La pandemia enterrará hogaño los rituales en honor de los antepasados

A los compañeros de la ‘Corrobra Ehtámpah Jurdánah que, con sus gaitas y tamboriles, sus castañuelas, sus danzas, sus romances y otros cantes, sus escenificaciones de las arcaicas creencias, su entrega, su gran corazón y sus manos siempre abiertas, se fueron para no volver.  A todos ellos un millón de gracias y un eterno abrazo fraternal.     

Los sacamos de las cenizas cuando ya los rescoldos estaban a punto de enfriarse.  Los salvaguardamos y volvimos a recrearlos en una de las eras de lanchas pizarrosas, donde los jurdanos trillaban en tiempos el mijo y el centeno, de la alquería de La Horcajada (en jurdanu, La Jorcajá).  Ritos en torno al mundo de los antepasados, siempre en los alrededores de la festividad de Todos los Santos, cuando los días se achican y las noches se vuelven eternas y tenebrosas…  Para los antiguos pastores de la comarca, en estas fechas daba comienzo el nuevo año.  Y con él, regresaban a sus moradas los muertos.  Asomaba la nieve en los picos de las montañas y los ganados bajaban de las majadas a las cuadras.  Era preciso celebrar por todo lo alto la llegada de los que venían de los mundos ultratúmbicos.  En la comarca jurdana, siempre se veneró a los ancianos.  Su palabra era sagrada.  Por ello, en la noche del día de la matanza del lichón (cerdo), toda otra fiesta cargada de mitos y ritos, los asistentes, después de la cena, besaban la mano de sus mayores, y éstos los bendecían y asperjaban con una rama de berezu canu (brezo blanco).  Mucho que ver con el Samain de perfil céltico, pero sin parentesco alguno con esos aterradores esperpentos del Halloween, fruto, actualmente, de la manipuladora sociedad de consumo, como disciplinada hija del capitalismo.  Desgraciadamente, la televisión pública, como hemos visto hace escasos días en el telediario de la Primera Cadena, se dedica a glosar este engendro del Halloween, echando por tierra toda la labor de numerosos centros de enseñanza, que intentan desterrar ese bodrio que nada tiene que ver con nuestras raíces, creando talleres con el alumnado, en aras de potenciar las tradiciones propias de la mentada festividad de Todos los Santos.

Formando el corro en torno a la antigua era de la trilla para iniciar los cantos del “Petitoriu de lah Ánimah”. (Foto: Vicente Martín Martín)

De la alquería de La Horcajada, los festejos de La Carvochá (nombre que aglutina los rituales de tan emblemática fecha) pasaron a aquella otra aldea de El Mesegal, que también acogió los rituales de La Chicharrona, perdidos prácticamente desde hace muchísimas lunas.  Por ello, el sábado más cercano al día 1 de noviembre, aparece, bajando de la montaña, una esbelta mujer, de largos cabellos rubios, envuelta en pieles, que trae un fardel lleno de higos pasos, nueces y castañas.  En torno a su cuello, lleva una ristra de chorizos.  En una mano, una gran cachiporra, y en la otra, el pregón que contiene la licencia para que los paisanos puedan comenzar sus matanzas.  Antiguamente, descendía de la sierra, el día de La Pura (8 de diciembre).  Era la bella Chicharrona, a la que acompañan los tamborileros en el último tramo de su descenso y, al llegar a la plaza del pueblo, los vecinos le entonan antiquísimos cantos y la van arropando en el alegre y concurrido pasacalles.  El Chicharrón, auténtico sátiro o fauno, la esperará escondido entre la espesura del monte y el encuentro con ella se teñirá de variopintos cromatismos.

El “Zajuril” junto a la “Jogará de lah Ánimah”. (Foto: Vicente Martín Martín).

