Por los Montes de Cáparra: El Covachu del Canchal del Rey (XXX)

Nuestro viajero había quedado examinando una giba o verruga arqueológica, o lo que es lo mismo: un montículo artificial y que se nos antoja una especie de túmulo, levantado a escasa distancia de la margen derecha del arroyuelo de El Chorritu, en cuyo lecho apareció la piedra fálica que ya estudiamos en el capítulo anterior.  Como no podemos desentrañar el misterio que esconde este suave promontorio tumular, que solo lo podría hacer una excavación reglamentada, el viajero se tendrá que conformar con pasear por su lomo y reflexionar sobre las muchas piezas de cuarzo lechoso que salpican, medio enterradas, el terreno.

El compañero de fatigas, Arturo García Martín, mostrando fragmentos cerámicos, líticos y una ovalada y pulida pieza de ortoarenita, todos ellos de posible factura calcolítica. (Foto: F.B.G.)

Sabemos que, en algunos enterramientos calcolíticos, ha aparecido material lítico de este tipo, a veces retocado para eliminar impurezas y conformar al modo de una rústica y blanca pelota.  Tal vez, la luminosidad radiante del cuarzo tuviera algo que ver con rituales interaccionados con las creencias en el Más Allá.  En los enterramientos del paraje de ‘La Corra’, relacionados con el asentamiento eneolítico de ‘El Matu”, ubicado en las inmediaciones del río Jurde, aparecieron bastantes piezas como las descritas.  También en la ‘Cueva de la Peña la Zorra”, covacha que tiene muy cerca un panel pizarroso con varios podomorfos (“Valli Madroñal”).  Pero, ahora, el viajero tiene que proseguir su camino y, como la antigua vía vicinale que enlazaba Cáparra con Caurium está cortada por las fincas que dieron en murarse a raíz de la abolición de los señoríos (1837), deberá caminar hacia el poniente y, en un periquete, se encontrará con otra calleja.  Camina unos 500 metros hacia el norte y desembocará en un carril de buen firme y gran amplitud, conocido como ‘Caminu de la Güerta de lah Ehtácah’, toda una vía pecuaria o cabañera que irá buscando el meridión, a fin de vadear el río Alagón y pasar a otros terrenos.

Foto de antiguos rituales en torno a la festividad de Todos los Santos, organizado, en la dehesa boyal y comunal, por el extinto grupo de danzas “Valdelagares” (año 2005). A la derecha de la foto, Florentino Paniagua Jiménez (“Flórih Jollecu, o el de “El Teidi”), el cual nos mostró la “piedra de lah culébrah”, encontrada por su abuelo paterno en la covacha de “El Canchal del Rey”. (Foto: F.B.G.)

Si el viajero lanza su mirada hacia el septentrión, se chocará con un altozano lleno de breñales.  Pronto, se percatará de una enorme peña caballera que destaca entre las demás.  Su apariencia deja a las claras una imagen pétrea de un gigantesco personaje ataviado con un gran sayón. El cancho granítico mayor conforma el cuerpo y la roca redondeada que cabalga sobre tal cancho es la cabeza.  No es extraño que los antiguos pobladores de la zona denominaran a esta mole rocosa con el nombre de ‘El Canchal del Rey’, porque, ciertamente, así parece a una distancia prudencial: todo un personaje real, con su vestidura talar. Como es obligado que el viajero se acerque a tal sitio, pese a lo quebrado del terreno, cuando se encarame en lo alto se dará por satisfecho.  Allí, al lado de la túnica pétrea, se abre una desahogada covacha, con la entrada mirando al norte, que ha deparado fragmentos cerámicos, claramente calcolíticos, y otro material lítico diverso.  Desde los canchos que la rodean, se dominan todos los espacios adehesados que se extienden al meridión, conformados por “cercáuh” o “ciérruh” (pequeñas fincas muradas); algunas tierras abiertas y también alguna huerta ya abandonada, que se conformó en torno a alguna fuente de carácter perenne, como la conocida ‘Güerta de lah Morcíllah”.  Las otras huertas, como el viajero comprobará más adelante, que se hallaban a la vera del río Alagón, fueron engullidas por el embalse de Valdeobispo.

