Por los Montes de Cáparra: En la Cueva de La Morita (y III). XXXIII

Continúa nuestro viajero pateando escabrosos terrenos, donde se alzan imponentes roquedos plutónicos.  Él es una persona curiosa e inquieta, defensor de los Derechos del Hombre, de los Animales y de la Naturaleza.

El buen amigo Juan Sánchez Calle por cima de la «Juenti de la Encina la Patá», que surtiría de agua al pequeño poblado pastoril situado a escasos metros. Hoy, la fuente, debido al abandono del campo, está, como todas, cada vez más colmatada. (Foto: F.B.G.)

Es un hombre del siglo XXI, con muchas experiencias acumuladas en el XX y que no encaja en el falso modernismo de los nuevos tiempos, dominado por el Homo technicus, que ha engendrado el neoliberalismo, carente de todo espíritu solidario y que rinde culto al individualismo en su lucha por un bastardo progreso.  Nuestro viajero no se ríe del pensamiento mágico-religioso de nuestros antepasados y está en las antípodas de creer que tal pensamiento era fruto de la ignorancia o de la temerosa sinrazón a lo desconocido.   Desprecia a los espurios progresistas que solo van detrás de los beneficios puramente económicos.  Por ello, no es extraño que estos hijos del capitalismo más insolidario abominen o no presten oídos al latir vivencial de las viejas creencias y sus correspondientes cultos a peñas, a las aguas, a los montes, a la bóveda astral o a los árboles.  Tales creencias no son credulidades ni están contaminadas por dogmatismos teológicos, sino que son las claves para acceder a un mundo rural que, hasta no hace muchos años (sustitución de una economía de subsistencia por otra de mercado y de consumo, con todo el lastre de desgarramiento y desarraigo que supone la globalización neoliberal-capitalista), seguía manteniendo ciertas prácticas cultuales que se remontaban a tiempos nebulosos.  Prácticas, en verdad, ya muy descafeinadas, alteradas y sincretizadas.

Foto aérea del área de la ‘Cueva de la Morita’ y otros vestigios de los que hablaremos más detenidamente en el próximo capítulo. Foto: SIGPAC

Seguro que el viajero, examinando los vestigios que se camuflan entre la hojarasca y el negruzco suelo de la cueva de La Morita, así como su entorno cercano, se hará muchas preguntas.  ¿Estamos ante una covacha-santuario, seleccionada por gente de un brumoso pasado, al captar su mentalidad primitiva ciertas corrientes telúricas que le llevan a intuir que la vida y la muerte son caras de una misma moneda, pero a las que no encuentran una lógica irrefutable?  Hay quienes hablan de que estas posibles cuevas-santuarios se erigieran para los antepasados en algo así como el omphalos, o lo que es lo mismo, el ombligo de la tierra, y ello les llevara a crear toda una teofonía dentro de tal ámbito rocoso, donde el carácter imperecedero de la piedra jugaba un papel primordial.  Dilucidar si esta covacha-santuario, en el caso de que lo fuese, tenía una función funeraria u oferente, o incluso una mezcla de la dos, es tarea harto ardua y de la que solo nos sacaría de dudas una excavación arqueológica.  El popurrí de vestigios desparramados por el abrigo rocoso, que abarcan muchos siglos, desde etapas de la Prehistoria reciente hasta fechas relativamente modernas, necesita de un trabajo más profundo, imposible de circunscribir a media docena de cuartillas.

Vista parcial de la laguna que lame los cimientos del poblado pastoril. (Foto: F.B.G.)

PICOTE PlasenciaEl nombre de la covacha guarda paralelos con otras varias cuevas, conformadas por hacinamientos de bloques plutónicos o pizarrosos, que se extienden no solo por las demarcaciones comarcanas del entorno, sino por infinidad de puntos geográficos.  Cuevas guardadas por viejas, astrosas y horripilantes moras, más negras que un tizón, pero también por moritas muy bellas, que suelen salir a peinarse sus cabellos como el oro con un peine de plata antes de que asomen los primeros rayos del sol; de modo especial en fechas muy significativas, como la mañana de San Juan de junio (solsticio de verano).  Sabido es que estas moras o moritas son personajes mitológicos, que portan distintos nombres, dependiendo de las zonas geográficas.  Como hemos manifestado docenas de veces, nada que ver con el moro histórico, representado, en muchas ocasiones, como un ser despreciable, despedazado por las patas del caballo de Santiago Apóstol; santo este ensalzado, en estos tiempos actuales, por formaciones políticas que hacen de la xenofobia, homofobia y supremacismo sus armas de combate.

Artefacto prehistórico de cuarcita deslascada, recogida al pie de la gran charca, a escasos metros de la covacha. (Foto: F.B.G.)