La “Chicharrona” a su llegada al pueblo, después de bajar de la sierra. (Foto: José María Domínguez Moreno)

Toda la jornada se envuelve con el humo de la Jogará de lah Ánimah, sobre cuyas llamas conjurarán los males del año el Zajuril, personaje a modo de chamán, que desempeña un interesante papel en los rituales, al igual que el Entignaol o las Mózah de lah Ánimah, encargadas de procesionar el Pan de lah Ánimah y de montar, en el medio de la era de lanchas, la Mesa de loh ofertíjuh de lah Ánimah.  Mucho comer y beber, mucho cantar y bailar, retozar y rejinchal (jijear), porque, en esa jornada, se piensa que por cada asistente al festejo hay un ánima más.  De aquí que haya que comer, beber, cantar, bailar, retozar y jijear por dos.  Hasta que el cuerpo aguante.  Al caer el día, se forma el Corru de lah Ánimah y se recuerda a los antepasados, mentándose, uno por uno, a los miembros de la ‘Corrobra Estámpah Jurdánah” que se fueron ya camino de las nebulosas repúblicas de la Nada.  Y cuando se cierra la noche, se brinda con el aguardiente de la tierra y los carvóchih (castañas asadas, que dan nombre al festejo: La Carvochá).  Tiempos atrás, al regresar a casa, se dejaba un plato con comida y un puñado de carvóchih junto a la lumbre del hogar, para los espíritus de los antepasados, que el sincretismo de la Iglesia de Roma transformó en ánimas benditas.  Todo un atractivo y arcaizante acontecimiento, donde los valores antropológicos y etnográficos sobresalen por su autenticidad.  Cada año se han ido congregando, en torno a estos rituales, toda una pléyade de investigadores españoles y extranjeros íntimamente ligados a la Cultura Tradicional-Popular.

Cantándole las “cóprah” de la bienvenida a la “Chicharrona”. (Foto: Vicente Martín Martín).

Pero hogaño la pandemia enterrará tan arcaicos y coloristas rituales.  Es una pena y nuestros ojos se llenan de melancolía.  Hay que cumplir a rajatabla las normativas sanitarias decretadas.  Ante todo, está la salud de las personas, porque sin salud no puede haber fiesta.  Anacrónicos y ridículos nos parecen esos actos que se organizan, aunque sean simbólicamente, para llevar a cabo simulacros festivos.  No puede haber fiesta cuando el personal no puede compadrear y comadrear con efusiva alegría, abrazarse, besarse, estrecharse las manos, reírse a mandíbula batiente sin mascarillas en la boca, meterse de lleno en la vorágine del calor humano…  Si todo esto falta, tendremos que esperar a mejores tiempos.  Nuestra ‘Corrobra Ehtámpah Jurdánah’, artífice de estos rituales y de otros muchos, ha tenido que aparcar una docena de actuaciones en poblaciones de Portugal y España desde el pasado marzo.  Pero el estado calamitoso pasará y, cuando queramos darnos cuenta, otra vez estaremos allí, poniendo en el lugar que se merece la cultura tradicional de la legendaria comarca de Las Hurdes.

ando el pasacalles, que encabeza la “Chicharrona” por el laberinto de calles de la alquería de El Mesegal. (Foto: Vicente Martín Martín.

NOS DEJÓ FELICIANO

Feliciano Crespo Duarte, hijo de la alquería jurdana de EL CEREZAL, miembro que fue de la ‘Corrobra Ehtámpah Jurdánah”, fallecido el pasado 18 de octubre. (Foto: Vicente Martín Martín)

El pasado 18 de octubre se nos fue Feliciano Crespo Duarte, hijo de la alquería jurdana de El Cerezal y uno de los miembros más antiguos de la ‘Corrobra Ehtámpah Jurdánah. Un jurdano alegre y divertido, siempre dispuesto a echar una mano en lo que hiciese falta.  Desempeñó diversos papeles en el Carnaval Jurdanu y se marcaba con gallardía los pasos de los tradicionales bailes de la comarca, zamarreando con soltura las castañuelas.  Peinaba ya bastantes canas y un fatal accidente doméstico lo postró en cama.  Sus inmensos ojos azules y su sempiterna sonrisa siempre permanecerán en nuestra memoria.

Imagen superior: Las “Mózah de lah Ánimah”, de la alquería jurdana de El Mesegal, junto a la “Mesa de loh ofertíjuh de lah Ánimah”.  (Foto: Vicente Martín Martín)

Publicado el 29 de octubre de 2020

Texto de Félix Barroso para su columna A Cuerpo Gentil, las opiniones e imágenes publicadas en esta columna son responsabilidad de su autor.

2 thoughts on “La pandemia enterrará hogaño los rituales en honor de los antepasados”

    1. Hola, pues le recomendamos que se suscriba a nuestra publicación o que esté atenta a todo lo que publicamos sobre esta comarca, si le interesa especialmente y gracias¡

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