Lanzarse a escribir

Hace varias semanas, al hablar sobre El huerto de Emerson, el último libro de Luis Landero, sacaba a relucir a Michel de Montaigne, modelo de escritor que, después de mucho vivido y leído, se encierra en una torre con la humilde pretensión de ver qué es razonablemente capaz de poner en pie con palabras acerca del mundo. No digo yo ahora que Francisco Hermoso de Mendoza sea un Montaigne de Logroño, pero tal vez sí tenga algo que ver Muerto de risa, su primera nouvelle, con ese propósito, el de ver qué es capaz uno de escribir sobre el mundo.

De lo mucho o poco que su autor tenga vivido poco se puede decir, puesto que el único dato biográfico cierto del que disponemos, por la solapa del libro, es el de que nació, como digo, en la capital de La Rioja en 1975, pero que ha leído mucho es algo que podemos afirmar con toda seguridad, como demuestran sus Devaneos, el blog literario del que es responsable y en el que acumula quince años de sabrosas lecturas.

Pues bien, uno lee Muerto de risa y tiene la impresión de ser fruto de alguien que, después de leer tanto y tan bueno, siente el irrefrenable impulso de lanzarse, también él, a la escritura, y que vierte con entusiasmo, en ese primer libro, todo su pequeño mundo, el universo literario que ha ido configurando a lo largo de tantos años de lectura. Lo digo, de entrada, por el carácter su protagonista, Eugenio, que parece pertenecer a una cierta estirpe de personajes –por esquivos y misántropos– más concéntricos que excéntricos, que tienden a la reclusión y al aislamiento y que intuyo que es muy del gusto de su autor. Aunque, tal vez, en el caso de este concreto personaje, su esquivez también tenga algo de defensa, de forma de supervivencia, no en vano corre el riesgo ‒como le advierte su médico, el doctor Troncoso, en el primer capítulo‒ de morirse de la risa, y no es riesgo menor ni remoto, pues, como veremos, Eugenio es, también, de los que se ríe del mundo por no llorar, actitud, en su caso, sumamente peligrosa.

Sucede, además, en esta novela breve, tal vez por la trayectoria crítica de su autor, que la literatura, la narración de las peripecias de ese individuo amenazado por tan singular espada de Damocles, enseguida se vuelve metaliteratura, dividiéndose la escritura, como en un suculento hojaldre, en tres niveles, el del autor (que puede o no ser el propio Francisco Hermoso de Mendoza); el de Eugenio, moribundo de la risa, protagonista de la historia principal, la de una suerte de confinamiento lector en tiempos del COVID; y el de Marcial, un personaje que poco a poco se va abriendo camino y nos va contando su propia historia, que pasa por dos guerras (civil y mundial) y sucesivos exilios, tal vez para ponernos a todos, lectores de estos tiempos convulsos, en nuestro sitio, para recordarnos que, por mucho que hayamos sufrido la terrible crisis financiera de hace algo más de una década y vengamos sufriendo el furibundo ataque del coronavirus, cuyo final y cuyas consecuencias todavía no somos del todo capaces de vislumbrar del todo, no somos, ni de lejos, la generación que más ha sufrido.

Muerto de risa es, en definitiva, una primera novela compleja y ambiciosa que cifra todo un universo narrativo que uno intuye que no tardará en florecer en nuevas, interesantes entregas. Quedamos, por ahora, pues, a la espera.

Muerto de risa

Francisco Hermoso de Mendoza

Ápeiron ediciones

12 euros

Texto de Juan Ramón Santos para su columna Con VE de Libro

Publicado el 3 de septiembre de 2021

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