Por los montes de Cáparra: La Piedra Falo (XXIX)

Relatamos que el camino, convertido ya en calleja, que viene atravesando estos parajes de Santa Marina la Vieja y Lah Canchórrah, permanece en la memoria colectiva de los paisanos de la zona como el que unía los núcleos romanos de Capera (Cáparra) y Caurium (Coria).  Se trataría de una calzada secundaria o viae vicinales, cuya anchura solía ser de cuatro metros. Su tipología encajaría en las viae terrenae (vías de tierra). El viajero se extrañará que el camino no cumpla, ni por asomo, esas medidas en muchos tramos.  El hambre de tierra que siempre ha existido en el medio rural ha dado lugar, históricamente, a auténticas cacicadas, con la complicidad de los Ayuntamientos, que callaban y miraban para otro lado cuando se usurpaban terrenos pertenecientes a los caminos de dominio público, ya fuesen cañadas, cordeles, longueras, mangas o veredas reales.  De alguno de estos caminos no queda ni la menor huella.

Panorámica de los quebrados terrenos de “Lah Canchórrah”, plagados de bolos plutónicos que adoptan pintorescas formas. (Foto: F.B.G.)

El viajero enfila el camino hacia el poniente, caminando por algunos tramos propensos a encharcarse en los inviernos y que conserva algunas escasas porciones del grosero y rudimentario pavimento, a base de gorrones apisonados.  En su día, cuando la vía conservaba su esplendor, seguramente tenía zanjas de desagüe y el correspondiente statumen (basamento), al objeto de adensar el suelo y evitar los encharcamientos.  Prosigue el viajero entre los muros de moleñas que separan las fincas del camino, flanqueado por todas partes por enormes peñas caballeras, pedrizas, tors, berrocales y otros bolos plutónicos, plagados de acanaladuras, pilancones, nerviaciones, rizaduras, diaclasas y taffonis.  Pero cuando más contento va, se encuentra con una pared y una engarilla (cancela) que le corta el camino.  Uno de esos característicos cercáuh (fincas que no suelen sobrepasar las 6 hectáreas, con mucha quercínea y monte bajo, y dedicadas hoy en día para que pasten vacas de carne y, en menor medida, ovejas o cochinos ibéricos) se le ha atravesado a nuestro viajero en su risueño zancajear.  La finca en cuestión es de un buen amigo nuestro, ya conocido por estas páginas, José María Domínguez Ruano, que la heredó de sus mayores.  ¡A saber cuándo se cortó el camino y se muraron lo que antes eran tierras abiertas!  Ni memoria queda de ello.

Josemari “Cuerda” con la piedra fálica en el mismo lecho del arroyuelo donde se la encontró. (Foto: F.B.G.)

La piedra-falo, todo un símbolo de poder y fecundidad, e incluso amuleto para espantar los maleficios, para antiguas culturas. (Foto: F.B.G.)

Por el cercau de Josemari ‘Cuerda’, que así es conocido en la zona, corre el arroyuelo o garganta de El Chorritu, que nace en la Juenti el perru y va a desembocar al río Alagón a la altura de donde estuvo el llamado Molinu de lah Cuatru Ruéah Bajérah (en castellano, molino de las Cuatro Ruedas Bajeras), también conocido como Molinu de Ti Precisu.  Lo de Precisu correspondía al apodo que llevaba el vecino de estos agrios terrenos, Gabino Hernández García, dueño de la aceña y todo un personaje.  Permítanos el viajero que le contemos cuatro líneas de su vida.  Nació el mismo día que moría el famoso compositor Francisco Asenjo Barbieri, o sea, el día 19 de febrero de 1894. Era un auténtico ecologista y no consentía que nadie les hiciera daño a las aves del cielo.  Por ello, sabedor que el párroco del pueblo empleaba la escopeta para matar a las cigüeñas que osaban anidar en el tejado de la iglesia, se las guardó bien guardadas.  Un año asistió a la procesión de San Antonio y, cuando las mujeres entonaban el popular canto religioso de ‘Loh Pajarítuh’ y les llegaba el turno a las cigüeñas, se adelantó a la comitiva y, a grandes voces, le dio la vuelta al cántico: Salgan cigüeñah y ehcapin // de la ehcopeta del cura, // que si a ehcapi no voh vaih, // no vaih a queal nenguna.  A continuación, el estribillo: Ílvuh lah cigüéñah, // que el cura voh mata, // no jagáih loh níuh // en la iglesia santa.  Y vino una segunda estrofa: Probecítah lah cigüéñah, // que mal no jadin a naidi. // Ellah moh limpian de bíchuh // loh güértuh y loh genálih. Y remató la faena con otro estribillo: Peru el nuehtru párrocu // eh un vengativu; // cogi la ehcopeta // y lah mata a tíruh.  El escándalo fue mayúsculo.  Llamaron a la Guardia Civil y dieron con él en el cuartelillo.  Épocas oscuras e inquisitoriales.  No hacía mucho que había terminado la guerra.  Mandaba el fascismo totalitario y una Iglesia dogmática que levantaba el brazo en alto. Ti Gabino se ganó unos buenos zurriagazos, a asistir a misa de alba de rodillas durante una larga temporada y a pagar una sangrante multa. Luego, los mozos, los días de fiesta, con el vino trasegado, cantaban esas estrofas y se descojonaban vivos.

