Félix Barroso

Por los Montes de Cáparra: el Fortín de Loh Móruh (I) (XXXIV)

Si nuestro viajero, después de haber milimetrado la Cueva de la Morita, a la que rodea todo un interesante halo legendario y cuyos estratos están revueltos y alterados, desea seguir gastando zapatillas, tendrá que lanzar una corta mirada hacia el noroeste y, a no más de 100 metros, tras saltar una pared divisoria, de mampostería granítica a piedra seca, se encontrará con una formidable edificación.  Toda una grata sorpresa en sus rastreos por estos lómbuh (cerros) que conforman los parajes de La Encina la Patá, delimitados por el Caminu de loh Gamellónih, los regatos de la Juenti el Perru y de El Chorritu los altos berrocosos de Cabeza Tejón y el inmenso berrocal de Lah Canchórrah.

Félix Barroso

Vista aérea del “Fortín de loh móruh” (Foto: IDEEX)

“Muru” o chozo pastoril a piedra seca y con falsa bóveda, para albergue del porquero, a tenor de las zahúrdas que conforman este complejo pastoril, inmediado al “Fortín de loh móruh”. (Foto: F.B.G.)

Se mostrará sorprendido el viajero al observar ese macizo caserón, con muros de casi un metro de grosor, una entrada majestuosa, ventanales de buena labra granítica y ciclópeos bloques que, incluso, aprovecharon los antiguos dueños de la finca colindante, donde está la Cueva de la Morita, para cimientos y parte de las paredes de una caseta destinada a fines agropecuarios.  Pero el viajero se extrañará de que el suelo de la construcción ha mantenido la capa rocosa natural, que no presenta resaltadas jorobas, sino, más bien, simples afloraciones de granito, que tienden a conformaciones planas.  Puede que se hiciesen exprofeso algunos rebajes en la roca madre y se llevaran a cabo otras remociones, buscando fines que se escapan a nuestras pesquisas y que solo nos sacarían de dudas, como tantas veces hemos dicho al referirnos a otros vestigios, una reglada excavación arqueológica.  Sobre este pavimento riscoso, se perciben, pese a la capa de musgos y líquenes, lo que parecen grabados o petroglifos, pero sin que podamos desentrañar sus erosionados y borrosos misterios.  Sin lugar a dudas, al viajero le chocará enormemente un recio y consistente muro, de excelente obra de albañilería, levantado sobre un gran bolo rocoso que se encuentra en medio del edificio. Algunos mechinales en el orondo peñasco indican como si hubiese tenido un piso superior.  En el gran portal se aprecian las dos canterías laboreadas con sus quicios correspondientes, donde pivotarían los portones de la entrada.  A su derecha, adosada al caserón, se ven los restos de otra edificación de forma ovalada.

Félix Barroso

El perro “Rebelde” a la sombra del recio y bien conformado muro que se alza encima de una roca plutónica. (Foto: F.B.G.)

Es natural que el viajero se siga sorprendiendo al comprobar que, incrustados en los gruesos muros, se observen fragmentos de material latericio de factura romana o tardorromana, a juzgar por las digitaciones de algunos trozos de tégulas.  Igualmente, se rastrean otros fragmentos de cerámicas comunes de tales épocas y de otras que, quizás, habrá que datarlas ya en períodos altomedievales.  También, al igual que en la cercana Cueva de la Morita, se distinguen cachos de barriles o barreños de tiempos más modernos.  El edificio que ha conservado la mayor parte de su integridad a lo largo de los años debido a su reciedumbre no nos ha dejado, sin embargo, una sola huella de su techado, lo cual resulta totalmente extraño.  ¿Acaso se vino abajo la techumbre y se llevaron las maderas y las tejas a otra parte?  Aún, los campesinos, cuando comienzan a hacer aguas sus viejas tenadas, retiran tejas y maderas, a fin de aprovecharlas en otras construcciones.

Pared derruida del “Fortín de loh móruh”, con ventanal, en el área este. (Foto: F.B.G.)

Tradición oral

Felix Barroso

Detalla de uno de los varios ventanales que conserva este antiguo edificio (Foto: F.B.G.)