Refieren los paisanos que, en esta covacha, criaban los lobos en tiempos.  Cuentan que, al pie de este abrigo rocoso, dio muerte a una loba, con su escopeta, el labriego Sotero Corrales Pescador.  Y con esa misma escopeta acabaría pegándose un tiro en la cabeza un jueves, concretamente el día 2 de junio de 1949, cuando la Iglesia celebraba a San Nicéforo y Santa Amelia y, en el pueblo cercano, los vecinos estaban metidos en las ferias locales, exactamente en el día de la ‘Feria Vieja’.  Cuando exterminaron a los lobos, fueron las zorras las que se apoderarían de la covacha.

Panorámica de “El Canchal del Rey”, donde la peña caballera semeja una efigie de un viejo monarca. (Foto: F.B.G.)

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La piedra de Lah Culébrah

De los vestigios rastreados en el “Covachu del Canchal del Rey”, el viajero deberá saber que, hace ya muchos inviernos, un pastor llamado Lorino Manuel Paniagua Rodríguez, casado con Sandalia Cabezalí Gutiérrez, en el intento de buscar el “dehlabón” que se le había caído por una “jienda” entre las moleñas del abrigo rocoso, encontró una curiosa piedra. Se había “arriau” (resguardado) en tal lugar para defenderse de la lluvia y, cuando fue a encender la yesca para hacer una hoguera, se le cayó el eslabón y desapareció por una hendidura de los riscos.  Se puso a remover los ripios pedregosos y fue cuando descubrió una piedra, que tenía todas sus caras grabadas.  Al parecer, se la llevó a casa, donde la lavó a conciencia y no tuvo otra ocurrencia que, a punta de navaja o con un alambre, remarcar todas las figuras.  Así nos narraba la historia de esta pieza lítica nuestro buen amigo Florentino Paniagua Cabezalí, nieto de “Ti Manuel Lorinu”, que era como se le conocía en el pueblo, y fundador del bar “El Teide”, por estar situado en el punto más alto del casco urbano de la población.  Florentino, al que siempre se le nombró, vecinalmente, como “Flori Jollecu”, fue quien nos mostró la que él llamaba la “piedra de lah culébrah”, refiriéndonos que había estado muchos años en una “buranca” (mechinal) del corral de su padre, Antonio Paniagua Cabezalí (“Ti Antoniu Lereli”).  Con toda la buena fe del mundo, Florentino había lavado, con agua y lejía, la piedra, a fin de eliminar el polvo y las telarañas, y nos la presentó en un “excelente” estado de revista.  No obstante, posteriormente, nos hicimos con unas fotos obtenidas de cuando la pieza estaba en el corral, ya que Antonio Paniagua se la había mostrado a un paisano aficionado a las lides arqueológicas, residente en Madrid.

La “Piedra de lah culébrah”, una vez lavada con agua y lejía por Florentino Paniagua. Se observa una figura que da la impresión de no casar con el resto de grabados. Podría haber sido obra de pastores no muy lejanos en el tiempo. (Foto: F.B.G.)

La “Piedra de lah culébrah”. Se observa un serpentiforme en una de sus caras. (Foto: J.M.G.B.)

