Por los Montes de Cáparra: en la Covacha de La Morita (I) (XXXI)

Deja el viajero las fragas de El Canchal del rey, salta a la vía pecuaria que se encamina hacia el meridión y, nada más empezar a llanear, se introduce, a su diestra, por encinares cuyas raíces las arropan tupidas escobas, retamas, torviscos, esparragueras, piornos y masas de bardales, con la presencia de majuelos (en la zona, galapéruh), algunos rosales caninos y piruétanos.  Agrio paisaje, con mucho berrocal y desperdigados alcornoques y robles.  Ascendiendo por tan pintoresco paisaje, siempre mirando hacia el oeste, si husmea debidamente entre la masa granítica, puede que tenga suerte y dé con una nueva covacha.  En sus tiempos, debió ser utilizada para encerrar algún tipo de ganados (cabritos, puercos, borregos o algún choto), como se desprende de unos mampuestos colocados por la mano del nombre para taponar, en parte, su entrada.

Foto-documento en torno a 1950. Las fuerzas vivas del lugar celebran el ágape correspondiente en el salón de “Ti Gervasiu”, con motivo de la visita del Gobernador Civil y otros jerarcas de los tiempos dictatoriales, a fin de inaugurar el cementerio nuevo. En la foto, el cuarto por la derecha es Teófilo Montero Montero (“Ti Tiófilu el Repelú”), el paisano que nos pasó la información sobre la cueva de “La Morita”. Era, en aquellos años, concejal del Ayuntamiento. (Foto: Archivo F.B.G.)

Conglomerado de rocas plutónicas donde se halla la mentada cueva. (Foto: F.B.G.)

Este abrigo rocoso lo conocí de la mano del paisano Teófilo Montero Montero, con el que alterné muchos días festivos en mis años mozos.  Ti Tiófilu el Repelú, como se le conocía familiarmente en el lugar, nació el día 21 de diciembre de 1909, cuando, en algunas partes, celebraban a San Anastasio y San Severino.  Se libró de la maldita guerra de secesión, que otros llaman civil, porque, desgraciadamente, por culpa de los que incendiaron España con un golpe de Estado el 18 de julio de 1936, dos de sus hermanos ya habían caído en combate.  Tan doloroso suceso evitó que fuera movilizado forzosamente para acudir al frente.  Cuando Teófilo se jubiló, le gustaba cogerse los días festivos a su aire y según su libre albedrío.  Bien remuau (con la reluciente indumentaria de los domingos y otras fiestas de guardar), el flamante sombrero de paño terciado sobre la cabeza, recorría las tabernas del pueblo.  El eterno cigarro en la boca y, en la barra, el vaso de vino.  Y como el que suscribe siempre fue un cierrabares (ahora, la pandemia ha frenado las correrías nocturnas), hizo gavilla muchas noches con Ti Tiófilu, al que, entre vaso y vaso, le arrancaba valiosa información que anotaba en la pequeña libreta que siempre llevaba conmigo.

José María Domínguez Ruano (Josemari “Cuerda”) a la entrada de la cueva de “La Morita”. (Foto. F.B.G.)

Ha de saber el viajero que me gusta y me parece de justicia dar detallada cuenta de mis informantes, que ellos y sus antepasados fueron los que descubrieron los vestigios que, ahora, nosotros diseccionamos a la luz de la etnoarqueología, con la valiosa aportación de los relatos legendarios y otros puntos de vista que ellos nos aportaron.  Y he aquí que Teófilo nos refería que, por lo que le contó su suegro, Tomás Gutiérrez Sánchez, aquel covachu se conocía, según relatos de los de atráh (antepasados), por la Cueva de la Morita.  El cercau donde se halla este abrigo rocoso fue heredado por Zoila Gutiérrez Montero, esposa de Teófilo. Ti Tomáh Gutierri contaba que allí, en el cabeceru del covachu, había un manzano de manzánah envernízah y un maniantal d,águh cánah (fuente de aguas con leve tono gris, que siempre se consideraron en la zona de superior calidad).  Pero he aquí que aquellas manzanas estaban bañadas en oro y las guardaba una bella mora, que vivía en la cueva.  Aquel que lograra robar una de las manzanas y se la comiera lograría el don de la inmortalidad.  Pero solo había un día y una hora al año en que los mortales podían ejecutar tal robo: el día de San Juan de Junio (época del solsticio estival), justamente en el momento que media entre el nacimiento del día y la aparición de los primeros rayos solares, cuando la Morita salía a un riachuelo cercano para peinarse sus rubios cabellos, que eran como hilos de oro, con un peine de plata.  En cierta ocasión, un joven pastor, apuesto y atrevido, logró acercarse, en la mañana de San Juan, al manzano y arrancar de su rama una manzana.  Pero la Morita regresaba en ese momento y empezó a maldecirle.  El mozo salió corriendo, tropezando y rodando la manzana por el suelo.  La Morita encantá le lanzó el peine, que era un arma terrorífica; sin embargo, el galán, que llevaba un recio y alto palo, hizo palanca con él y, dando un gran salto, atravesó el arroyuelo, que iba muy crecido, donde se peinaba la mora.  En ese momento, asomaron los primeros rayos del sol.  La Morita daba grandes voces, lamentándose: ¡Ay, reladrón, de güena te librahti, qu,el arroyu rebasahti!

Extraña estructura granítica en el paraje de “El Chorritu”, descubierta y limpiada por José María Domínguez Ruano. (Foto: F.B.G.)

ESPACIO SACRALIZADO

Ti Tiófilu el Repelú añadía, por boca de su suegro, que la Morita ya había dado cuenta de otros mozos que se atrevieron a invadir aquel espacio sacralizado que estaba bajo su custodia.  Al parecer, fueron ajusticiados por el mágico y letal peine y sus cadáveres están enterrados en las inmediaciones de la covacha.

