Barranqueras de “Loh Cojónih de Crihtu”: Peñas Sagradas (III)

Cada vez que se va un anciano de nuestros pueblos, de aquellos que conocían la vía d,antih (la vida remota, que heredaron por transmisión oral) o la vía d,andinántih (la que ellos vivieron en sus infancias, adolescencias o juventud); pues cada vez que muere uno de ellos se va a la tumba todo un archivo de sabiduría popular.  No tardará mucho en que no quede ninguno de estos ancianos.

Fausto Sánchez García, «Tíu Fáuhtu Berrendu», genial tamborilero que fue de Guijo de Granadilla y un notable informante del vivir antiguo. (Foto: Fondos archivísticos de José Luis Barrios).

La espuria modernidad, cargada de homogeneizaciones y globalizaciones, rompió por completo las cadenas transmisoras de la Cultura Oral-Tradicional.  Por suerte, nosotros fuimos de los que, grabadora en mano, recorrimos muchas villas, lugares y aldeas y, desde nuestras adolescencias, grabamos, tal vez teniendo un sexto sentido como ángel de la guarda, la voz antigua de gente que, no por ser, en muchos casos, analfabeta o con poca instrucción reglada, dejara de tener una gran cultura oral, a la que solía acompañar una formidable memoria.  Especial mención merecen los tamborileros de la mítica comarca de Las Hurdes y de los pueblos de su antesala (comarcas de Tierras de Granadilla o Valle del Alagón), los cuales, agrupados en la ‘Corrobra Ehtámpah Jurdánah”, que tuve el honor de crear y coordinar hace ya un montón de lunas, recorrieron (y seguimos recorriendo) numerosos puntos geográficos.

Entre estos tamborileros, se encontraban dos hijos de Guijo de Granadilla, pueblo que es el marco de nuestros trabajos de campo en esta tercera parte dedicada al paraje de Loh Cojónih de Crihtu.  Hablamos de Fausto Sánchez García, nacido el día 23 de septiembre de 910 y fallecido, a la edad de 95 años, el día 2 de enero de 2006.  Más conocido vecinalmente como Tíu Fauhtu Berrendu.  El otro es Juan Fraile Sánchez, nacido el 22 de junio de 1931 y fallecido, a los 55 años, el día 31 de mayo de 1987.  Entre los guijarreños, siempre fue Juan Calañéh.  Ambos, en un viaje en el autobús que nos transportaba a una de nuestras giras etnomusicológicas y folklóricas, acudieron a lo más recóndito de sus memorias para traerme, a trompicones y a saltos, la leyenda de La Peña lah Morínah, según Fausto, o del Moru Juan, según El Calañéh, que se jactaba que era su tocayo.  La citada peña se erige, majestuosa y aislada, sobre una plataforma granítica, que presenta debajo una covacha con dos ramificaciones, donde se rastrea material lítico del Paleolítico Medio y cerámicas presumiblemente del Neolítico/Calcolítico.

Las manos duras y encallecidas del buen pastor y ganadero y mejor amigo Ramón Blanco López muestran unos fragmentos cerámicos, de posible factura calcolítica, encontrados entre las brozas y los ripios de la «Cueva de la Cabra», situada justamente debajo de la «Peña de lah Morínah». (Foto: F.B.G.)

Las dos moras

Juan Fraile Sánchez, «Juan Calañéh», también entendido en temas de flauta y tamboril, que se nos fue demasiado pronto. En la foto, con los quintos guijarreños, en la «pidía del chorizu». (Foto: Fondos archivísticos de Juan José Barrios)

La leyenda en cuestión, resumida, refiere que había dos moras que eran muy poquita cosa, muy bajitas, casi enanas, pero que eran muy marimandonas.  Tenían pinta de brujas y hechiceras, pero se estaban preparando para recibir el bautismo de manos de un monje o ermitaño llamado Pancomió.  Las moras eran dueñas de una gran pastoría de ovejas blancas, de las que se encargaba de apacentar el Moru Juan.  Siempre llevaba el ganado a pastar por la parte de Loh Cojónih de Crihtu, donde había muy buenas vegas, en las orillas del río Alagón.  Por tales parajes, se levanta un alto risco, que tiene labrada una vasalera bahtanti altita (hornacina situado en la parte más alta), donde las moras le dejaban todos los días la merienda a su pastor.  Pero he aquí que un día se les olvidó colocar allí la merienda.  El pastor Juan el Moru, harto de bregar todo el santo día por aquellos quebrados terrenos, llegó muerto de hambre (dicían que comía pol sieti) y, al ver que no había nada en la vasalera, empezó a levantar los puños al cielo y a emporcar a las moras y a todo lo divino.  Todo lo que echaba por la boca lo oyeron las dos moras, que tenían el oyíu máh aguzau c,un buju (el oído más fino que un búho).  Y como ellas eran hechiceras le maldijeron y le echaron encima un montón de malos encantamientos: las ovejas blancas remanecierun cumu borrégah del dimoniu, négrah cumu tizónih y con el rabu culurau, y el rabán queó tó ehgualdramillau, con lah pátah zómbah, chepú y encorujau, siendu un tión cumu era, que midía más de sieti piéh, de doh várah cahtellánah (se transformaron en ovejas del demonio, negras como tizones y con el rabo rojo, y el pastor quedó perniquebrado, con las piernas arqueadas, giboso y escuchimizado, siendo un hombre alto y fuerte, que medía más de siete pies, de dos varas castellanas).  Y contaban Fausto y Juan que todavía se escuchan las esquilas y los balidos de las ovejas, así como las voces del pastor, en las noches ventiscosas del invierno.

