Gonzalo Hidalgo Bayal presenta El síndrome de Diógenes de Juan Ramón Santos

I. (Presentación) Es bastante probable que la mayoría de los presentes, e incluso de los ausentes que no hayan tenido más remedio que atenerse a las restricciones de aforo, hayan leído y tal vez recuerden el último libro de cuentos publicado por Juan Ramón Santos (en adelante Juanra), en 2016, cuya presentación tuvo lugar en este mismo claustro. El primer relato del libro se titula precisamente «Presentación» y cuenta cómo en un día de viento y tempestad, para protegerse de la intemperie, un individuo en lucha con un paraguas ingobernable termina entrando en un local donde se va a presentar un libro titulado ‘Perder el tiempo’, que es también el título del libro del que el relato «Presentación» forma parte y una de las mejores cosas que en realidad pueden hacerse («Si al final todo se pierde, razón de más para perder el tiempo», decían unos versos primerizos de Ángel Campos Pámpano). Allí, en escenografía que recuerda mucho a la sala Verdugo, el personaje comprueba «que la actitud de las sombras al llegar es errática. Algunas se deslizan sin ceremonia hacia lo que parece ser un patio de butacas, pero las más se arremolinan en el vestíbulo, se aflojan los abrigos y gabardinas, se saludan y hacen protocolarios comentarios sobre el tiempo dejando siempre entre los grupúsculos de recién llegados un claro que alberga lo que parece un comité de bienvenida, un semicírculo compuesto por cuatro o cinco individuos entre los que destacan un tipo callado, con aire severo y actitud de escucha, y otro más joven, grueso y locuaz que, a su lado, saluda con entusiasmo a los que van entrando». No he podido por menos que evocar hoy estas palabras, porque, mutatis mutandis, con otro tipo de temporal y de intemperie, se cumple cabalmente el rito de nuestras presentaciones: los corrillos que se arremolinan en el vestíbulo, los saludos y los abrigos, el tipo callado con aire severo y el no tan joven ni tan grueso y locuaz. Cumplido, pues, el protocolo inicial, podemos proceder a la presentación propiamente dicha, sin perder más tiempo, aunque bien sabemos que el tiempo que se gana en las presentaciones es a veces el antes y sobre todo el después, un antes y un después contra los que este 2020 se ha declarado en rebeldía.

II. (Solapa) El libro que abre «Presentación» contiene seis relatos de una extensión media de en torno a quince o veinte páginas. Son cuentos, pues, relativamente largos. Pero, en el terreno del cuento, JRS empezó publicando ‘Cortometrajes’, libro que, como otros posteriores, incluía esa modalidad que se ha dado en llamar microrrelatos y que suele combinar como ingredientes básicos la brevedad y el ingenio, también con frecuencia la sorpresa. No resisto la tentación de citar uno de estos cortometrajes, aquel en que un jilguero acude a una entrevista laboral con la divina providencia: «A poco que examine mi currículum, Señor, comprobará que estoy mucho mejor capacitado para el puesto de trabajo que cualquier paloma, dijo el jilguero, a fin de cuentas, la paloma arrulla, mientras que yo soy uno, y trino». O este otro que se titula «Minuendo» y dice: «Le mataron la paloma y quedó triste, envejecido, desanimado, apenas uno y bino». En el campo de las «palabras mayores» JRS publicó una primera voluminosa novela, ‘Biblia apócrifa de Aracia’, de 540 páginas, esto es, una novela larga, un novelón, podríamos decir, y dos novelas de extensión estándar, ‘El tesoro de la isla’ y ‘El verano del endocrino’, 256 y 222 páginas respectivamente. Significa esto que JRS ha demostrado con hechos, es decir, con obras, tener la suficiente capacidad literaria como para escribir cuentos largos y cuentos cortos, novelas largas, o novelones, y novelas (vamos a decir) normales. Solo le faltaba una prueba en el campo de las distancias narrativas: la novela corta. Y he aquí que ‘El síndrome de Diógenes’ viene a cubrir ahora ese hueco: el difícil y azaroso reto de la novela corta. Podemos decir, por tanto, que JRS ha recorrido todas las distancias de la prosa narrativa. Y esto es algo de mucho mérito: no por haberlas recorrido, sino por haberlo hecho con acierto y con solvencia. Yo siempre he creído que cada escritor encuentra antes o después su distancia, la distancia en la que se encuentra cómodo, sea esta la novela de doscientas páginas o la de quinientas, el cuento de dos páginas o el de veinte (y esto puede extenderse a otras modalidades literarias como el ensayo o la divulgación), y a esa distancia se entrega con la misma convicción con que los atletas se especializan en una disciplina: los 100 metros, los 200, los 400, los 1500 o la maratón. No se trata, sin embargo, de una especialidad, sino de una limitación. Por eso no es habitual que los escritores abandonen la distancia que consideran propia, su disciplina personal, porque esa distancia da la medida justa de su pensamiento, es el continente en que su pensamiento encuentra la expresión y la extensión adecuadas, y, si se permiten a veces excursiones, tal vez se advierta que han abandonado su territorio y han transgredido los límites naturales de su capacidad. Y aquí es donde JRS ha demostrado ser un corredor o un escritor todoterreno, sin límites propios, porque ha alcanzado la misma perfección en todas las distancias, desde los antiguos cortometrajes que daban «vueltas al peliagudo asunto de la Trinidad» hasta la inmensidad bíblica de Aracia, pasando ahora por la distancia intermedia de ‘El síndrome de Diógenes’.