Etimologías

Lo más socorrido es que la palabra moro/mora procede del latín maurus, que, a su vez, se deriva del término griego máuros, con el significado de negro o moreno.  Como moros, eran designados los habitantes de la antigua Mauritania.  Pero esta etimología, a todas luces, hace referencia al moro histórico, como bien comprenderá el viajero.  Preciso se hace, pues, buscarle otras patas al banco.  Llama la atención comprobar que los nombres de algunos castros de la Edad del Hierro, en áreas del País Vasco, llevan la raíz muru: Muruzábal, Muruzar, Murugain o Muru Astrain, por citar algunos.  En la tradición oral de esta zona, se cree que tales castros y otros monumentos antiguos, incluidos dólmenes y cromlechs, fueron construidos por los mairus.  Por otro lado, nos encontramos con la voz indoeuropea mr-tuos, que puede que provenga del céltico mrvos y que nos lleva al término latino mortuus.  Por ello, podríamos considerar a los moros como los que ya no están; los muertos, los que vivieron cientos de años antes que lo hicieran nuestros trastatarabuelos.

Fragmentos cerámicos de posible factura calcolítica; al fondo, la laguna. (Foto: F.B.G.)

Curiosamente, a medida que se avanza hacia las zonas más meridionales de España, donde hubo mayor islamización, comienza a decaer las menciones al moro como ser mítico, que aún continúa muy vigente en diversas demarcaciones con rasgos muy arcaizantes.  Tal es el caso de la comarca jurdana, tan cercana a nuestros Montes de Cáparra (Félix Barroso Gutiérrez: Los Moros y sus leyendas en las serranías de Las Hurdes. Revista de Folklore, número 50. Valladolid).  El único vestigio que asocian a los moros históricos, dentro de dicha comarca natural, es la construcción de una supuesta mezquita en torno al año 911, sobre la que se levantaría la iglesia del Espíritu Santo, en la villa jurdana de El Casar de Palomero. Una cita sin pies ni cabeza sobre unas maderas con pintura árabe en el mentado templo, dio lugar a que el bulo se extendiera.  La cita aparece en la revista ultraconservadora, ultracatólica de tendencia carlista, antijudaica y reaccionaria La Defensa de la Sociedad.  En ella, publicaría, por entregas, Romualdo Martín Matías (más tarde, cambiaría el apellido Matías por el de Santibáñez), notario natural del pueblo jurdano de Pinofranqueado, el trabajo Un mundo desconocido en la provincia de Extremadura. Las Hurdes (1876).  Investigaciones modernas han puesto en solfa muchas de las afirmaciones históricas que vertió en la revista.  Actualmente, siguen corriendo por las redes sociales, textos, como el de Alma Hurdes, que dan fe de esta mezquita, sin que aporten un solo dato histórico y mucho menos arqueológico. Tampoco hemos recogido, en nuestros trabajos de investigación de campo, relato oral alguno que confirme tal hecho.

Ecotahona del Ambroz

‘Muru’: chozo pastoril a piedra seca y de falsa bóveda, dentro del área estudiada. (Foto. F.B.G.)

Enterado suficientemente el viajero de algunos pormenores de la cueva de La Morita, se dirigirá hacia una laguna, que le queda a no más de 300 metros.  Cabalgará entre los canchos, saltará ágilmente una pared a piedra seca y, en un momento, se encontrará al pie de la gran charca.  A su vera, vestigios de un pequeño poblado pastoril, de posible factura medieval, pero con un sustrato claramente prehistórico, a juzgar por ciertos vestigios.  Pero ello lo dejaremos ya para el próximo capítulo.  Ahora, repose de las andanzas de la jornada y, como cosa usual, saque su libro poético y nos declame, en alta voz, alguno de sus románticos poemas.  Seguro que las aves del cielo vendrán a posarse cerca y le aplaudirán con sus gorjeos.

MAL AZUL

Bien que conozco tal patología.

Me asaltó de golpe, sin decirme ¡hola!

Mestastizó como implacable ola

que golpea sobre la mar bravía

 

y arrasa si es preciso la bahía.

Ella es muy quién para bastarse sola

y con brazos en jarras, cual Manola,

esclavizar y aojar, sin santería,

 

a quien ose retar su AZUL inmenso.

Yo lo intenté y doy fe en mi cuaderno.

¿Bienvenida?: Tal vez, No.  Así lo pienso.

 

¿Mal llegada?: No creo.  No soy eterno.

Y aunque del Más Allá no esté en su censo,

deseo hallarme con ella en el Infierno.

(Del poemario: El Mal Azul)

Texto de Félix Barroso para su columna A Cuerpo Gentil, las opiniones e imágenes publicadas en esta columna son responsabilidad de su autor.

Publicado el 19 de abril de 2021

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