Por los montes de Cáparra: entre los riscos de El Cahtilleju (y III) XXVIII

No sería extraño que nuestro viajero se preguntara por la posible existencia de algunas pinturas sobre el conglomerado de canchos que conforman el cerro de El Cahtilleju.  Todo es posible cuando el viajero se encuentra inmerso en un área que presenta, según parece, un primigenio sustrato calcolítico.  Con el paso del tiempo, las pinturas rupestres se camuflan perfectamente en la composición petroquímica del granito y son difíciles de observar, máxime si, en tal composición, prevalecen óxidos férricos.  Superficies bastante aptas, con suficiente luz natural, existen en el riscoso teso.  Tal vez si echáramos manos de esa herramienta denominada DStretch (todo un eficiente plugin para analizar a fondo la imagen y su entorno), podríamos ver ciertas formas que no contemplamos con suficiente nitidez o que llegamos a confundir con los pigmentos propios de la roca.  Este sistema de codificación de imágenes podría ser de gran ayuda para el viajero para meterse en ese mundo rupestre que, al decir de nuestros buenos amigos y mejores prehistoriadores y arqueólogos Primitiva (Mimi) Bueno Ramírez y Rodrigo de Balbín Behrmann, es un estilo o arte megalítico que incluye un conjunto de grafías llevadas a cabo con diversas técnicas y en distintos soportes, pero cuyas asociaciones temáticas y contexto cronológico permite su unificación: pintura y grabados esquemáticos al aire libre y en cuevas, soportes mobiliares y expresiones parietales.

Una pella (mazacote de arcilla que muestra la impronta de las ramas), hallada entre los canchos del cerro, que formaría parte del techo de una cabaña calcolítica, construido a base de barro mezclado con ramajes. (Foto: F.B.G.).

Alguna descarriada alma errante no tuvo otra ocurrencia que dibujar un emoji en los riscos situados en lo más alto del promontorio. Muy cerca de ese borrón rojizo, puede que las paredes graníticas camuflen motivos pictóricos del Calcolítico. (Foto: F.B.G.)

Seguro que al viajero le encantaría ir, en las prospecciones pictóricas, de la mano de aquel otro buen colega y amigo Alejandro Pizarro González, el único investigador que conocemos que ha dado a conocer abrigos rocosos con pinturas en las zonas del Valle del Ambroz y Trasierra-Tierras de Granadilla.  Ahora, después de aplicar la representación virtual de Streep view en Google maps, su interés reside en un rastreo pormenorizado del antiguo concejo de La Rivera, en la comarca de Las Hurdes.  Por de pronto, el viajero se tiene que conformar con el emoji de color encarnado que una alocada alma errante ha dibujado en el peñasco más alto de la escarpada colina.  Y lo mismo que puede haber pinturas en el área por la que se mueve el viajero, tampoco sería extraño que hubiese enterramientos de clara factura calcolítica, ya tuvieren la impronta propia de etapas pre-campaniformes o campaniformes plenas.  Seguro que tales enterramientos no estaban muy lejos del núcleo habitado.  Lo mismo alguna de esas verrugas o montículos que, de manera no muy natural, emergen sobre el terreno, como la que se observa en el llamado Güertu del Tunda, podrían albergar en sus entrañas algún tipo de necrópolis, que lo mismo se trata de un panteón megalítico y comunal que de un conjunto de tumbas abiertas por razones funcionales.  O por otros postulados ideológicos de tipo simbólico, religioso o incluso jerárquicos, ya que está suficientemente demostrado que, con la aparición de los metales, comienza a estratificarse la sociedad en clases sociales.  El viajero asumirá que las elucubraciones quedan muy bien, pero que solo diseccionando las vísceras de la corteza terrestre podremos obtener respuestas más concretas.  Pero eso son ya palabras mayores.

Mazacote de cuarzo con rebabas férricas. Posiblemente, formaba parte de la pared de algún rústico horno para la fundición de mineral de hierro, como las dos piezas de hematites que le acompañan, hallados todos bajo las brozas y los roquedos del cerro. (Foto: F.B.G.).

Buscando acomodo al verraco

Cipri Paniagua Paniagua junto al mutilado verraco granítico que dio a conocer en su día y que nos sirve para alargar el poblamiento de «El Cahtilleju» desde un posible Calcolítico inicial a los primeros estadios de la romanización. (Foto: F.B.G.)

Echando la vista atrás, en un capítulo anterior, habíamos quedado que el viajero tendría que buscarle acomodo a aquel verraco pétreo que fue hallado por el siempre diligente, abnegado y observador, amigo y no solo del tiempo de loh jíguh, Cipri Paniagua Paniagua.  Apareció a dos tiros de piedra de donde ahora mismo se encuentra el viajero: en el cercau (pradera adehesada) de Marciano Gómez Domínguez.  Y he aquí que nuestro montículo de El Cahtilleju nos ha deparado algunos vestigios que confirman que, aparte del sustrato calcolítico, también hubo presencia humana en alguno de los períodos de la Edad del Hierro, cuando tribus vettonas, de claro origen céltico, dan en expanderse por estos territorios.   El acanchalado cerro también debió satisfacer las aspiraciones de tales gentes.  Un difuso perfil de la Edad del Hierro dejó alguna que otra huella en el espacio del que es dueño y señor, en estos neblinosos días de noviembre, nuestro viajero.  Fragmentos de cerámicas elaboradas a mano, con pastas de marrones claros o anaranjados, mucho desgrasante de tamaño grande, escasa decantación, algún indicio de engobe, bordes más bien simples…, nos hablan de vasijas de aspecto tosco y propias de atmósferas reductoras, que tal vez habría que adscribirlas al Hierro inicial.  Puede que así fuera, pero el verraco, de pequeño tamaño, nos acerca ya a tiempos fronterizos con la romanización.  Presuponer un hábitat prolongado a lo largo de toda la Edad del Hierro es harto complicado.