III. (La novela corta) La novela corta tiene en general muy buena prensa: lectores y escritores la celebran, aunque por distintas razones. Según los teóricos de la literatura, para que una novela corta sea buena tiene que combinar dos características dispares: la densidad temporal de la novela tradicional y la intensidad narrativa del cuento. Por eso tiene consideración de género difícil entre los escritores, por esa condición anfibia que la hace moverse a caballo entre dos géneros clásicos, el cuento y la novela, sin ser exactamente ni lo uno ni lo otro. Y por eso también, frente a las numerosas novelas largas que figuran como imprescindibles en la memoria unánime de los lectores, son pocas las novelas cortas que han logrado alto prestigio en la literatura universal, a dos de las cuales, precisamente, ‘La metamorfosis’ de Kafka y ‘Lazarillo de Tormes’, se acoge en citas previas ‘El síndrome de Diógenes’ con total pertinencia: a ‘La metamorfosis’ porque cuenta la historia de una transformación; al ‘Lazarillo’ por el procedimiento narrativo adoptado, la modalidad del «sepa, pues, vuestra merced». Sin embargo, pese a la buena prensa, la novela corta tiene mala venta. A veces pienso que es por carecer de un nombre propio (a la manera del francés ‘nouvelle’, por ejemplo), por necesitar el adjetivo «corta» como apellido, apellido que no necesitaba cuando escribía Cervantes sus novelas ejemplares. Por eso los editores son poco partidarios de publicarlas y, cuando las publican, para ocultar su condición de cortas, como si «cortas» no fuera descripción sino estigma, utilizan tipografías generosas y multiplican páginas de cortesía con profusión. Es comprensible: los editores buscan beneficios comerciales y los lectores somos perezosos y partidarios de la inercia. Y eso también explica que la novela corta, como género, quede un tanto relegada a las instituciones provinciales y municipales y a sus premios literarios. Gracias a ello, JRS ha obtenido el premio Felipe Trigo y ha podido publicar ‘El síndrome de Diógenes’, y gracias a ello nosotros podemos disfrutar ahora de su lectura. Yo participo habitualmente como jurado en uno de esos certámenes de novela corta y cada año oigo los grandes elogios que los dos miembros más conspicuos del jurado dedican al género. Pues bien, todos esos elogios debería dedicar yo ahora a ‘El síndrome de Diógenes’, una novela corta que se atiene con rigor a las exigencia del género, que encierra una trama los suficientemente amplia en la intensidad narrativa del cuento y que supera las dificultades no ya de modo notable o sobresaliente, sino con matrícula y con premio.

