Libro de barrio

Repasando algunas de mis lecturas de las últimas semanas (Los caballos inocentes, de Raúl Quirós; Democracia y Nada es crucial, de Pablo Gutiérrez; e incluso Panza de burro, de Andrea Abréu), todas ellas publicadas en los últimos años y que parecen tener en común un cierto sustrato lumpen (el retrato de ambientes de barrio, casi marginales, en los que suceden historias también, muchas veces, marginales, cuando no delictivas, casi siempre incómodas, pues tienden a tensar las coordenadas sociales y morales mayoritarias), me pregunto si esa especie de narrativa de barrio, o de descampado (de literatura descampada clasifica Isaac Rosa la de Pablo Gutiérrez), constituye una suerte de género o de tendencia. Sea cual sea la respuesta, La última vez que fue ayer, de Agustín Márquez, constituiría otro ejemplo más, otro excelente ejemplo más, de ese tipo de novela.

Situada cronológicamente entre finales de los ochenta y mediados de los noventa, en La última vez que fue ayer su autor pone en pie un barrio tipo, intercambiable, que podría ser cualquiera de una ciudad grande cualquiera, siempre que fuese periférico, de extrarradio, al borde de una carretera, un lugar habitado por personajes intercambiables, a los que ni siquiera llega a bautizar con nombre propios –sino con sustantivos comunes (el camello, el informático, el quiosquero, el redactor), eso cuando no se limita a enumerarlos (Chico A, Chico B, Chico C, Chico D)–, con los que nos cuenta una historia que, en cierta medida, también es intercambiable, pues, más allá de los conflictos individuales, retrata con nostalgia (por más que la nostalgia se esconda detrás del sarcasmo) la desaparición de un hábitat, el barrio, que vemos cómo acaba siendo sustituido por otro, el del barrio moderno, no menos sórdido y gris, pese a la planificación urbanística, los lavados de cara y los centros comerciales. Sobre esa pantalla de fondo se proyecta la personal historia del narrador, un tipo cuya salud mental nos ofrece en todo momento numerosas dudas, que anda siempre olisqueando bolas de alcanfor o con las axilas en carne viva de tanto usar desodorante, y que asiste a acontecimientos a menudo terribles que nos cuenta con la más absoluta apatía, con una desnudez de la que acaba aflorando el humor negro, dando lugar a escenas que en unas ocasiones parecen números de clown y, en otras, por lo cruel, guiones de Azcona o películas de Berlanga. Pero el humor, o la risa, es también, en esta historia individual, aparente, pues el trasfondo es un acontecimiento terrible que destruye la familia y la vida entera del protagonista, convirtiéndolo en lo que es, en lo que leemos, en un tipo de dudosa cordura que, para sobrevivir, se aferra al recuerdo, a lo que fue, a la infancia, a la adolescencia, al barrio, por más gris y sórdido que haya sido, a la última vez que fue ayer.

Escrita con pulcritud y con una exactitud tajante que en muchas páginas resulta hiriente y dolorosa, La última vez que fue ayer es una novela aguda, punzante, que nos habla de los márgenes, de los puntos ciegos de nuestra historia colectiva, de la gente que, como el protagonista, crisis tras crisis, recalificación tras recalificación, se fue quedando por el camino, de todo lo que hemos ido dejando atrás, tirado en la cuneta, para llegar a donde estamos (si es que, en realidad, hemos llegado a alguna parte).

 

La última vez que fue ayer

Agustín Márquez

Candaya

15 euros

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