Peña caballera en las inmediaciones de la citada cueva. En primer plano, fragmentos de cerámica muy rodadas y apenas perfilada recogidos junto a dicha peña. (Foto: F.B.G.)

Hablamos de espacio sacralizado porque, en el mítico relato, confluyen varios elementos simbólicos: la covacha como puerta de entrada al mundo de los muertos e incluso como receptáculo o vientre genésico de la Madre Tierra.  La dualidad vida-muerte tan presente incluso en rituales que se mantienen todavía latentes, como es el caso del Carnaval Jurdanu.  La madrugada de San Juan de junio, fecha mágica en numerosas civilizaciones, al coincidir con el solsticio de verano.  La manzana como símbolo del amor, el deseo y la inmortalidad.  No hay que olvidar, en lo que atañe a la mitología griega, la manzana dorada entregada por la diosa Eris a la más bella de las asistentes a la boda de Peleo y Tetis, lo que levantó una gran polvareda entre varias diosas al haber sido concedida a Afrodita, dando lugar a la guerra de Troya y que Eris pasara a ser conocida como la diosa de la Discordia.  Otro de los símbolos es el agua, representada por el arroyo donde se peina la Morita y que hace de límite fronterizo al espacio sacro que controla dicho ser mitológico.  Todo un sinfín de ritos cósmicos, de iniciación y de purificación se han manifestado a través del agua.

Con todos estos mimbres, ya puede construir el viajero un humilde armazón mental para entrar en los espacios mágicos y sacros del área que rastrea en esta jornada.  Lógicamente, se necesitarían muchas más páginas para diseccionar pormenorizadamente esta enjundiosa y sugerente leyenda, profundizando adecuadamente en la etimología de Mora o Morita y su parentesco con otras Encantadas, como las Xanas asturianas o las Anjanas cántabras; las Lamias vascas o las Mouras gallegas, por citar tan solo algunas, dentro del espacio hispano.

La estructura granítica se encuentra a las sombras de un peñón plutónico, que forma parte del cincho de una “corralá” a cielo abierto que se encuentra en la cara opuesta. (Foto: F.B.G.)

Pero antes de entrar de lleno en la Covacha de la Morita y dar cuenta de los vestigios arqueológicos que encierra, aconsejamos al viajero que, dándole vueltas a sus neuronas cerebrales, regrese donde anduvo la jornada anterior.  Allí, en el paraje de El Chorritu, el buen amigo José María Domínguez Ruano (Josemari Cuerda para sus vecinos y sus amigos) descubrió, a flor de tierra, recientemente, unas estructuras graníticas, que limpió esmeradamente, sin alterar absolutamente ni un milímetro de los estratos arqueológicos. Toda una plataforma pétrea, donde, dejando aparte ciertas diaclasas, muestra lo que parecen logrados y longitudinales cortes en la propia médula rocosa, con el fin de conformar algún tipo de estructura que se nos escapa y que solo podría dar alguna respuesta la reglada excavación arqueológica.  Y una vez que el viajero calibre con sus cinco sentidos estos restos, tome su merecido descanso junto al enorme peñón que sombrea la mentada plataforma granítica y, sacando su poético libro, declame en alta voz, ora alegre y vivaz, ora con pasión desgarrada, cualquier poema.  El inmenso berrocal de Lah Canchórrah, virtuosamente ecoico, será su mejor caja de resonancia.

 

POROS

Para hacerme confusa idea de los poros de su cuerpo,

que medianamente claro lo tenía más que difícil,

era preciso provocar a mi corteza cerebral

para que me sirviera el menú correspondiente.

O bien fijar ojo en la foto y, dotada de sus tres dimensiones,

ampliar pormenores con la lupa

y echar el quilo estrujando cerebro y cerebelo,

a fin de que imaginación hiciese el resto.

Como comprenderéis, muy romántico es lo aséptico y lo blanco,

con ribetes de juglaresco platonismo,

pero no solo de armar versos vive el hombre,

que evolución del orbe le dotó de carne y vino.

 

Mutuamente necesitamos comer de nuestros cuerpos

y beber de nuestras sangres,

acoplándonos los unos con los otros

y no solo por perduración de nuestra especie.

¡Allá dogmas puritanos y teológicos!

Pero a estas alturas de la vida y su película,

considero, y dudo de ir errado,

que me quedé a la puerta del infierno;

no de ese erebo en el que ya ni cree el Papa Francisco,

sino en otro aún peor y que lo guardan canes

más terribles que el perro Cancerbero.

Cerrojo me echó Ella con ímpetu fogoso.

 

Temiendo que mi rojez, más rubicunda que el sonrojo,

enrojeciese su Azul Más Bello que la Crisocola Botroidal,

no permitió ni calzado ni descalzo

arrimarme al calor de lumbrarada

y llorarle con mi rostro hundido en su regazo.

Mal pensé al pensar que Ella era Claire Lacombe,

la mi siempre adorada Rouse Rouge.

Tal vez Sylvain Maréchal tampoco fuera el que arma este poema.

Nos ha trastocado por completo la pandemia.

Y con la puerta me dio en mitad de las narices,

quedándome sin oler y sin lamer sus incitantes poros.

Hacía frío.  Mucho frío.  Aún continúa el largo invierno.

Ecotahona del Ambroz

 

Imagen superior: José María “Cuerda” en el interior de la covacha, examinando un fragmento marmóreo que aparece junto a otros restos cerámicos y de otra índole. (Foto: F.B.G.)

Texto de Félix Barroso para su columna A Cuerpo Gentil, las opiniones e imágenes publicadas en esta columna son responsabilidad de su autor.

Publicado el 8 de febrero de 2021

 

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