La piedra Falo

Había quedado el viajero en el paraje de El Chorritu.  Pues en el propio lecho de ese regato o arroyuelo, de pura casualidad, el amigo Josemari Cuerda halló, hace ya algunas lunas, una piedra fálica.  Lamentablemente, está truncada por su parte inferior.  No obstante conserva perfectamente la conformación pétrea que la asemeja a un falo.  La pieza es de ortoarenita, con un anillo de cuarzo lechoso que contornea lo que se puede entender como glande o balano.  Ni que decir tiene que esta pieza lítica llamaría poderosamente la atención a los integrantes de otras culturas que recorrieron o se asentaron por estos parajes.  Sería recogida y retocada levemente, pues su conformación natural guardaba enorme semejanza con un pene erecto, propio de un hombre.  También fue manipulada, como se desprende de las huellas de su uso, manifestada en la pátina y en ciertas escoriaciones o diminutos deslascados que se aprecian más en el glande.

Detalle de la piedra-falo, con claras huellas de su uso. Algunas hipótesis también apuntan a sus funciones como consolador. Debido a sus connotaciones sexuales y sensuales, todavía hay museos que guardan en sus fondos estas piezas líticas, sin atreverse a exponerlas públicamente. (Foto: F.B.G.)

Los Monges restaurante Plasencia ExtremaduraSe preguntará el viajero que hacía una pieza lítica semejante en el lecho del arroyuelo de El Chorritu.  En primer lugar, hay que puntualizar que el culto al falo se remonta a las más antiguas civilizaciones en cualquier punto de nuestro globo terráqueo.  Si tenemos en cuenta que la supervivencia del grupo, de la comunidad, dependía de la fertilidad de la mujer, es muy lógico que se generaran toda una serie de elementos cultuales en torno al falo.  La preocupación constante porque la vida continuara, tanto a nivel humano como animal, elevó a la fecundación a estadios donde la veneración al falo se manifestaba fehacientemente desde tiempos paleolíticos.  ¿Acaso un menhir no es sino el enorme falo que penetra la madre tierra y todo un canto a la fertilidad?  Pinturas parietales, petroglifos, amuletos y otras representaciones del falo han estado presentes en la vida de nuestros antepasados, los cuales mostraban menos prejuicios morales que algunos investigadores en temas arqueológicos o ciertos museos que consideraban tabú el tratar esta temática.  Una absurda y patética autocensura, cargada de un falso pudor, dio lugar a que las piezas fálicas que aparecían en excavaciones se escondieran en los recovecos más ocultos de los museos y no fueran expuestas al público.  El dogmatismo doctrinal de algunas religiones, entre ellas la cristiana, anatematizaba todo lo que tuviera relación con el sexo.  Solo se permitía estudiar estos objetos, en gabinetes secretos, a investigadores de una moral intachable.  Hipocresía y puritanismo puro y duro.

