Por los Montes de Cáparra: entre los Riscos de El Cahtilleju I (XXVI)

El viajero va ya perimetrando y redondeando los agrios terrenos de Lah Canchórrah y Santa Marina la Vieja. Pero habíamos quedado que debería buscar por sus propios pies el posible asentamiento donde se albergaron los artífices del verraco granítico, al que le buscamos las vueltas en el capítulo anterior.  Como ya conoce el punto de referencia de El Canchu del Tableru, pues solo tiene que mover sus botas de aquí en dirección sureste.  Y, alargando la vista, verá un promontorio rocoso situado en un enclave estratégico, por su dominio visual de todo el contorno.  El lugar es que ni pintiparado par las gentes de nuestra Prehistoria reciente, máxime si tiene, inmediatas, unas fuentes de agua perenne y de excelsa calidad como son las de La Güerta de loh Roncéruh.

De izquierda a derecha, Arturo García Martín, “El Doctor”; Pablo Esteban Aprea, “El Poeta” y Francisco Batuecas, “El Muedanu” haciendo guardia detrás del lagar rupestre, en el paraje de “Lah Canchórrah”. (Foto: F.B.G.)

Como le suponemos al viajero que tiene las piernas bastante desenvueltas, pues tendrá que prepararse para saltar muros levantados a base de mampostería de granito (moléñah le dicen por la zona) y que delimitan el mosaico de fincas pequeñas y medianas de estas latitudes.  Cruzando por el cierru o cercau (fincas donde pastan, de manera extensiva, vacas de carne) de José Miguel García Paniagua, no sería nada de extraño que se tope con un lagar rupestre al aire libre, de tipología sencilla y arcaica y sobre los que ya dimos detalladas referencias en otras páginas.  El lagar, al encontrarse en una ladera con bastante pendiente y en un bloque pétreo exento, ha estado sometido a una continua erosión de arrastre, por lo que perdió parte de su sustentación basal y presenta mayor inclinación que en su origen.  A unos 70 metros, encontró el dueño de la finca una pieza redondeada, de granito, cuya funcionalidad se nos escapa.  ¿Acaso algún tipo de mortero?  Todo es posible por estos predios con tanta riqueza arqueológica, mientras una excavación en toda regla no contextualice adecuadamente los vestigios.

Francisco Batuecas apartando las zarzas, a fin de desembarazar el brocal cuadriforme de pozo, de posible factura romana, camuflado en el bardal. (Foto: F.B.G.)
El siempre abnegado y entusiasta Cipri Paniagua Paniagua, compañero en las lides arqueológicas, ante la pieza circular y granítica hallada por su primo José Miguel García Paniagua en su “cercau” de “Lah Canchórrah”. (Foto: F.B.G.)

Si el viajero tuviera la suerte de encontrarse, en sus polifacéticos rastreos por estos lares, al paisano Francisco Batuecas, más conocido por Francisco El Muedanu, que es decir lo mismo que nativo del pueblo de Mohedas de Granadilla, podría entrever hasta un pozo de posible factura romana, camuflado bajo un enorme bardal.  O una curiosa hornacina, perfectamente tallada en la compacta masa granitoide y a la que atribuimos algún tipo de función cultual.  Curiosamente, en otros términos no muy alejados de los que recorre el viajero, con restos semejantes, incluida una ermita en estado completamente ruinoso, descubrimos otra hornacina de la misma guisa.  Una señora, que peinaba bastantes primaveras y que había sido güertera (hortelana) muchos años en aquellas vegas linderas con una caudalosa rivera, nos relató, por habérselo oído a sus abuelos, que aquel nichi, como ella decía, era para poner una lamparilla durante el novenario de La Virgin (patrona de la población).  Al celebrarse la novena en tiempos en que los campesinos estaban pendientes de los riegos de sus huertas y estar muy alejados del pueblo, no podían asistir a tales oficios religiosos.  De aquí que honraran a la patrona con una lamparilla.  Pero, además, nos añadió que también la lamparilla servía para alumbral a loh muértuh, pues referían loh de máh atráh que por allí hubo un cementerio.  Constancia tenemos que, al menos, dos enterramientos, tipo fosa y de posibles credenciales tardoantiguas, fueron levantados por la reja del arado.  El viajero, como es comprensible, debe entender que este tipo de hornacinas requieren un mayor detenimiento, pero eso ya sería propio de un trabajo monográfico. Ahora, en este viaje por los antiguos Montes de Cáparra, solo toca ir hollando la epidermis del terreno.  Yendo de la mano de Francisco El Muedanu, al que una tarde lo encontramos en su finca, donde se hallan el pozo y la hornacina, el viajero también escuchará que, al construir el cepo para las reses vacunas, salieron muchos fragmentos cerámicos y algunas piezas de molinos barquiformes o de vaivén.  Molinos que ya hay que emparentarlos con el teso que está a un tiro de piedra y que llaman El Cahtilleju.  Donde se aloma sospechosamente el cercau de Francisco, limitando con la calleja que la tradición da por hecho que era la vía que enlazaba Capera con Caurium, como ya vimos en otros renglones, según informes de su vecino José María Domínguez Ruano, al cual ya lo conocimos en otra ocasión, se halló un tesorillo conformado por un buen puñado de monedas.  Lo oyó decir varias veces a viejos parientes.

