fondo el misterio del supuesto volcán.  Llegó a la conclusión de que allí no había volcán alguno, sino que, en aquel punto serrano, se había producido el impacto de un meteorito.  La Junta de Extremadura cogió al vuelo la noticia y, al cabo de algunas lunas, la Dirección General de Medio Ambiente, declaró toda un área de 97.000 metros cuadrados como Lugar de Interés Científico, incluido en la Red de Espacios Protegidos de Extremadura (29 de julio de 2003 (Decreto 153/2003).  Curiosamente, por esas fechas, el geólogo Díaz Martínez, había abandonado ya la hipótesis del meteorito y, barajando otros datos, optó, sin análisis arqueológico con la rigurosidad requerida, por calificar al mentado espacio como un castro, cuyos bastiones habían sido sometidos a un pavoroso incendio que produjo un proceso de calcinación-vitrificación de los mampuestos pizarrosos del baluarte.  Toda una declaración de intenciones realizada a las bravas y sin soporte histórico-arqueológico alguno.  Por lo tanto, la declaración como Lugar de Interés Científico por parte de la Junta de Extremadura se convertía en papel mojado y fuera de lugar.   No obstante, dicha institución extremeña aún sigue vendiendo la moto averiada y persiste, en la publicidad al uso, en considerar al paraje como de Interés Científico por haberse estrellado allí un meteorito.

«El Picu Cahtillu» asoma su cúspide cónica, dejando ver, al fondo, a la derecha, las alquerías de La Fragosa y Martilandrán, y a la izquierda, la de El Gasco. (Foto: Vicente Martín Martín).

Años arriba, años abajo, también al alborear el siglo XXI, dieron en aparecer por la alquería de El Gasco un señor con mapas y otros libros en las manos.  Nuestros buenos amigos e informantes de tal pueblo nos refirieron que venían preguntando por los cáchuh de puchéruh, barréñuh y tiéhtuh que habían salido cuando el personal se entregó, de día y de noche, a sacar piédrah del volcán para llenar los sacos y vendérselos al tíu de loh pantalónih. Pero nadie supo contestarles sobre este particular. El señor forastero contrató a unos peones de El Gasco y estuvieron cavando bajo la capa de pizarras escoriáceas.  Profundizaron y su mayor sorpresa fue encontrar unos estratos de excelente tierra fértil, muy apta para cualquier cultivo, que sobrepasaba los 50 centímetros.  Luego, ya solo estaba la marrá, como llaman los jurdanos a la tierra firme o roca madre.  No salió ni un triste trozo de cerámica.  Tampoco lo encontramos nosotros unos años cuando, con varios de nuestros alumnos del Hogar-Escolar de Nuñomoral, entre ellos algunos de El Gasco, emprendimos diversas giras por el Picu Cahtillu y otros parajes cercanos, milimetrando cima y laderas de este emblemático monte.  Solo unas arruinadas corraláh, levantadas con pizarras y destinadas, según nos contaron los vecinos, para almacenar las hojas de carrascas y encinas, que luego se bajaban a la aldea para que sirvieran de cama a los animales.

Fragmentos pizarrosos vitrificados o rubefactados. (Foto: Enrique Díaz Martínez)

En mayo de 2018, dentro del proyecto estatal de investigación La Arquitectura protohistórica en el Occidente de la Meseta.  Arqueotectura y Arqueometría aplicada al patrimonio construido de los castros vettones, se emprenderán unas interesantes investigaciones en el área del legendario volcán, dirigidas por el extremeño Luis Berrocal Rangel, doctor en Prehistoria y Arqueología.  Desde el 2020, es director del Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM).  Pero de ello ya hablaremos en el siguiente capítulo.  Ahora, os dejamos con la crónica y las fotos que la ilustran, algunas de las cuales fueron sacadas por la cámara del buen amigo Genaro Gallego Piñero, dueño del complejo de apartamentos rurales Ramajal Rural, situado en la aldea de Horcajo (concejo de Lo Franqueado), en posesión del Sello de Plata, como acreditación de la calidad de los mismos.

Una de las covachas que se rastrean inmediatas al área del «volcán». (Foto: Vicente Martín Martín).

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Imagen superior: Volcanes que no lo son en el norte cacereño (I)

Texto de Félix Barroso para su columna A Cuerpo Gentil, las opiniones e imágenes publicadas en esta columna son responsabilidad de su autor.

Publicado el 18 de octubre de 2021

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