Si en el Calcolítico se habían aprovechado los carbonatos de cobre o malaquita asociados al granito, procediendo a su reducción en vasijas-horno, en el Hierro se explotarían los numerosos depósitos férricos que tanto se prodigan por la zona, llevando aparejada sus correspondientes hornos, crisoles y moldes.  Restos de estas fundiciones son dos mazacotes de cuarzo blancuzco, encontrados entre el roquedo del montículo, que llevan adheridas rebabas claramente procedentes del derretimiento del hierro extraído.  También hemos observado fragmentos de minerales férricos (hematites, limonita y magnetita).

Fragmentos de cerámicas muy rodadas, hechas a mano, de gran tosquedad, amarronadas y que adscribimos a un perfil de los primeros inicios del Hierro.

A tu aire Norte de ExtremaduraBien creemos, y así se lo hacemos saber al viajero, que el castro del que hablamos se aparta de los típicos asentamientos vetones en espigones fluviales, aunque esté muy presente en la vida del poblado el eje fluvial río Alagón-Rivera del Bronco.  En nuestro caso, como ya dijimos, se trata de una elevación encastillada entre sus fragosidades rocosas, que sobresale en medio de los terrenos penillanos del entorno.  Un sitio ideal para atalayar enormes distancias (control visual) y, a su vez, para ser avistados desde lejos.  No desarrollan sofisticados sistemas defensivos e incluso creemos que sus viviendas no solo se ciñen al promontorio, sino que, en la etapa en que fue elaborado el verraco, sus habitantes, devenidos en policultores, tal que los campesinos de estos pueblos hasta la desaparición de la economía de subsistencia, también ocupaban otros espacios inmediatos, pero en zonas más llanas.  Algo así como los asentamientos vettones de la Vega del Adaja, en la provincia de Ávila.  Por ello, no es de extrañar que, en zonas circundantes al promontorio, de modo fundamental en los terrenos de perfil pizarroso, donde se conformaría, posteriormente, un asentamiento claramente romanizado, se mezclen cerámicas con nítida tradición del Hierro con otras comunes, e incluso alguna sigillata, de factura romana.  No iríamos, tal vez, descaminados si afirmáramos que los habitantes de El Cahtilleju se sometieron al mandato romano y formaron el grueso del núcleo poblacional que se fue extendiendo por los terrenos penillanos que ceñían al cerro por todas sus caras, exceptuando la meridional, a juzgar por los restos hallados superficialmente, más notables en las tierras donde ha penetrado la reja del arado.  Como no podía ser por menos, y es sustancial que el viajero lo sepa, el castro que hemos estudiado someramente en estos tres últimos capítulos de nuestra serie Por los Montes de Cáparra está rodeado de la correspondiente leyenda: La Mora del Castillejo, recogida, en su día, de boca de los paisanos por el historiador e investigador José María Domínguez Moreno, formando parte de su libro Leyendas de Ahigal.

Llegó la hora del descanso.  Así que saque el viajero sus sustanciosas merendera y bota de vino, busque el sitio aparente y se disponga a recobrar nuevas fuerzas.  Y una vez que lo haga, ya puede coger el libro de los poemas y deleitarnos, como de costumbre, con una sonora y sentida poesía.

Alejandro Pizarro González metido en faena, persiguiendo con su cámara de fotos paneles con pinturas rupestres. (Foto: «Anonymus»)

MANZANA

¿Qué se ama cuando se ama?

Pues eso.  Lo dijo Gonzalo Rojas

(y Pizarro de segundo).

La verdad sea dicha: no sé muy bien lo que dijo.

Tal vez que no todo consiste

en dormir

con medio batallón de hembras placenteras,

sino en quedarte tan solo con la Eva,

que puede que te llegara un septiembre

de reventonas y libidinosas uvas,

cuando a andar aún no echó el otoño.

 

Quedarte con la Eva,

que era el as de oros que te faltaba

para ganar la partida de las cartas,

para completar tu tú de forma armónica,

para cerrar cuadratura del círculo,

para amarla sobre todas las cosas

y para que ombligo de tu mundo solo fuera Ella.

Pero miedo, ¡ay Gonzalo Rojas!,

a que un día me diera a morder una manzana

y, tal que la de las brujas de los cuentos,

estuviese envenenada.

 

Pasó el tiempo y no me dio poma ninguna

(tampoco de lo otro probé nada de nada).

Ahora, me toca ser yo mismo

y, sin embaír tiempo en pelarla,

con cáscara y cogollo,

debería al completo devorarla.

Así me iría yo en paz

y Ella quedaría descansada.

Seguro que el Dios de tu poema, Gonzalo Rojas

(ni Ella ni yo creemos en alma extracorpórea),

me perdonará con su misericordia.

(Del poemario: Con la soga al cuello)

Fotografía superior: Francisco Batuecas Batuecas, «Quicu el Muedanu», sobre un suave altozano no natural en el llamado «Güertu del Tunda», donde pacen sus vacas tranquilamente.  ¿Qué reliquias calcolíticas se guardarán en sus entrañas?  Al fondo, el promontorio de «El Cahtilleju».  (Foto: F.B.G.)

Texto de Félix Barroso para su columna A Cuerpo Gentil, las opiniones e imágenes publicadas en esta columna son responsabilidad de su autor

Publicado el 27 de noviembre de 2020

Felipe Gil

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