IV. (Síndrome) De la novela en sí no quisiera decir mucho, porque no quiero destripar la lectura de quienes todavía no la hayan leído (esta es una de las dificultades que tienen las presentaciones, que hay que decir sin decir) y porque supongo que JRS desmenuzará los detalles pertinentes sobre su composición y nos contará «hasta dónde puede leer». Pero sí diré que, del mismo modo que los cortometrajes dan la vuelta a las manifestaciones de la realidad, aquí ya el título es un señuelo, una distorsión del concepto de síndrome de Diógenes que conocemos para proponer en realidad su reescritura. Estamos tan acostumbrados a las noticias truculentas de los informativos que ya apenas puede sorprendernos la noticia de que ha aparecido muerto un anciano que vivía solo en una casa llena de basuras y desperdicios, incluso con ingentes cantidades de dinero entre la inmundicia, y cuando se produce alguna de esas noticias siempre los periodistas y los especialistas televisivos de la truculencia recurren con insistencia al tópico del «síndrome de Diógenes». Pues bien, para que no caigamos en la tentación, JRS se apresura a incluir una cita previa de Diógenes Laercio sobre Diógenes el Cínico, que es el mismo Diógenes que da nombre al síndrome (un nombre, por cierto, que, según creo, funciona por inversión), pero que destacaba por otras diversas cuestiones, como admitir de buen grado el adjetivo «cínico» con que sus adversarios pretendían insultarlo. Y es que, en efecto, las referencias que Diógenes Laercio dedica a Diógenes el Cínico en sus vidas de filósofos abundan en anécdotas «cínicas», «perrunas» o «caninas». La que reproduce la cita inicial es solo una de ellas. De modo que ahí tenemos al narrador protagonista de esta historia como representante de una nueva versión del síndrome de Diógenes, no el acumulador de basuras, sino el que busca su plenitud en la conducta y los hábitos de los perros.

V. (Epifanía canina) Diré, pues, que el narrador y protagonista de la historia sufre lo que él mismo llama una «epifanía canina» que comienza cuando no resiste la tentación de ladrar en la calle a distintos miembros de «la perniciosa secta de las señoras de bolso prieto bajo el brazo», gremio con especial adicción a los bingos del hogar del pensionista. Que aumentó la frecuencia de sus ladridos cuando «la gente se dio cuenta, decepcionada, de que mis ataques no tenían objeto alguno, que no buscaban más que el susto por el susto, el ladrido por el ladrido, de que eran obra no de un psicópata, sino —con más probabilidad— de un gilipollas». Que como consecuencia de uno de estos ataques desesperados fue conducido a comisaría. Y que tal vez «a modo de escarnio» un juez irónico o piadoso lo condenó a prestar servicios sociales en la perrera municipal, donde empieza la metamorfosis, la (podríamos decir) «caninación» del sujeto. Con esto hemos llegado a la página 27 del libro.

VI. (Curzio) Tal vez pueda pensarse que es poco verosímil que, en una ciudad como Pomares, que es la ciudad media de la geografía habitual de JRS, un individuo maduro, profesor de instituto, en plena posesión de sus facultades mentales, sin desvaríos neurológicos, recupere la euforia y la adrenalina de la juventud con tan «inútil juego de la edad tardía» como es ir asustando con ladridos a las señoras que salen del bingo al anochecer. A mí no me parece que la verosimilitud de una narración sea un problema especialmente grave, salvo en los casos en que sea justamente eso lo que se pretende. Aquí, además, es algo secundario. Puede que ladrar los hombres, sean cuales sean sus razones, no sea un comportamiento frecuente ni habitual (ya conocen la socorrida máxima periodística: no es noticia que un perro muerda a un hombre, sino que un hombre muerda a un perro), pero desde luego es verosímil y yo podría justificarlo con ejemplos tanto de la experiencia personal como literaria. Yo mismo he visto ladrar a dos amigos en distintas situaciones, a un amigo de adolescencia que disfrutaba asustando con sus ladridos a los grupos de muchachas que paseaban arriba y abajo por la parte alta de la avenida al anochecer y a otro amigo que solía responder a los ladridos de los perros para provocar a sus dueños. Desde el punto de vista literario es singular el caso del escritor Curzio Malaparte, cuyo ‘Diario de un año en París’ incluye numerosas referencias a su costumbre de ladrar por las noches a la luna. He aquí citas del ‘Diario’: «choca mucho mi costumbre de ladrar a los perros […] no me gusta que me tomen por un excéntrico. Para mí, cuando se ama a los perros, no hay nada más natural que ladrar con ellos» (p. 84); «siempre hago lo mismo cuando llego a un lugar nuevo. Me comunico con lo perros de los alrededores (p. 103); «he estado desde las diez de la noche a las dos de la madrugada sentado a la puerta, ladrando con los perros. Ahora me conocen y me hablan» (p. 121); «ha venido a pedirme [el propietario del hotel] que no ladre a los perros por la noche, porque sus clientes no pueden dormir, tienen miedo, dicen que debo de estar loco o de tener rabia […] Ladrar con los perros por la noche es el único placer que tengo en la vida» (p. 126); «los perros de la otra orilla del Sena me contestan, hablo su lengua » (p. 171). Podría seguir, pero es suficiente. Y conste que en los tres casos se trata de gente sensata, incluso de alto nivel intelectual, lo que valdría para demostrar que el profesor de la novela de JRS pueda ser excéntrico o extravagante, pero no inverosímil.