La guijarreña Felisa Blanco Sánchez, una excelente informante sobre el mundo legendario de la zona, junto al busto del celebrado poeta José María Gabriel y Galán, cuyos restos yacen en el cementerio de Guijo de Granadilla. (Foto: Luis Bote Solís)

Hablando no hace mucho con la simpática y excelente informante Felisa Blanco Sánchez, cuya hospitalaria vivienda se levanta en la plaza mayor de Guijo de Granadilla, a escasos metros del busto del recordado poeta José María Gabriel y Galán, nos relataba, con pelos y señales, que aquellas dos mujerinas tan viejínah eran cumu brújah que vivían apartáh del mundo.  Tenían su morada entre los parajes de Sieti piérnah y Casagomi, por encima del olivar de La Jolatera, donde aún se ven enormes mampuestos de granito, que sobresalen de un túmulo terroso.  Muy cerca se encuentran la Juenti Jerrera y la Juenti Labrá.  Estos dos últimos topónimos se emparentan con otra interesante leyenda que también nos narró Felisa, referente a la segadora que una mañana, apenas venir el día, halló un hilo de oro tirado en el suelo.  Lo fue recogiendo y enrollándolo en el brazo, pero parecía que no tenía fin y, como ya le pesaba el brazo por la carga, cogió y lo cortó con una navaja.  Entonces, se oyó como una gran explosión, el cielo se cubrió de nubes gordas y negras, tapando el naciente sol del amanecer y una recia voz, que parecía emanar de las profundidades y oscuras aguas de la Juenti Jerrera, clamó: ¡Ay que el jilu d,oru cortáhti y loh áñuh me dobláhti! (¡Ay que el hijo de oro cortaste y los años me doblaste!).  Todo indica que esta leyenda se emparenta con los antiguos númenes de las fuentes.  Merecería todo un análisis pormenorizado aparte.  Pero, ahora, toca hablar de las peñas sagradas y en ello estamos.

Sacra Saxa

Otra vista de la «Peña lah Morínah», cuyos «rebájih» o «remancuádrah» (entalles), practicados para poner los pies y subir a su cima se camuflan entre los muchos musgos y líquenes que la cubren. En primer plano, el perro «Rebelde».

Comúnmente, se utiliza el término Sacra Saxa para referirse a las peñas sagradas, más abundantes, como es de suponer, en los terrenos graníticos, debido a sus características geomorfológicas.  Nosotros nos andamos con cierto tiento a la hora de catalogar a la Peña de lah Morínah como una peña sagrada, entendiendo por tal el ámbito propio de lo sagrado, de la divinidad.  ¿Acaso tal roquedo puede estar empapado de connotaciones sobrenaturales?  Muy cierto que nuestra peña, por su conformación y antropización, se haya aureolada por viejas leyendas, donde lo mítico juega un papel primordial.  ¿Pero ello implica algún tipo de sacralidad?  Contamos con todo un contexto arqueológico en nuestro caso: indicios más que suficientes de materiales líticos del Paleolítico (achelense, musteriense de tradición achelense y musteriense clásico), así como numerosos fragmentos cerámicos que pueden comprender un Neolítico final y parte del Calcolítico.  Vestigios que aparecen en superficie, en derrumbaderos y en las covachas cercanas.  Justamente, debajo de la mentada peña, se encuentra la llamada Cueva de la Cabra.  ¿Tal vez este contexto es suficiente para imbuir de sacralidad al risco?  ¿Qué parámetros debemos manejar para que tales tipos de peñas alcancen la dimensión de hito o documento histórico…?

Aquí lo dejamos.  Que el lector reflexione tranquilamente, que, en el próximo capítulo, aportaremos más mimbres para tejer la cesta.  Y para ello se requieren muchas y variopintas manos.  Toda una labor interdisciplinar.

Ramón Blanco López a la entrada de la «Cueva de la Cabra», entre ripios líticos y cerámicos. Desde que era pequeño, todas estas covachas le resultan muy familiares. (Foto: F.B.G.)

Imagen superior: La «Peña Lah Morínah», en la que se aprecia la «vasalera» (hornacina) practicada en su parte más alta.  Al fondo, el río Alagón. (Foto: F.B.G.).

Texto de Félix Barroso para su columna A Cuerpo Gentil, las opiniones e imágenes publicadas en esta columna son responsabilidad de su autor.

Publicado el 7 de octubre  de 2021

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