Huevos fritos de pandemia

Quizás la epidemia del coronavirus, cepas británica y africana, y lo que te rondaré morena, nos sirva al menos para recuperar la memoria y el sabor de las cosas sencillas, los placeres de nuestra vida de siempre, la vida que añoramos, sobre todo nosotros los españoles. En este sentido, me vienen a la mente esos programas en la tele de españoles por el mundo: a pesar de disfrutar de exquisitas mansiones, surtido de productos y buena vida evocan de continuo lo que han perdido de su infancia, de su tierra, lo que comúnmente llamamos: el sabor de las cosas sencillas. No hace falta ser un lince para adivinar que un rato de amistad entre embutidos y buen vino, la contemplación de un hermoso paisaje, una puesta del sol o una noche serena, o una simple tortilla de patatas… es lo que echan en falta en el saco de sus memorias, “algo” parecido a lo que nos ha ocurrido a nosotros (y nos sigue sucediendo) en este tiempo de pandemia…

Y de súbito me viene también a la mente el recuerdo culinario de un simple par de huevos fritos con buen aceite para mojar con un pan casero… y que anoto para darles una idea de lo que afirmo, distraernos y evocar algo olvidado en la despensa de la memoria.

Todavía hoy pueden verse por algunas calles de las poblaciones veratas, sobre todo si carecen de tráfico rodado, las gallinas que picotean en una y otra parte, tranquilas y pacíficas. Antes no se concebía un paisaje callejero sin el agua corriendo rumorosa por la vía, y la presencia de las gallinas pateando el vecindario. Algunas puertas de casas mantienen aún (ahora cerrada en su mayoría) la denominada “gatera”, por donde entraban el gato y las aves al corral pasando por el patio, si la vivienda carecía de puerta trasera corraliza.

El corral, en La Vera, como en la mayoría de las poblaciones de antaño, era una dependencia imprescindible en la casa, como lo era igualmente, el desván o “doblao” y la solana donde se tendían a secar los frutos (higos, ciruelas, melocotones o albaricoques – “orejones” –, etc.) al sol y al aire. En el corral convivían en buena armonía las caballerías y los cerdos, los patos y los conejos… y las gallinas. Y dentro del corral se ubicaban los recónditos nidos donde era excitante la hora de encontrar los huevos.

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Sirva a este respecto rememorar, según la tradición, aquellas tardes de invierno soleado o verano fresco, y escuchar aquel “pitas, pitas…” de las mujeres por la calle, echando de comer a las gallinas, las de los huevos “frescos y gordos”, aunque no fueran de oro.

Recordemos aquella vieja reflexión: “el barco no se hunde por el agua que le rodea sino por la que entra en su interior”. No permitamos que una inmunda virulencia nos lleve al fondo. Y si ocurre, siempre estamos a punto de tratar al menos de sobreponernos y agarrarnos a ese salvavidas o tablón que nos puede hacer flotar, esas cosas que están a nuestro alcance, a pesar de la confinación a la que hemos estado sometidos y seguimos soportando en este planeta.

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