VII. (Metamorfosis) Con el propósito de no destripar más, me limitaré a comentar algunos aspectos sobre la metamorfosis en que consiste esta reescritura del síndrome de Diógenes. La metamorfosis del sujeto no empieza cuando ladra, sino cuando cumple su pena en la perrera. En lugar de atenerse a los hábitos del resto de voluntarios, a los que se les va el tiempo hablando «de lo canino y de lo humano», prefiere dedicarse por entero al cuidado de los perros, a la observación y al aprendizaje de su naturaleza. Son muy interesantes sus observaciones a este respecto, anotaciones dignas de un estudio de psicología o de sociología canina. Aprecia, por ejemplo, en los ejemplares de la perrera «un cierto epicureísmo en su manera de disfrutar del mundo, la dignidad estoica con la que afrontaban la muerte o, de manera especial, la forma que tenían de organizarse cuando salían todos juntos, una suerte de anarquía natural, espontánea, que se me antojaba casi inspiradora», y lo explica porque, al haber «sido mascotas durante algún tiempo», se han vuelto, «a semejanza de sus antiguos amos, seres altivos, caprichosos, egocéntricos, con un punto pequeñoburgués que les impedía renunciar ni a un ápice de su amada e irrenunciable libertad, y que, por esa razón, por su radical individualismo, el único modo que tenían de integrarse en empresas colectivas era a través de esa modalidad exacerbada de liberalismo que ha sido siempre la anarquía, lo que los convertía, como decía antes, en toda una inspiración, en un modelo a seguir, tal vez, para nuestra decadente sociedad humana». Pero, consideraciones etológicas aparte, la verdadera transformación se produce cuando los «provocaba con mis ladridos para, escuchando con suma atención los suyos, tratar de aprender, y sin llegar a hacerlo nunca del todo, comencé a apreciar matices fonéticos que fui tratando de reproducir con notable esfuerzo, mejorando, con el paso de las semanas, mi comunicación» hasta llegar a «conversar con ellos y comprender, perfectamente, lo que albergaban en su fuero interno, recuerdos, frustraciones, deseos sutiles, problemas en la convivencia con otros perros». Tal sería el grado máximo de su «caninación».

VIII. (Hermenéutica) Quiero comentar una última cuestión. A mí me disgusta generalmente que en una novela pueda prevalecer la intención moral o social, la voluntad de denuncia, la función crítica, podríamos decir, sobre la trama o el argumento. Me gusta que la historia se justifique por sí misma, que merezca ser contada por lo que en ella ocurre, que sea autónoma en definitiva, no que solo sirva de soporte a un propósito externo o sea un pretexto para ahondar con desvaríos teóricos en la miseria humana. Pero tampoco me gusta que una novela sea una mera sucesión gratuita de episodios. Y en ese aspecto creo que ‘El síndrome de Diógenes’ cumple sobradamente con esa doble exigencia. Por una parte, la trama tiene consistencia propia, se basta a sí misma, es autónoma y entretenida, y avanza con la habitual fluidez estilística de JRS, con ingenio, con humor, con agudeza, con precisión en los detalles y con diligencia descriptiva. Pero, además, se presta a interpretaciones, contiene algo más que su argumento, y lo contiene con la suficiente ambigüedad y la suficiente amplitud como para que, además de divertirnos, todos y cada uno podamos hacer una lectura propia. No quiero apuntar ninguna interpretación, ni proponer pautas de lectura. No hablaré sobre las crisis de la edad, sobre los afanes de plenitud del hombre ni sobre ni sobre la necesidad de empeñarse en ser lo que no se es. Pero sí quiero hacer hincapié en un punto. Siempre he creído que los símbolos transparentes son inútiles por unívocos. Que, para ser eficaces, los símbolos han de ser abiertos y plurales e irreductibles. Y a este propósito quiero señalar un mérito añadido en la significación de ‘El síndrome de Diógenes’, a saber: que, siendo una novela escrita antes de que el coronavirus hiciera aparición (el Felipe Trigo se falló el 22 de noviembre de 2019), ahora que le ha tocado vivir embozada a la especie humana, puede leerse como si hubiera sido escrita a posteriori, algo así como un discreto manual para infortunados aprendices de Diógenes.

Plasencia, 15 de diciembre de 2020

Gonzalo Hidalgo Bayal

Gonzalo Hidalgo Bayal y Juan Ramón Santos en la presentación del libro El Síndrome de Diógenes

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