Una historia buena de narices

Si hay un héroe clásico con el que pueda sentirse identificado un adolescente, ese es Cyrano de Bergerac. En primer lugar, porque a esa edad hasta el más pintado tiene sus complejos, su narizota física o mental, pero también porque Cyrano se mueve sin parar entre la euforia y la melancolía, porque es romántico y audaz, porque es un bravucón con un alma delicada o porque su destino es trágico. En fin, porque tiene, creo, todas las características para que a un chaval en tránsito hacia la edad adulta le pueda caer bien. Yo lo conocí también en esa época, en la película de Gérard Depardieu, que vi por primera vez en uno de aquellos ciclos que organizábamos en el instituto con fines benéficos, a veinte duros la entrada, con un vídeo VHS y un televisor de baja definición. Me fascinó, por supuesto, y aunque desde entonces nos vemos poco (si bien no hace mucho que estuve viendo la película con mi hija, y leí luego la obra de Rostand), seguimos siendo en el fondo buenos camaradas.

Cuento todo esto porque sobre el montaje de una función sobre Cyrano trata el libro con el que Pablo Gutiérrez ganó la última edición del Premio Edebé de Literatura Juvenil, El síndrome de Bergerac. La historia está inspirada en un montaje de esa obra que llevaron a cabo alumnos del instituto en que trabaja, y en ella el autor funde, mezclándolos extraordinariamente, su experiencia como docente y su talento como escritor. Detrás está no solo el profesor que ha vivido de primera mano el proceso de montar con sus alumnos un Cyrano, sino también el que los observa minuciosa, cariñosamente, que sabe de sus euforias, de sus temores, de sus gustos, que sabe articular la trama en torno a la amistad, tan inestable e inesperada (para bien o para mal) en esos años, en torno al amor (tan crucial, tan doloroso), en torno al futuro, que a menudo se les impone, en esa época tan compleja, como una carga, como un castigo.

Y porque sabe de sus gustos, y porque es un escritor muy listo, atrapa a sus lectores más jóvenes con palabras que ellos utilizan (güey o pro se me vienen ahora mismo a la cabeza), pero también con referentes atractivos, que forman parte de su cultura, como Stranger Things, Harry Potter o El Señor de los Anillos, para, a partir de ahí, deslizarlos hacia la Literatura, hacia clásicos como la Divina Comedia, el Decamerón, Romeo y Julieta, la Carta al padre o, claro, Cyrano de Bergerac, e indirectamente, de paso, hacia la narrativa contemporánea, como poco a través del propio libro, escrito con el mismo grado de exigencia (así lo ha manifestado su autor) que empleó para escribir Nada es crucial o Democracia, con su mismo estilo, rico, ágil y eficaz, con la misma estructura de capítulos muy breves que el lector devora casi sin intererarse. También el lector adulto, al que El síndrome de Bergerac, poco a poco y con intensidad creciente, va llevando de vuelta a la adolescencia, devolviéndole por unas páginas, sin apenas darse cuenta, parte de la emoción y del furor lector de entonces, haciéndole sentir, al terminar, alegría, pero también nostalgia de aquellos (a pesar de todo) maravillosos años.

 

(P.D. Si desean saber más del autor o de la obra, les invito a acompañarnos a la presentación de El síndrome de Bergerac el sábado 5 de junio, a las 20:10 horas, en la carpa de la Feria del Libro de Plasencia, en plena plaza Mayor.)

 

El síndrome de Bergerac

Pablo Gutiérrez

Edebé

10,50 euros

Texto de Juan Ramón Santos para su columna Con VE de Libro

Publicado el 28 de mayo de 2021

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