La pieza lítica parece pertenecer a una roca conocida en términos geológicos y paleontológicos como “old red sandstone” (arenisca roja antigua), que no tiene por qué ser precisamente de color rojo, ya que su gama de colores abarca desde el gris y el verde al rojo y morado.  Nuestro buen amigo Juan Gil Montes, experto geólogo, abunda más en el tema y nos dice que es una arenisca silícea, que debe proceder del Complejo Esquisto-Grauváquico de la zona y puede ser clasificada como una grauvaca del período Ediacárico de la Era Proterozoica.  Los grabados, alterados por el lamentable remarcado del pastor Lorino Manuel Paniagua, se adueñan de la piedra; entre los que aparecen diversos serpentiformes (de aquí el nombre de “piedra de lah culébrah”); cuatro artefactos semejantes a lanzas o flechas; un emparrillado, enrejado o empalizada; un escaleriforme; un símbolo de tipo vulvar y alrededor de 20 cazoletas.  Pero lo que no encaja en nuestra cosmovisión de la pieza es un extraño animal, grabado de perfil, con tres cazoletas a lo largo del vientre, ojo y boca bien señalados y una rocambolesca y erguida “oreja” que se asemeja a una maza de las que usaban los aztecas y otros pueblos amerindios.  No nos cuadra este animal y puede que fuera un añadido posterior, tal vez obra de pastores no muy lejanos en el tiempo.  Lógicamente, la piedra necesita, por sí sola, de un estudio más profundo.

Panorámica que se divisa desde el alto del promontorio rocoso donde se halla la covacha de “El Canchal del Rey”. La vista se extiende hacia el meridión, alcanzando los pueblos de colonización de la comarca de “El Valle del Alagón” (Foto: F.B.G.)

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Pero sin complicarle la vida a nuestro viajero, dejamos las elucubraciones para páginas más tecnificadas.  Siéntese el viajero en la plataforma granítica que se encuentra al pie de la covacha de “El Canchal del Rey”, observe el inmenso y arbolado paisaje que tiene ante sus ojos, desde el que se alcanza a observar los blancos pueblos de la zona regable gracias a los embalses de Gabriel y Galán y Valdeobispo y descanse de la caminata.  Y como cosa acostumbrada, saque el libro de los poemas y nos recite, en alta voz, alguna de esas desgarradas composiciones de un poeta que se nos perdió en la profunda inmensidad de la noche:

TARDES DE NOVIEMBRE

En estas tardes de noviembre,

con sol a media asta

y un leve verdor en valles y colinas;

midiendo la tierra por ocrácea pista,

sorteando las bostas de las vacas

y teniendo de frente y al poniente monte isla

que llaman la Sierra de Dios Padre,

a cuestas cargo con medallas de cobarde,

o tal vez me equivoque y sean de valiente

que intentó navegar en Azur mar

y no supo remar contracorriente.

Malditas guerras y más cuando las paces

las heridas no las cierran.

 

En estas tardes de noviembre,

que se van en un soplo y se vuelven fúnebres

cuando el sol traspone por los cerros;

atravesando valle que fue de Los Zarzales

y que ya nadie conoce por tal nombre,

versos voy rimando a trompicones:

son grisáceas lágrimas de plomo

con las que alocadas rachas de viento

golpean doloridamente los terrenos.

Pidiendo consuelo, me desgañito a voces,

pero el eco se pierde entre encinas y alcornoques.

Judas vaga por terreno hostil

y ve cómo la higuera se deshoja en el otoño.

En estas tardes de noviembre,

cuando frío aire del norte

remueve el vientre de los feos nubarrones

y chaparrón hostiga ventolero,

con mi lápiz en ristre y mi cuaderno

solía irme al socaire de visera de una peña

o de tronco y gruesa rama de algún árbol;

pero ahora dejo que la lluvia

rebautice laicamente mi cabeza

y enfríe paranoia que arde en mi cerebro.

Gafado voy y con dorsal número trece,

como estos trece versos que componen cada estrofa

de esta higuera donde solo queda ya una hoja.

El paisano Arturo García Martín ante un “chifardu” (construcción pastoril) ya arruinado, en las inmediaciones de la covacha de “El Canchal del Rey”. (Foto: F.B.G.)

Fotografía superior:  La covacha de “El Canchal del Rey”, dentro de los batolitos graníticos del paraje de “Lah Canchórrah”.  (Foto: F.B.G.).  Foto para encabezar la crónica.

Cantero Abogados Plasencia

Texto de Félix Barroso para su columna A Cuerpo Gentil, las opiniones e imágenes publicadas en esta columna son responsabilidad de su autor.

Publicado el 14 de enero de 2021

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