Desconocemos por qué los lugareños entrados en edad llamaban a tal edificio El Fortín de los móruh.  De sobra es sabido que la palabra moru nada tiene que ver con el moro histórico, sino con otro tipo de personaje legendario.  Pero de ello ya hablamos en otras páginas anteriores.  Lo de fortín vendría porque verían en él todo un robusto espacio fortificado, con buenas condiciones defensivas y situado en una posición estratégica envidiable, inmediata al antiguo camino que llevaba de Cáparra a Caurium y al cordel que llevaba a los Báñuh de la Güerta lah Ehtácah (termas romanas que hoy están bajo el embalse de Valdeobispo).  Por los relatos recogidos de la tradición oral, sabemos que, a escasos metros de la entrada de este fortín, en tiempos en que estas tierras se sembraban de centeno, al realizar labores de arada, aparecieron cuatro tumbas de tipo fosa.  Todas las cuatro se acompañaban, según testimonios, de ehcullínah jendíah con piédrah négrah y reluciéntih en drentu y cuchílluh matancéruh jerrumiéntuh (pequeñas ollitas de barro, rajadas y con piedras negras y brillantes dentro, y cuchillos comidos por el óxido, semejantes a los que se usan en las matanzas del puerco). Suponemos que la pieza negruzca, pesada, de textura aciculada, con brillo intenso, argentado en algunas partes, hallada, con otros fragmentos menores, en una hornacina o alacena del fortín, formó parte del material que se contenía en tales vasijas funerarias.  Puestos en contacto con nuestro diligente, experto geólogo y buen camarada, Juan Gil Montes, nos comentó, después de observar la foto, que se trata un mineral férrico conocido como gothita.

Felix Barroso

Arturo García Martín, también un buen amigo, examina unos fragmentos de tégulas en el interior del “Fortín de loh móruh”. (Foto: F.B.G.)

Los paisanos también refieren que el edificio sirvió de centro de operaciones a la conocida cuadrilla de Los Muchachos de Santibáñez, que, sin lugar a dudas, es la partida más emblemática del bandolerismo de cuño social de toda Extremadura (primera mitad del siglo XIX).  Lamentablemente, como ya hemos reiterado en otros artículos, esta partida no ha tenido ni tiene el menor reconocimiento de las distintas administraciones públicas hasta el momento.  En Andalucía -valga el ejemplo-, se ha sabido sacar honesto e histórico rédito al fenómeno del bandolerismo, que es todo un venero de divisas, al atraer un turismo de calidad.  Pero ni siquiera en el pueblo donde vieron la luz la mayor parte de los integrantes de esta partida, conocida en medios universitarios como los primeros anarquistas extremeños, tienen rotulada una calle.  Una serie de malsanos complejos, una visión distorsionada de la Historia y la sequía de imaginación paraliza y bloquea, en muchas ocasiones, las mentes de nuestros administradores públicos y, entonces, nuestras villas, lugares y aldeas sufren el ostracismo propio de la España ignorada.  Ello no quita para que reconozcamos las buenas intenciones de ciertos mandatarios, que intentaron poner en valor a esta partida de antiguos soldados, condecorados por sus valerosos hechos de armas durante la Guerra de la Independencia, pero que se alzaron contra la tiranía absoluta del rey borbón y felón Fernando VII, por haber sido un perjuro y no otorgarle las tierras que les prometieron.

Con la lección bien aprendida, el viajero ya tiene bastantes pasos andados y la mente resueltamente aleccionada.  Siéntese, pues, un rato, a la sombra, que ya viene calentando el astro rey, y léanos, como de costumbre, uno de los románticos y a veces desgarrados poemas que guarda en el libro que lleva en la mochila.

Feliz Barroso

Vista general del interior del “Fortín de loh móruh”. (Foto: J.L. Casas Martín)

ÓSCULO

 

A nadie estoy atado.  Libre soy.

Yo no me enyugo ni me esposo,

que en mi fe de anarquista hallo el reposo

y ella es mi luz por donde quiera que voy.

 

Por un beso que me den, un millón doy.

Pero aún no se estampó, en mí, amoroso

ósculo que, con su fuego ardoroso,

me susurrara: –Por fin, contigo estoy

para estrujar tus labios; y su vida,

su ansia vital, comérmela a bocados.

De ese ósculo tú sujetas su brida.

 

Me lo dicen, Mi Azul, mis atinados

sextos sentidos.  ¡Cúrame esta herida!

Exangüe voy por estos secos prados.

 

(Del Poemario: El Mal Azul)

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Fotografía superior: El buen amigo Juan Eleuterio Sánchez Calle a la entrada del “Fortín de loh móruh”, enclavado en una finca de su propiedad. (Foto: F.B.G.)

Texto de Félix Barroso para su columna A Cuerpo Gentil, las opiniones e imágenes publicadas en esta columna son responsabilidad de su autor.

Publicado el 18 de mayo de 2021

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