Cima del promontorio arriscado de “El Cahtilleju”, desde su ángulo oeste. (Foto: F.B.G.)

EL CAHTILLEJU

Librería La Puerta de TannhäuserA medida que el viajero se acerca al cerro, se percatará de un espacio encastillado de forma natural, pues todo él está plagado de rocas plutónicas, entre las que se desenvuelve un bosquete de alcornoques, espesos ruscos, escobas y zarzales. No ocupará más de una hectárea.  Pensamos que es uno de esos castros relacionados con ejes fluviales; en nuestro caso, con el eje río Alagón-Rivera del Palomero.  Puede que el viajero encuentre algún fragmento cerámico o cantos trabajados en las diminutas terrazas que fueron sembradas de centeno en otros tiempos, cuando había que sembrar hasta entre los canchos, pues era necesario dar de comer a las personas y a los animales domésticos, sobre todo a lo largo del duro invierno.  Si el arado no podía entrar, se cavaban con la azada.  También, entre los intersticios del roquedo, hemos hallado cerámicas rodadas, sin perfiles claros, pardas o anaranjadas, fabricadas a mano y cuya cocción parece haberse hecho a fuego abierto, lo cual ha sido atribuido a clanes no especializados, cosa que, tal vez, habría que poner en duda.  Consideramos que la arqueometría que se realiza para calificar térmicamente a las cerámicas es insuficiente para lanzar conjeturas sobre el mundo, ciertamente complejo, de los sistemas de producción de antiguas culturas.  El determinismo tecnológico no puede imponer su lógica como una pars pro toto, pretendiendo que sus planteamientos intenten explicar el todo, sin atender a aspectos ontológicos o a otros códigos sociales. Es preciso acudir a una antropología del objeto, que tenga en cuenta la cultura material como algo que se impregna de lo social y que no solo es una mera mercancía elaborada para cumplir con una misión particular.  El proceso de manufactura de los objetos encubre dentro de éstos el aprendizaje social.  En resumen, no admitimos que se equipare el grado de cocción de las cerámicas al progreso de los grupos, pues esto es propio de mentalidades que caracterizan a las sociedades industriales y capitalistas, cuyos parámetros se basan en el formalismo económico y no se paran a pensar en otras complejidades sociales.

Primer plano del lagar rupestre al aire libre, en el “cercau” de José Miguel García Paniagua. (Foto. F.B.G.)

Pero, en fin, no metamos al nuestro viajero en más aprietos dialécticos y enrevesados razonamientos y dejémosle que inspeccione tranquilamente este arriscado otero y nos vaya dando cuenta de él en sucesivas páginas.  Ahora, le toca descansar a la sombra de uno de los alcornoques de dicha colina y, una vez acomodado, saque su libro de poemas e inunde de dolidos romanticismos estos parajes:

MA DAME BLEUE

Le coeur a ses raisons que la raison ne connaît point (Blaise Pascal).

 

Seguro que vos, ma bleue mademoiselle,

traduciríais más fielmente al buen polímata

que esta alma, que solo el gabacho chapurrea.

Siendo así, interiorizad el aforismo

y no pidáis que os vea igual que a otras colegas.

Vos sabéis más que de sobra de mis cartas,

aunque nunca recibiera una respuesta;

y apreciaríais el fulgor de mis miradas,

devueltas por las vuestras un otoño

y, consciente de mi interés por vuestro todo,

erais la mujer de mi vida, aunque aserto

tal sea trivial y esté más que sobado.

 

Cierto que iban trastocados los relojes

y que azules pugnaban con los ocres,

pero Pascal tenía corazonadas

que nunca entenderían su razón y la mía.

En la vida, osaría contradecir

a tan ínclito escritor y matemático.

Y si vos repudiáis sus sentencias, siendo

como sois su más versada traductora,

y de mis sentires hicierais pelota

para encestar en canasta de papeles,

entonces hora es de comprar suave soga

que no deje infame marca sobre el cuello.

(Del Poemario: Con la soga al cuello )

Vista general de “El Cahtilleju”, un castro situado en el eje fluvial del río Alagón-Rivera del Palomero. (Foto: F.B.G.)

 

Imagen superior: Francisco Batuecas, “El Muedanu”, junto a la hornacina cincelada primorosamente en el cancho granítico. (Foto: F.B.G.)

Publicado el 9 de octubre de 2020

Texto de Félix Barroso para su columna A Cuerpo Gentil, las opiniones e imágenes publicadas en esta columna son responsabilidad de su autor.

 

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