Impresiones de un foráneo

El balneario termal: lo histórico innovado de modernidad

Estaba situado a un kilómetro del pueblo más cercano. El viajero llegaba por una carretera lindando con un elevado muro de piedra que se cortaba en la entrada principal: una gran puerta de dos hojas anchas y altas de hierro forjado. Al cruzarla, uno se encontraba con un extenso y frondoso parque que, poblado de plantas y centenarios árboles, apenas dejaba ver un salteado de pequeñas estatuas. Ninfas y otras figuras imprimían majestuosidad al conjunto e imponían seriedad al visitante.

A la izquierda del parque, quedaba la zona social compuesta por una solemne escalinata que daba acceso a una amplia terraza con balaustrada granítica, y al fondo de esta, talludas puertas acristaladas permitían acceder a tres espaciosos salones. Uno dedicado a la lectura; otro, acondicionado para la práctica de juegos de mesa, y un tercero que desempeñaba las funciones de bar y cafetería de rancio abolengo. A la derecha de esta zona y una vez que se hubiera recorrido un buen tramo de parque, se encontraba el hotel balneario.

Balneario clásico. Foto: Alfonso Trulls

Durante algunos veranos de los años 60, uno solía frecuentar ese balneario con mis padres, escapando del caluroso agosto capitalino. Era un destino no muy prometedor para un adolescente. Aunque allí se podía nadar, remar en lancha o practicar el piragüismo en un lago de aguas termales cercano al parque, solo los paseos, los aperitivos, la lectura y el estudio (como era mi caso) eran las solaces actividades que podían ocupar las jornadas que allí transcurrían en calmosas e interminables horas. Las personas mayores disponían de más trajín. Un viejo y diminuto autobús les recogía en la puerta del hotel, les llevaba y devolvía  de las zonas termales: cascada de agua caliente en gruta donde realizaban inhalaciones; piscina cubierta con chorros de agua para masajes corporales y otros ejercicios en bañeras con fuertes chorros acuíferos.

 

Los sábados por la noche, la terraza de la zona social se habilitaba para cenas festeras, más propias del fin de semana. Una mínima orquesta amenizaba el ambiente interpretando piezas de música bailable para aquellos que, tímidamente, se arriesgaban a menear el cuerpo. Allí, uno aprendió a bailar el foxtrot (no quedaba otra) aunque muy de vez en cuando la orquestina alborotaba a la concurrencia con algún mambo o chachachá; sin embargo, eran los tangos los que realmente motivaban los giros y balanceos de los añosos clientes. A medianoche, un vals devolvía el público a sus aposentos mientras los camareros desmontaban el tinglado y los músicos recogían sus bártulos. En aquellos años, los balnearios estaban llenos de Historia y aguas pero vacíos de entretenimiento.

Al día de hoy, el concepto que define a este tipo de establecimientos como aburridos hoteles sanadores de clientela mayoritariamente vetusta, parece estar revocado. Un ejemplo de ello es la extremeña y prestigiosa Villa Termal de Baños de Montemayor, unas termas romanas cuyas aguas fueron ya premiadas en la Exposición Mundial de París en el año 1900.

Situada dentro del incomparable entorno del Valle de Ambroz y rodeada de Historia y arquitectura romanas, ofrece una amplia diversidad de servicios tanto para el cuerpo como para la mente, todo ello con un variado conjunto de actividades deportivas y de entretenimiento. Una joya de emplazamiento para sanear y embellecer el cuerpo en el que la modernidad está presente en sus instalaciones. Aunque lo histórico permanece enaltecido, el concepto descarta definitivamente la decadencia y el tedio que caracterizaba a los balnearios de pasadas épocas.

Publicado el 25 de enero de 2021

Texto de Alfonso Trulls para su columna Impresiones de un foráneo. Las opiniones e imágenes publicadas en esta columna son responsabilidad de su autor.

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