Rafael Prieto, escritor

Entre otras muchas cosas, Rafael Prieto, fallecido el pasado sábado, también fue a su modo, siempre humilde y discreto, un escritor de éxito. Lo fue con unos libros de vivos colores que publicaba Cáritas Española a razón de dos por año, uno dedicado a los tiempos de Adviento y Navidad y otro a los de Cuaresma y Pascua, con un título común para cada ciclo litúrgico. En libros como El júbilo de cada día, La hermosura de la caridad, Ríos del corazón o Un Dios para tu hermano, Rafael fue volcando durante más de treinta años su fe, su visión intensamente luminosa, amorosa y misericordiosa del cristianismo, y toda su erudición, su conocimiento de los textos sagrados y de la literatura religiosa, teológica y mística, pero también de autores laicos como Camus, Neruda, Saramago o Saint-Exupéry, a los que citaba a menudo en sus obras, que han servido, sin duda, a muchos fieles para profundizar en la fe, en la oración y en la vida cristiana, pero también –estoy convencido– a muchos compañeros sacerdotes en sus labores litúrgicas.

Rafael Prieto

En mi casa conocíamos bien esos libros, no solo porque Rafael, siempre generoso, nos los regalaba, sino porque durante muchos años mi hermano Dani colaboró con él pasándoselos a limpio en el procesador de texto desde los cuadernos de hojas cuadriculadas, de alambre, con aspecto escolar, en que los escribía. Eran cuadernos laberínticos en los que, además de muchas correcciones menores, no era raro encontrar páginas enteras tachadas, con flechas y llamadas con las que ponía luego de nuevo orden en lo escrito, y también era frecuente–como me contaba Dani después del funeral– que, una vez hecho el trabajo, lo corrigiera hasta tres o cuatro veces más, con cambios menores y mayores, hasta alcanzar el resultado deseado. Todo ello es muestra de su intenso trabajo y de su inagotable afán de acercarse a los dogmas y verdades de la fe de la forma más clara, intensa e inspirada posible, un afán que en más de una ocasión le llevaba incluso, en un arrebato casi místico, a arrancarse con versos propios.

Además de esos libros eminentemente litúrgicos, Rafael fue autor de otros títulos religiosos como, por citar algunos, Historia de un racimo vivo, La inspiración cristiana de Don Quijote, Dichosas palabras: las bienaventuranzas, San Juan de la Cruz: dichos de luz y amor o Un hombre de Dios herido de amor trinitario, dedicado al padre Eladio Mozas, fundador de las Josefinas Trinitarias.

Aquejado de una grave enfermedad que lo llevó a internarse en la residencia de mayores de las Hermanitas de los Pobres, Rafael no dejó nunca de escribir. Lo hacía incluso en estos últimos meses, en los que ya no podía abandonar la cama. Fruto de la labor de estos años son títulos como Las obras de misericordia o Espigas y racimos, que recoge, entre otras cosas, numerosos sonetos escritor por él, o un libro dedicado a San José, todos ellos publicados, sin duda, gracias a los desvelos del fiel grupo de personas que lo rodeó estos últimos años. Son, estos últimos, libros que emocionan no tanto por su contenido, en ocasiones vacilante, como si al autor le fallasen las fuerzas, y no remontase el vuelo, y no lograse darle ya a la caza alcance, como por lo que suponen, por la persistencia, por la obstinación, por su pasión por la escritura, y por ser el fruto último de un hombre bueno que, aparte de una enorme y encendida fe en Dios, tuvo siempre, hasta el último momento, una fe inquebrantable en algo tan humano como la palabra.

Publicado el 12 de julio de 2021

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