“Corralá” (habitáculo agropastoril) aprovechando la visera de un risco plutónico, en el que se observan pigmentaciones que no son propias de la composición granitoide de la peña, y “goterones” (canalículos practicados en la roca para desviar el agua de la lluvia), dentro del área estudiada. (Foto: F.B.G.).

No tenían tantos escrúpulos y aprensiones los romanos, como no los tuvieron otros pueblos que les precedieron.  En Roma, el falo era la personificación del dios Fascinus. La devoción y el fervor por tan emblemático símbolo masculino, llevaba a las matronas romanas a adornar con flores el enorme falo sagrado (Fascinus populi romani).  Su culto era encomendado a las sacerdotisas llamadas Vestales. Entre los rituales que le acompañaban, se encontraban los inherentes a la fecundación de las hembras estériles y la germinación de las plantas secas.  El falo sagrado era llevado en procesión por los campos, entonándose cantos cargados de lujuria.  Regresaba a su templo, ubicado en la colina Velia, una de las más sacralizadas de la antigua Roma, donde se depositaban exvotos y guirnaldas de flores.  También era muy corriente que la novia romana, antes de contraer matrimonio, se sentara a horcajadas sobre un hermoso falo, como rito propiciatorio ante su casamiento.

Montículo artificial (verruga o giba arqueológica), de tipo tumular, a escasos metros de donde apareció la piedra-falo. (Foto: F.B.G.)

Nuestra piedra fálica pueda que estuviera en relación con los habitantes del castro de El Cahtilleju y del asentamiento rural romano de Santa Marina la Vieja, de los que ya hablamos en capítulos anteriores.  Pero a escasos metros de donde se halló, se observa todo un espacio tumular, una auténtica verruga o giba arqueológica, que nos lleva a lanzar algunas conjeturas.  Este montículo artificial está salpicado de cuarzos lechosos y toda una veta de este material parece que lo recorre de punta a punta.  Pero de ello ya se dará precisa cuenta otro día, que hay que dar tiempo al tiempo.  Que descanse ahora el viajero en alguna resolana del inmenso berrocal por el que se mueve, coma un enjundioso bocado, eche un trago de la bota y, luego, abra el libro de los poemas y deleite nuestros oídos.

 

MORIRÉ DE TI

 

Estoy seguro que moriré de Ti.

No sé el día.

Pero de Ti moriré

por no haber hecho todo lo imposible

para que lo que pudo ser

hubiera sido

y, hoy, sobrarían estos versos.

Nadie me enseñó a jugar con otras cartas.

En juego de amores, nadie se arrogue que es experto

si no conoce trucos, guiños y señales

de quien es cómplice en el juego.

 

Me contagiaste enfermedad

que sí sé que la tenías

en los primeros peldaños

de lo que debió ser preciosa historia.

Tus miradas, tus sonrisas, tus silencios complacientes…

lo decían todo y mucho más.

Sin embargo, cambió el tiempo luego

y no supe ya interpretar las huellas

de tu visible y azul rastro,

que, a veces, lo tenía hasta al alcance de la mano.

La oculista eras Tú y mi ojo no lo habías graduado.

 

Comencé a ir de sonámbulo por vida

y no daba pie con bolo

ni daba una a derechas,

aunque siempre me consideré hombre de izquierdas.

Me contagié de Ti;

el contagio se hizo crónico y… ¡a ver quién lo remedia!

Ya sé que de tu infección de mí ni poso queda:

señal de buenos anticuerpos y óptimas defensas.

Me moriré de Ti y no sé ni el día ni la hora;

mas ha de ser más bien pronto que no tarde,

pues no hay dios en parte alguna que aguante esta condena.

(Del poemario: Con la soga al cuello)

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En la foto superior: José María Domínguez Ruano, más conocido en la zona por Josemari “Cuerda”, hace un alto en la gira etnoarqueológica.  Detrás de él, el inmenso berrocal de “Lah Canchórrah”.  (Foto: F.B.G.)

Texto de Félix Barroso para su columna A Cuerpo Gentil, las opiniones e imágenes publicadas en esta columna son responsabilidad de su autor.

Publicado el 18 de diciembre de 2020

 

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